Semana
05
Wilke

mentes en blanco (I)

Género
No ficción
Ranking
0 57 0

Dolores ha cumplido 60 años. Tiene el pelo corto, negro tirando a gris, y una mirada viva y extraña con un ojo verde para cada lado. La boca bifia y sonriente está cubierta por un mostacho visible y su cuerpo, corto y ágil, se mueve sin dejar descansar a esa curiosidad constante por todo lo que la rodea.

“¡Hola! ¿Cómo te llamas? ¡Yo me llamo Dolores!”; mientras me arranca la carpeta del brazo se queda atónita mirando mi bolso... “¡Que bolso tan bonito! ¿Dónde lo has comprado? ¡Cómo brillan las piedrecitas!”. Y desaparece entre sus compañeras carpeta en mano y preguntando a cada una “¡Hola! ¿Cómo te llamas? ¡Yo me llamo Dolores!”

         Hoy es un día especial, una de las dos tardes al mes en que Dolores y sus amigas atraviesan la puerta del psiquiátrico para ir a merendar a un bar cercano. Una de las dos tardes al mes en que las internas acceden al “mundo real” dejando tras los muros un lugar donde todo es posible.

         Dolores camina rápido. Es una de las pocas que no va en silla de ruedas. Lleva un chándal rojo, bambas blancas y un anorak azul con una mancha enorme en el lado del corazón.

         Las seis monitoras que las acompañan hacen la lista de lo que pedirán a los camareros. “Tres cafés con leche, un cortado... dos Nesteas... una Fanta Naranja, un Cacaolat... Dolores ¿Tú que quieres?”

- “¡Un bocadillo!”

-“¿Te lo pagarás tu con el dinero que te dan en el hospital por montar bolígrafos?”

Dolores se enfada, cruza los brazos y hunde la cabeza  en señal de protesta. Finalmente se pide un café con leche.

         La espera de las bebidas se hace larga y Dolores se levanta constantemente. Se pasea alrededor de las mesas mirándolo todo. Se queda anonadada con los vasos, con los ceniceros, acaricia un cuadro que hay en la pared, deletrea en voz alta todos los carteles que ve.

Me trae mi carpeta, abre su bolso y saca un pequeño álbum de fotos medio roto. En apenas un minuto me enseña corriendo las diez fotos que lleva de su familia. Tiene varias con su madre María, algunas con sus hermanas, una de su hermano y un par de su sobrina. En una de ellas aparece Dolores sola, en una terraza, con los brazos cruzados, curva la espalda, mirando a través de las rejas del balcón en lugar de erguirse y mirar por encima de ellas.

-“¡En la habitación tengo más! Las voy cambiando, ¡ya te las enseñaré!”

Después de tomar con ansia el café con leche asegurándose de no dejar una sola gota en la taza vuelve a levantarse, esta vez para llenarnos de besos a todas.

-“¡Ay Dolores! ¡No hace falta que me des tanto amor! ¡Sal!”, refunfuña una de las auxiliares...

         La tarde pasa rápido y, casi sin darse cuenta, ya están volviendo todas para el centro. Dolores camina echada hacia delante, vivaz y animada, saludando a los desconocidos con los que se cruza, que la miran con extrañeza, y buscando conversación a cada momento.

         Su anorak azul atraviesa la puerta del psiquiátrico, ya está en casa. Cruza el pasillo largo de baldosas blancas que lleva hasta el ascensor y sube a su habitación. Quizás cambiará las fotos del álbum, quizás saldrá al patio a buscar a alguien, quizás deletreará letra por letra cualquier artículo de cualquier revista, quizás se paseará por los pasillos deteniéndose en cada rincón y cambiando su rumbo al paso de una mosca. Y luego al de otra. Y luego al de otra.

Publicado la semana 5. 04/02/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Siguiente Texto