Semana
02
Wilke

La mujer abismo (II)

Género
Relato
Ranking
1 206 1

La mujer abismo soy yo desde el día en que vi al señor precipicio quemando las velas. Aquella tarde me mimeticé pero, aunque me volví a colocar el paracaídas en seguida después del incendio, ya nunca ha vuelto a funcionar como debería. El caso es que ahora hay veces que no se abre. Son pocas, porque yo lo controlo muy bien a mi paracaídas, y lo pruebo y compruebo día sí y noche también, pero cuando decide no abrirse me doy unos golpes que aún no sé ni como soy capaz de contarlo.

Soy mujer abismo porque el señor precipicio me ha hecho un agujero donde ha entrado parte de su energía intensa y volátil y a veces me voy a volar y me olvido del tiempo, y también del espacio. Me encanta volar. Hasta ahora solo lo había soñado, pero si te conviertes en abismo puedes hacerlo de verdad y a menudo. Es una maravilla. Cuando vuelo así sola y no está el señor precipicio a la vista, me quito el paracaídas, no me hace falta, así voy mucho más ligera y más alta y puedo salir y entrar más fácil de mi casa blanca, alta y llena de luz. Que esto no os lo he contado: me fui a vivir a mi casa blanca, alta y llena de luz -que ya era mía antes de serlo- poco después de convertirme en abismo. Necesitaba vivir en las alturas para adaptarme a mi nuevo estado y también la he adaptado a ella a la condición de su nueva y eterna inquilina, porque no pienso irme nunca de aquí. El caso es que tengo cuatro balcones y una habitación entera llena de paracaídas. Los hay grandes, pequeños, transparentes, de cristal, de hierro… Los he ido adquiriendo con el tiempo y sirven para encuentros con personas precipicios de todos los tipos. Me he convertido ya en una experta, aunque reconozco que hay algunas a las que aún no puedo controlar. Como mi querido señor precipicio, al que a veces también llamo Mr. Tormenta.

Él no me llama de ninguna manera, ni yo le llamo a él por su nombre. Como mucho Precipicio, o Tormenta, o por la inicial de su nombre terrestre, pero ni siquiera nos sale pronunciar el nombre del otro. Se nos paraliza la lengua y los labios y los sonidos salen sin volumen ni orden. Creo que hemos creado un lenguaje que no se habla ni se escribe ni se ve, una rareza fruto de la (in)comunicación entre dos lugares muy hondos que no encuentran los sistemas normales. Una patología extraña mediante la cuál al final todo parece indicar que nos entendemos. En realidad creo que no tenemos lenguaje.

Por último explicaros que he descubierto que ser mujer abismo implica tener una vida formada por un montón de cosas pequeñas en vez de por unas pocas muy grandes, con lo cuál el equilibrio siempre es más complicado. Todo se mueve continuamente, pero en realidad la carga es la misma, así que cuando te acostumbras a ese moverse de todo, casi hasta puedes bailar en esa plataforma tridimensional que conforma la vida –y la muerte-. ¿Y sabéis qué? Que otra característica propia de esta existencia contemporánea es que cada vez hay más precipicios y abismos vagando en plataformas a la deriva. Somos muchos ya. Cuando eres una de ellos, los reconoces a kilómetros y leguas de viaje terrestre y submarino. Y te miras, y te ves. Y el precipicio habla y es como si tú hablaras. Y tú hablas, y es como si hablara otro abismo. Muy raro todo.

Publicado la semana 2. 12/01/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter