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Zaragata

LA SOBERBIA DEL PERDÓN

Somos buenos y queremos parecer buenos, ¡faltaría más! Perdonamos los errores a los pobres humanos que no están destinados a la iluminación como lo estamos nosotros, cada uno de nosotros, mire “usté”, hasta el punto de que si nos descuidamos nos quedamos sin penitentes a los que absolver. Pero aquí, en este grandioso planeta azul, hasta El Tato participa en la fiesta de los errores y los horrores y se confunde diciendo lo que no debe, dando cancha a la altanería, levantando la mano para decir: “yo lo sabo, yo lo sabo.” 


Y entonces llegaron ellos y vieron la ventaja que les daba establecer lo natural como obligatorio e impusieron los votos de pobreza, obediencia y castidad, la aceptación del orden sagrado de las castas o la inmolación para ganar el paraíso, haciéndonos creer para más “INRI” (me permito la licencia) que cuando indultamos a otros somos mejores; lo vieron, ellos, los que mandan, vieron que el perdón nos hacía sentir superiores y es que para perdonar, queridos, hay que sentirse por encima del bien y del mal, asumir el papel de narrador omnisciente de la historia del mundo; así nos convencieron, llamando a la puerta de la más mezquina de nuestras pasiones: la soberbia. 


La marca de Caín que nos persigue no es otra que la estimulación de la arrogancia, la motivación de la lucha de unos contra otros y el estigma social de las funciones biológicas que nos relajan: el sexo, el sueño y la risa. Sin embargo, el perdón es en realidad, en mi opinión, un bendito egoísmo, una decisión que nos salva de que alguien indeseado ocupe nuestra cabeza y nuestro corazón, nos descarga de la rabia y nos otorga la capacidad de echarle ganas de seguir “pa’lante” limpios de restos, como hacen la lavadora y el lavavajillas antes de comenzar su ciclo.


Vivimos entre iguales así es que no somos quienes para perdonar, cada uno existimos como podemos con nuestros asuntos y nuestros argumentos; no creo estar confundida si digo que el perdón, como nos lo han vendido, no existe y que la única indulgencia que nos conducirá a la gloria y que merece la pena ser ganada es la paz que nos confiere vaciar las aguas sucias de las tuberías del ánimo para iniciar, ya despejados, una nueva etapa. 

 

Publicado la semana 21. 23/05/2018
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