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AldoV

Desde entonces la luna

No era al principio mi estar otra cosa que al pendiente de sus necesidades, que, al cabo, no eran tantas más que entrar, salir, comer o amar o vaya a saber uno qué cosas hiciera fuera de mí, y algunas otras olvidables por universales.

Un amor, era, digamos, visto en viceversa, demasiado humano.

A mi ver, no había, más allá de lo perfecto, nada que hacer, ni nada que superase la omnisciencia del completamente estar, mas a mi sentir era distinto. Y, al parecer, del suyo, según se vio. Tanto amor doméstico por poco no me transformó en no más que mero conserje de lo amado, aunque, si bien por prolijo no podía durar, hubiese sido preferible.

Le crecieron las orejas, le crecieron algunos dientes. La piel se le puso lustrosa y negra. Comenzamos a husmearnos a modo de saludo y para reconocernos. Retozábamos en días buenos y nos daba siempre por hacer pis de forma compleja. Dormíamos la mayor parte del tiempo.

No sé bien qué pasó, pero algo pasó, al verla reconociéndose con el vecino con porte de pitbull. Un llamado interno y ancestral se (me) empezó a activar. Hacer tanto escándalo por un saludo, le reconocí, fue excesivo. Estaba todavía entre humano y can. De ahí en más, la situación se tornó inmanejable, y ella no dejaba de saludar a quien cruzase. Tan curiosa vas a ser; Vos porque sos un humano. Me quitaba la angustia mordiendo ruedas.

Un día todo se nos fue de las patas.

Mordióme, mordila, inentendímonos, y, una palabra lleva a la otra, separámosnos.

Repartimos la culpa y no los bienes, por inexistentes, en partes más o menos iguales.

Améla, no obstante, al menos mientras ladramos y en lo que la inercia decidiese, y me reservé la esperanza de que algo similar sucediese en el endemientras en su corazón pequeño y agitado.

Cuando a luna me la recuerda, grito.

Publicado la semana 10. 04/03/2019
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