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08
Tomi

EL FARO II

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Entonces entró, y sin mirarme, me dijo:

-Toca la bocina. No pares de tocarla y no te muevas de aquí.-  Y bajó las escaleras metálicas de dos en dos, de tres en tres, de cuatro en cuatro. Yo tocaba la bocina sin parar, mientras trataba de ver a mi abuelo a través de los cristales.

Salió afuera y sin dejar de correr, se adentró entre las rocas. Había alguien en el agua. Se lanzó sin pensarlo. Dejé de verlo entre la espuma blanca que reinaba a los pies del faro, y con la bocina aún haciéndola sonar, quise salir a buscarle. Permanecí temblando de frío y de miedo , esperando volver a ver su cabeza asomando entre los riscos. Entonces lo vi. Salía casi sin fuerzas de entre unas rocas, con algo en los brazos. Me vio, y me gritó:

-¡Cógelo!- Me acerqué hasta él, evitando que el viento me lanzara al mar, y cogí lo que me ofrecía. Era un bebé. Y mi abuelo se volvió a lanzar en las turbulentas y amenazantes aguas.

Entré con el bebé en el faro. Pensé que estaba muerto. La fuerza del agua le había arrancado la ropa, asi que entré en el dormitorio y cogí las faldillas de mesa de mi abuela, y lo envolví en ella. Permanecí mucho rato llorando, con el bebé inerte entre mis brazos, frotándole el pecho para que entrara en calor, sin saber qué estaba pasando con mi abuelo, con la familia del bebé. Entonces, hombres del pueblo entraron corriendo, con mi abuela y mis padres, jadeantes, empapados.

-Está allí.- Les señalé.

Mi abuela me cogió al niño, y mi madre me abrazó. Me llevó a casa, y en el trayecto, supe que jamás volvería a ver a mi abuelo. El sonido de la bocina, antes de las diez, les dijo a todos que algo estaba pasando. No me dejaron volver al faro nunca más. Encontraron a la mamá del bebé cuando la tormenta amainó. El mar la devolvió , pero el cuerpo de mi abuelo no apareció jamás.

-El mar decidió quedárselo para siempre.- Me dijo mi abuela, cuando desistieron de su búsqueda. Mis padre y yo nos fuimos entonces del pueblo, llevándonos a mi abuela con nosotros. No volvimos nunca, hasta la semana pasada. El consistorio se puso en contacto con nosotros para invitarnos a un evento en el que homenajeaban a ciudadanos ilustres, entre ellos mi abuelo.

Mi abuela,  fallecida hacía algunos años, fue una anciana melancólica que lloró a mi abuelo hasta su último aliento y poco antes de morir, me dijo:

-Tienes que volver al pueblo. Si no vas por tu propia voluntad, tu abuelo, desde donde esté, te empujará a hacerlo.

Regresé el día del evento y aunque era un niño cuando me marché, comprobé que todo estaba como lo dejé, a excepción del faro. Ya no vivía nadie allí. Ahora estaba automatizado. Gente de todo el pueblo abarrotaba la plaza, aplaudiendo a todos los homenajeados, y cuando el alcalde nombró a mi abuelo, subí, esperando recoger la placa que ofrecieron a todos los demás. Pero el alcalde, un hombre de unos treinta años, se acercó sonriendo, y me tendió un paquete envuelto. Me sorprendió. Eso no se lo había dado a nadie. Lo abrí, lo contemplé largo rato y por fin reconocí el regalo. Era la mantilla de la mesa con la que cubrí al bebé.

-Ese niño, era yo.- Me dijo el alcalde. Y yo, que di por hecho que el bebé estaba muerto, me acerqué a abrazarlo con lágrimas en los ojos.- La muerte de mi abuelo, no fue en vano.- Le susurré. Y el hombre lloró en mis brazos, mientras todo el pueblo aplaudía. No a mí. No al alcalde. Aplaudían a mi abuelo, fallecido hacía treinta años, intentando salvar una vida a cambio de la suya.

 

Publicado la semana 8. 20/02/2018
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