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AldoV

La mujer de once dedos

Probablemente, si es que fuera la existencia de y en el mundo justa y circular, volviese la mujer de once dedos en los pies, en algún momento. 
Y el colorado pintor psicótico de cuervos y de ajenjo y el meticuloso y sereno Vermeer. Quién te dice que no fuese éste amigo del aventurado cachetón de Leiden, el de autorretratos con luz que brota de lo negro. Se me hace que Harmenszoon era chistoso en sus buenos momentos (que, al parecer, los ha vivido a todos, completando la escala entre lo bruno y lo dorado) y el de barba hirsuta roja un inoportuno, y el de Delft un desentendido de inquietudes. Y la de Los Ángeles, la musa de todos probablemente hubiera sido.
Pero no hay nada más improbable que el mundo de lo posible y de lo justo, como no sea en el incompartible de los sueños, que, como todos saben aunque dicen lo contrario, a nada conducen.
Sería, no obstante, un mundo ya no con más sentido, sino con alguno. Más paladeable, más táctil, más con lazos en sí mismo. Y al cabo, me está sobrando un adjetivo, que es el primero.
–La vida es esto nomás –me dicen –A ver qué hacés con eso.
Y me resigno.
No estoy seguro de si me haya tocado la parte de tragedia o la de farsa, que tanto se parecen, del eco de la Historia; Karl no se expide y el divino ciego argentino se ríe por el intento de establecer diferencias: dice que hay que tener paciencia, que de entre todas la combinaciones posibles hay una certera o gustosa. El colorado de Zundert las mezcla en partes iguales y colores desiguales. Dice que no hay azul sin amarillo ni naranja, retrata hospicios y cipreses, pensiones y bares.
Me conmueve la de once dedos que se somete a la primera instancia, y se enamora, para ser generosa con lo fatal, de quien no sea yo. El de Leiden ahora en Amsterdam, meta cumbia, no discrimina y produce tanto entuertos cuanto maravillas. Habla Bonnard de música y nadie le da bola.
Me voy, perdida la noche y persuadido el fracaso de que opere a nuestro favor, de juerga con el colorado. Le cuento de mi desuelo con la de once dedos y me cuenta de los suyos con Margot Begemann: restamos ambos importancia a la confesión del otro y nos reímos del prestidigitador de Cadaqués, a exageradas y envidiosas voces.
La noche y la vida se precipitan; perviven las risotadas y la onceava parte de dos pies incomparables, y una flor; claro, picasseanamente pisoteada.
Le erramos fiero en nacer, dice el Colo, y se manda un sapucai. En pleno Arlés, si será osado.

Publicado la semana 2. 09/01/2019
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