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01
Wilke

El señor precipicio (I)

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La primera vez que me fijé en el señor precipicio, quemaba tres velas en un candelabro antiguo. Era por la tarde, y hacía luz de tarde, así que en realidad no tenía ningún sentido aquello que él estaba haciendo. El caso es que tenía el candelabro colocado boca abajo y la cera negra goteaba, pero él solo atendía a la llama. Eso lo hacen mucho las personas precipicio, centrar toda su atención en tan solo una cosa pequeña y olvidar el mundo ahí fuera. Luego, en un instante, su atención toda puede desviarse de nuevo a otro punto pequeño e inmediatamente olvidar aquello que ocupaba su mente y sus manos tan solo unos segundos antes. El tiempo no existe. Y el espacio de aquella manera. Ellos son así. Es una energía intensa y volátil que mueven aquí y allá este tipo de personas y que puede generar auténticos vendavales huracanados si uno no va convenientemente protegido. Es como el efecto mariposa pero multiplicado por cien mil y acelerado a una velocidad de vértigo. Lo más parecido a la magia.

El caso es que yo pasé, y el señor precipicio quemaba velas en la puerta del sitio donde trabaja, un lugar extraño y bastante hondo del que os hablaré más adelante. Pasé caminando lento, flotando, siempre camino lento, como flotando; miré sin querer y, no tengo ni idea de dónde estaba mi energía puesta entonces, pero el candelabro se me clavó y me pilló desprevenida, y eso que estaba a un par de metros de distancia. Pero se me clavó. Y yo, por un momento, tan solo por un momento y sin ni siquiera darme cuenta, me mimeticé, me convertí en mujer abismo, y volqué toda mi atención en ese incendio de velas. Que yo por dentro me estaba incendiando me di cuenta algo más tarde.

Un señor vestido de negro focalizaba su vida toda en aquella actividad tan extraña y yo, al pasar y verle, me pregunté, conociendo la desdichada respuesta de antemano, cómo podría yo inmortalizar aquella imagen para que se quedara bien empapada en mi esponja cerebral. No quería perderla nunca.

Aunque yo suelo flotar, el atropello y la urgencia propios de esta vida contemporánea no me permitieron parar, respirar y observar con la tranquilidad adecuada aquella escena abismal. Si hubiera sido pintora, bien hubiera podido retratar el incendio aquella misma noche, que aún tenía el olor de la cera clavado en las amígdalas. Si hubiera sido valiente, bien hubiera podido sacar el móvil e inmortalizar, descarada, a aquél señor centrado en su incendio perfecto. Pero solo soy lo que soy, y a veces escribo, por eso intento dibujar en este relato lo que no fui capaz ni siquiera de entender en aquél momento.

Aquello que no fui capaz de entender en aquél momento y que ahora me viene meses más tarde con claridad de luz de mañana, es que aquella tarde de marzo, aquella tarde, me había dejado el paracaídas en casa. Toda mi vida con el paracaídas encima, cargando con él hasta los lugares en los que no se debería entrar con uno de ellos, y aquella tarde me lo dejé. Desastre. Y a este señor precipicio no se le ocurrió otra cosa que ponerse a quemar velas a mi paso justo en aquél momento en que iba yo desprotegida. Y claro, se me clavó bien clavado; y el olor a cera aún me baila por dentro.

Publicado la semana 1. 05/01/2018
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