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Zaragata

ME CUESTA

Casi con seguridad el problema está en mí, demasiada sensibilidad, posiblemente exceso de observación y, sobre todo, cantidades ingentes de libertad y rebeldía. Estaba comenzando mi adolescencia cuando el que era mi novio - ¡cuánto me gustaba llamarle así! - me comentó que un familiar suyo, al ver la fotografía que le había regalado para que llevara en la cartera (esto, por aquel entonces, era de obligado cumplimiento para novios y novias) le dijo que yo tenía cara de ir tirando bombas por la calle; corrían los setenta y me sonó a piropo, de hecho creo que como tal me lo expresó.

Han pasado los años, muchos, y es ahora cuando vengo a darme cuenta de que es cierto, tiro bombas a diestro y siniestro, no en el sentido literal de la palabra de ir arrojando proyectiles para acabar con las vidas de otros seres, pero sí doy caña a lo que me parece inhumano, impropio o absurdo que, en realidad, es casi todo lo que veo en esta sociedad.

Yo, que soy sumamente educada, primero doy un toque suave y a quien, por ejemplo, se burla de mis miedos o de mis fobias como si en su alma no anidara ninguna de esas dos emociones, le digo: “Bueno, ya sabes, cada cual es cada quien.” Pero la necedad siempre insiste y repite jugada, aquí ya me pongo cáustica y explico: “Oye, mira, ¿no te gustaría más hablar de ti?”  Y como la tercera llega -los refranes no salieron de la nada- ya monto en cólera y con mi mejor cara de lanzar granadas endoso: “Vamos a ver, corazón de melón, tú tienes tus cosas y yo las mías, así es que no sigas insistiendo en el tema salvo que tengas la voluntad de ayudar a resolver si es que resolver fuera mi intención.” Entonces se crea un silencio, una mirada cómplice con ese alguien que siempre llevan de apoyo los criticadores oficiales -solos no van ni a mear-  y yo siento que la bomba cayó donde debía.

Igual me pasa con quienes deciden que su sentido de la estética es el mejor sentido, su gusto gastronómico el paladar por excelencia o su manera de vivir la única forma aceptable de vida. Les lanzo perdigones de aviso hasta que me hastío y tiro la bomba que me deja en el desaguadero porque me vuelvo molesta, tremendamente molesta y consecuentemente pago el tributo de la soledad; no es que me guste, pero prefiero mil veces hacer ese desembolso emocional que asumir la postura de los necios dando el poder a un apócrifo erudito y babeando ante él diga lo que diga y haga lo que haga.  

Definitivamente el problema soy yo. Y es que me cuesta, reconozco que me cuesta, hacer oídos sordos a los alaridos de simpleza y volverme ciega a los destellos de majadería.    

Publicado la semana 20. 20/05/2018
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