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Zaragata

COMO LAS LENTEJAS DE MAMÁ

Desde que nacemos comenzamos a incorporar conocimiento a nuestras vidas, información del pasado y del presente en base a la que proyectamos un futuro adaptado a nuestras necesidades personales, un lugar en el que sentirnos bien; nos imaginamos viviendo felices y con un horizonte coronado por una despedida apacible.

Hay un tiempo, el período que recoge la niñez y la adolescencia, en el que estamos seguros de que el mundo entero piensa y actúa como se hace en el seno de nuestra familia, hospedamos la certeza de que todas las lentejas saben como las de mamá, salimos al mundo con el convencimiento de que cuanto encontremos nos resultará conocido; pero, sin previo aviso, no nos ponen lentejas “viudas”, por el contrario nos las sirven con un consistente condumio o estofadas en lugar de haberles añadido sofrito.

La vida comienza a sabernos diferente y con ese cambio de sabores comprendemos que lo que asimilamos en la infancia quedó impreso en nuestras células y, salvo que voluntaria y conscientemente realicemos el inaudito esfuerzo de bucearnos para transformar aquello que nos limita la existencia, de poco nos habrá servido estudiar filología si hemos crecido escuchando “asinque” y nunca podremos tratar bien a otros si hemos mamado el maltrato. Si no tenemos el valor de descubrirnos a nosotros mismos nos condenaremos a vivir rellenándonos los huecos, los vacíos no reconocidos de los que estamos sembrados, lo que con toda seguridad nos conducirá a una vida de resentimiento e insatisfacción aunque, con la esperanza perenne que nos regaló Pandora, vislumbremos en la línea del horizonte un placentero y dulce final.

Publicado la semana 49. 09/12/2018
Etiquetas
La vida es bella. , Desde el niño/a que fuiste.
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Género
No ficción
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I
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