Semana
36
Zaragata

LA LEY DE LA OFERTA Y LA DEMANDA

Género
No ficción
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Existe una enorme diferencia entre abrir el frigorífico para decidir lo que nos apetece comer y buscar en los contenedores de basura alimentos descartados por los supermercados debido a su próxima caducidad, como la hay entre salir de compras para encontrar lo que nos pueda quedar mejor y hacerlo con el monedero agónico desde la necesidad de abrigarse. Millones de situaciones servirían como ejemplo de lo distinto que es ejecutar una acción desde la solvencia a realizarla desde la escasez.


Resuena en la actualidad la indigna condición con la que se negocian los contratos laborales debido al incesante aumento del desempleo o los precios abusivos de alquileres en las grandes urbes como consecuencia de las necesidades de espacio que tiene la población laboralmente activa. Todo se extiende, pues lo que es afuera es adentro, de modo que estamos gestionando la afectividad con los mismos criterios, convirtiendo nuestro talante emocional en mercancía y el amor en moneda de cambio. 


No me refiero al hecho de sentirnos atraídos por un tipo de personas con costumbres similares a las nuestras, es evidente que, por lo general, nuestras relaciones van a darse en el ámbito social en el que transcurre nuestra vida, me refiero a esas antenas detectoras de miseria afectiva que hemos desarrollado. Es tanta la soledad que se respira en el ambiente y tan grande la búsqueda de cariño procedente de otro ser humano que esta sociedad comienza a parecerse a las subastas de las lonjas y si, casi siempre, el primero que pone precio sale perdiendo pudiera ser que el último, aun disfrutando de la ventaja de ir al alza, se quedara con el género para comérselo en familia… o solo. 


Yo, que desde que tengo uso de razón camino entre mis soledades -aliñadas, eso sí, con algunos cariños sinceros que mantienen en órbita mis ganas de continuar-, creo reconocer cuándo no somos bienqueridos y depende, sobre todo, de la falta de liquidez afectiva que tengamos en el banco de nuestros sentimientos, los números rojos nos delatan: capitulamos por un abrazo, concedemos amor por una tenue sonrisa y extendemos un cheque en blanco a quien pronuncia nuestro nombre con ternura. 


Estas cuitas de los afectos tendrían que ser de otra manera, los sentimientos no deberían de estar expuestos a la ley de la oferta y la demanda, recibirlos desde la propia abundancia serviría de crecimiento para ambas partes; no quedaríamos abatidos por la insolvencia amorosa, no tendríamos que dejar de ser nosotros mismos para que el amor nos inundara, sentir no sería sinónimo de vulnerabilidad y aprovecharse de un espíritu noble no le serviría a nadie para nada. Así de sencillas y naturales tendrían que ser las cosas de los apegos. 


La próxima vez que alguien espere de ti que recojas de su contenedor de basura sándwiches a punto de caducar, recuerda que los caducables son del otro y que los números rojos de tu cuenta afectiva sólo existirán si permites que sea ese otro el que la maneje. 

 

Publicado la semana 36. 09/09/2018
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