Semana
01
Xavier H.

Cartas simuladas

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En algún momento todos encuentran un pero a el trabajo, el mio no era excepción, el único gusto que le tenía era solo por pasarla en las calles a diario. Siempre creí que caminar era bueno para la salud; pretexto para no dejar de fumar mientras oxigenara los pulmones.
Además, ese regordete mal humorado que tenía por jefe me aumentaba las ganas de tomarle sabor a estar fuera, nada era mejor que andar por las calles sin tener que soportarlo todo el día en la oficina de correos.
Trazar una ruta me facilitaba la actividad y casi siempre comenzaba por las zonas alejadas, comúnmente los vecindarios dejando al final la correspondencia que era enviada a oficinas y comercios céntricos de la ciudad. Me deleitaba mirar aparadores de calzado, trajes de moda y todo aquello que se mantenía decorado detrás de los cristales, no se porque tenia gusto por los escaparates; quizá se debía a que siempre fui atraido por el diseño, no entiendo porque no estudié arquitectura o decoración.


Todo eso cambió a raíz de un sorpresivo ataque de Japón a la base de Pearl Harbor que dió inicio a la guerra del Pacífico en diciembre del 41. Recuerdo que cambié los escaparates por las primeras planas de los periódicos en el crudo invierno que me hacía mantener las gélidas manos dentro de los bolsos de mi gabardina, una bufanda envuelta sobre el rostro; recorriendo la ciudad donde el tema eran las novedades llegadas de la guerra.
A raíz de esto, muchos jóvenes comenzaron a ser enlistados en el ejército, siendo enviados a los campos de batalla y mi trabajo incremento. Cartas a todos los rincones de la ciudad, los héroes escribían a sus familias.

Por primera vez entregue una carta a esa dirección, una casa apartada dentro de aquel suburbio; me preguntaba si habitaba alguien en ella, lucia tan desolada y abandonada; quizá el numero está equivocado. No resistí la tentación de tocar, cuando lo más fácil era haberle depositado dentro del buzón.
No se que tan certero sea el destino, solo se que algo me hizo llamar a su puerta, parado frente a la entrada, estoico, curioso y con presentimiento, logre escuchar una voz no muy clara lo que me dió más incertidumbre.
Una anciana postrada en silla de ruedas con clara apariencia de descuido asomó y preguntó ¿qué deseaba?
Traigo una carta para la señora Evans, respondí. Asento con el dedo indice afirmando ser ella mientras tosia de forma crónica. 

La tomó con sus temblorosas manos, supuse que se le dificultaría rasgar el sobre; mostraba ansias por sacar aquel papel y leer sus líneas. ¿Acaso no hay alguien más con usted? Una pregunta obligada de mi parte; solo una vecina que viene por ratos a darme de comer y mis medicamentos, pero ahora no está, me contestó en un tono amable.
Hijo por favor puedes leerme, a mi edad ya es difícil ver bien y no quiero perder ni un instante más, llevo varios meses sin saber de mi vástago que partió a pelear contra los japoneses y su imperio, seguro son noticias de él.
Accedí a su petición, tembloroso de nervios abrí el sobre y tome el papel del interior; comencé a leer y tuve que contener mi emoción.
Cómo decirle a esta anciana desolada aquello que leía, era un hijo buscando el refugio y consuelo de su madre.

No fue una carta  esperanzadora y de buenas noticias, ella en su estado no debía escuchar tanto lamento, miedo y horror manifestado en letras.
Me sentí petrificado y adherido al suelo, inmovil, inseguro, más angustiado aún. ¿Pasa algo? pregunta que mi hizo reaccionar; no señora Evans, leía un poco tratando de entender la letra de su hijo.
Y le invente una carta que sonó a utopía, dentro de lo malo todo andaba bien; que paradojico, pero no tenía opción. Una vez adentrado en el papel le leí esa carta, aquella que le hubiese escrito a mi propia madre; tan llena de amor y disculpas por esos momentos fallidos que todos los hijos tenemos, finalizando con un pronto estaré de vuelta y pasaremos grandes días en casa.

Me tomo de la mano y lo agradeció diciendo haber quedado tranquila y contenta por esas líneas que su hijo dedicara desde tan lejos. Tome el papel y lo doble de la forma más pequeña metiendolo al fondo del sobre, digamos que a manera que no fuera facil sacarlo, temia que se enterara de lo que realmente decía. Al cerrar la puerta sentí desfallecer, mis piernas se doblaron y un frío recorrió mi cuerpo, comencé a caminar sin evitar lagrimas de compasión, un cigarrillo me devolvió calor y reflexión. En los siguientes dos meses un par de cartas más en la misma tónica, leídas con palabras 
fantasmas, palabras falsas con buena intención.
Reconozco el atrevimiento de leerles anticipadas para tener una mejor coartada, despues volvia a sellarlas para abrirles delante de su presencia. Una tercera que no provenía directamente de su hijo sino del estado, supuse lo peor, no era la primera que entregaba en los alrededores; una carta anunciando la muerte en decoradas palabras dignas y merecidas para un héroe de la nación.

Hice de tripas corazón para postergar esa muerte un poco más, así que cambie la carta por una escrita desde mi puño simulando la letra de su hijo y poniendo en un sobre común, robe unas estampillas y coloque el sello del correo.
También hice falso mi ánimo y buen humor al llegar a la casa de la señora Evans. Pero mi semblante cambió radicalmente al ver la puerta abierta, siendo recibido por la vecina que solía atenderla; cabizbaja, sollozante y triste.
No era necesario preguntar, la muerte negocio un par; se llevó al hijo combatiente y a una madre desolada y enferma.

Esto es para usted, replicó la vecina mientras me entregaba un sobre, es algo que me dictó la señora Evans en su lecho de muerte, tampoco ya es necesario que entregue las cartas que su hijo envía, guardelas.
Baje las pequeñas escaleras de madera alejándome de la puerta y abrí aquel sobre con las palabras de la señora Evans.

Hijo, mi querido cartero del cual jamas supe su nombre.
Quiero agradecerte infinitamente tantas palabras de amor
y esperanza que dejaste en cada visita.
Tu madre debe sentirse orgullosa de ti, debió educarte con 
tanto amor y paciencia.
Sabes, desde la primer carta supe que no era mi hijo, puesto
que él solía ser diferente, muy insolente y rebelde, digamos.
Por algo se enfiló con los marines, seguramente sus cartas
fueron la búsqueda de aquello que no busco estando aquí, 
sé que el miedo lo hizo presa y no dudo que en ellas me contaba 
sus lamentos y penas, necesitaba un refugio; su madre.
Dios te bendiga y sigue haciendo madres felices, quita las
malas noticias y cambialas como has hecho conmigo.
Con cariño de la señora Evans.

Fui sorprendido por sus palabras que provocaron aun más mi llanto. Me di cuenta que tanto una madre conoce a sus hijos y ni con las más buenas intenciones puede ser engañada.
Continuo mi trabajo por las calles, entregando la correspondencia correcta siempre con un deseo de que sean buenas nuevas y deseando también que pronto termine la guerra para no ser el portador de desagradables desenlaces.
Cada vez que paso por la casa de la señora Evans dejo una flor sobre el buzón como símbolo de mi más sentido aprecio.



 

Xavier H©

Publicado la semana 1. 04/01/2018
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