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Zaragata

HABLANDO DE AMISTADES

Muchas se quedan en el camino, unas confundidas con el polvo del sendero, otras estúpidamente vituperadas y las más por una elección desigual de itinerario; a veces intentamos rescatar alguna del pasado y, como una muñeca de cartón sacada de su vitrina, se nos deshace entre los dedos; claro que existen las duraderas fundadas esencialmente en la catadura moral y conformadas a base de templar las cuerdas de la ira y asumir que son más los puntos de unión que los de desencuentro, y aunque aquéllos fueran menos decidir que son más sustanciales. Fue una, o quizás la única, de esas amistades perdurables quien me hizo recapacitar sobre el tema de los amigos.

Cambiar de caras y vernos reflejados en espejos nuevos me parece de lo más saludable, cualquier otra cosa nos llevaría al estancamiento y lo que se estanca se pudre, sin embargo, algo me remueve las tripas cuando recuerdo ciertas experiencias amistosas, no me refiero a quienes se fueron -otras veces me marché yo- que aunque doloroso al principio luego pasan los días y las noches y el engranaje de la vida se reajusta para, sólo de vez en cuando, traernos a la memoria un paisaje o una fecha que nos acercan dulcemente al pasado haciéndonos evocar complicidades y dibujando una sonrisa en nuestro semblante.

Lo que me sacude las entrañas es el sentimiento de uso. Sé que todos utilizamos a todos, pero cuando el uso y la sumisión son excesivos es casi seguro que la relación se establece por miedo e inferioridad de ambas partes que, ante el temor de afrontar la soledad, se aferran a un clavo ardiendo aún sabiendo que soportarán desplantes públicos y torturas privadas.

Haber vivido ese tipo de amistad no es lo peor, lo diabólico es haber carecido de la conciencia necesaria para percibir lo que estaba ocurriendo ya que hubiera sido fantástico disfrutar bilateralmente de las posibilidades que nos ofrecíamos y sacudirnos después el serrín, pasarlo en grande sin más compromiso que el rato de asueto compartido. No fue así, en mi confusión califiqué de amistad profunda lo que era un simple pasatiempo y para introducirme en un mundo al que no pertenecía bajé el listón y me reduje casi a la nada, abrí los brazos a corazones con un ritmo tan diferente al mío que cuando llegaba a casa me sentía desgastada.

No me arrepiento de nada, ya pasó el malestar y la polea de mi maquinaria se ha reacomodado, me quedo con la satisfacción que me aportaron aquellos ratos vividos sin apenas conocimiento y el placer de sentir todo como si fuera sincero. Hoy que estoy en el afán de vivir sin perder un solo segundo me queda clara una cosa con respecto a las amistades: ni son todas las que están, ni están todas las que son.

Publicado la semana 16. 22/04/2018
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Mecano
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