17
Zaragata

A ESA CHICA

No sé tu nombre, en las noticias apareces como la chica que fue violada en los Sanfermines 2016; desconozco si tu identidad se mantiene oculta a petición propia, si es así todos mis respetos, si fuera otra la razón habría que añadir una felonía más a este vergonzoso caso.

Mi memoria encubría con ahínco una experiencia similar a la tuya que he decidido sacar de su escondite como muestra de solidaridad.

Veintidós años, 1979, una anorexia de tres a la espalda y la estrenada decisión de salir de la casa paterna para instalarme en una compartida con mujeres jóvenes de varias nacionalidades. Mucho desconcierto y poco conocimiento de la vida me llevaron a aceptar la cita con un individuo de presencia agradable y aparentemente educado (no recuerdo su nombre, ni su cara; tampoco tengo gran interés en hacerlo) que había conocido en una discoteca de moda en aquellos años. Quedamos un domingo para ir a bailar donde iban muchas parejas de Madrid, un lugar ubicado en la Cuesta de Santo Domingo con las butacas de altos respaldos colocadas a modo de cine, luz tenue y una selección musical que invitaba a acercar los cuerpos para algo más que palabras. Salimos de allí con más calor del que habíamos entrado y una aproximación corporal tan elocuente como inquieta.

Yo esperaba una propuesta digna que hubiera aceptado sin reparos; cuando aparcó a las 11 de la noche en un lugar próximo la N-VI desde donde se divisaba el edificio de lo que hoy es el Tribunal Constitucional comprendí que allí no habría consenso, él ya había decidido, yo sólo sería el mero recipiente de su lascivia. Mis circunstancias físicas (tenía la regla) no le permitieron -supongo que por aversión- llevar a cabo una penetración completa, pero recuerdo, hoy he recordado después de muchos años, el temor que sentí y cómo mis ojos vieron a través de los cristales de aquel nocivo coche uno de policía al que no me atreví a avisar por vergüenza, parálisis, estupor, aturdimiento, turbación, recelo, desasosiego, zozobra… Todo pasaba a cámara lenta y yo estaba paralizada.

Tras su “hazaña” me dejó en la puerta de la casa, mi nueva casa, un lugar lleno de desconocidos. Me duché arañándome la piel sin conseguir sentirme limpia. No podía compartir, no podía contárselo a nadie. Me asfixiaba en la cama, abrí la ventana del dormitorio para que entrara aire fresco, mi compañera de habitación me pidió que la cerrara porque hacía frío, su dulce acento gallego no suavizó la perturbación del momento. Al día siguiente, sin dormir y sintiendo más asco por mí que por aquel trastornado, me levanté, no recuerdo si desayuné o no, y fui a trabajar con la misma ropa de la noche anterior.

Lo tenía escondido en algún lugar, tal vez quise olvidar este terror. Las consecuencias han sido infinitas y aunque la finalidad de esta confesión es ampararte, chica sin nombre de Pamplona, no es menos cierto que tu valentía y tu coraje me han socorrido a mí doblemente. Gracias por ello.

Yo te creo, compañera, sé lo que se siente

Publicado la semana 17. 27/04/2018
Etiquetas
Con ganas de justicia.
Compartir Facebook Twitter
Género
No ficción
Año
I
Semana
17
Ranking
1 343 5