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07
Tomi

El faro- I

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Mi abuelo era farero. El amor de su vida, el mar, se lo llevó con él hace casi treinta años. Me enseñó los secretos de los océanos, escuché junto a él el canto de las sirenas que engañaban a los marineros y se comunicaba con los delfines que le avisaban cuando llegaban los barcos en los días de niebla.

Mi abuela era una joven soñadora y romántica cuando le conoció, y cuando se casaron aceptó sin dudar vivir en el faro y cerrar la casita que heredó de sus padres.  Pero diez años y dos hijos después, el romanticismo se había ido de puntillas con los destellos del faro. La soledad empezó a marcarle las ojeras y un día, con su hijo menor en brazos, subió hasta la torre del faro, se colocó delante de mi abuelo y lo miró fijamente.

-O el mar, o yo.

Mi abuelo bajó hasta la habitación, sacó del altillo la vieja maleta que había llevado mi abuela con sus escasas pertenencias, y la colocó sobre la cama.

-No te olvides las mantillas de la mesa.- Y volvió a subir al faro, para quedarse allí mientras mi abuela se marchaba con sus dos hijos para no regresar jamás.

Mi padre subió a dar un beso a mi abuelo, sin ser consciente de que nunca más viviría allí.

-Todas las noches, haré sonar la bocina para daros las buenas noches. Será la hora de iros a dormir. Díselo a tu madre.-Le dijo mi abuelo como despedida. La mantilla de la mesa se quedó sobre la cama.

-¿Por qué no le pediste que se quedara?- Le preguntó mi madre muchos años después.

-Iba en busca de su felicidad. Aquí no era feliz. El mar la engulló poco a poco y si no se hubiese marchado, hubiese muerto en vida.

Tenía una bocina que quedó escondida entre las rocas de un barco que había encallado  hacía mucho tiempo, y todos los días, puntual e invariablemente, la hacía sonar a las diez , dando las buenas noches a sus hijos y diciéndole a mi abuela que estaba bien. Todo el pueblo podía escucharla en la lejanía, y nunca un reloj fue tan preciso como aquel sonido.

Con el tiempo, mi padre me llevaba  a pasar el domingo con él y a los ocho años ya me dejaba ir solo.

Me sentaba en el faro con él y me contaba historias inventadas como si fuesen reales, tiburones que venían de los confines del mundo y que solo él podía ver, barcos fantasmas que se paseaban por la costa añorando la vida de los habitantes y sirenas hermosas cansadas de cantar canciones para los marineros osados que surcaban los mares más allá de los límites establecidos.

-Son cuentos chinos,- me decía mi abuela cuando le contaba esas historias.- Nada de eso es verdad.- Pero mi imaginación infantil se negaba a creer que aquello fuese una quimera.

Una fría y plomiza tarde de marzo, subí al faro. Mi abuelo, como siempre, me tenía preparado un bol con palomitas, me senté junto a él, y durante mucho rato permanecimos hablando de la abuela, de los vestidos que cosía para las niñas del hospicio que había en el pueblo, del trabajo de mi padre en la oficina de correros. Después, comenzó con anécdotas de los barcos que veía en la lejanía, del saludo secreto con algunos pescadores de la zona.

-A veces les aviso de que se acerca una tormenta, aunque los del tiempo no lo sepan.  Como hoy. Hoy habrá una fuerte tormenta. Creo que deberías irte a casa.- Me dijo mi abuelo, mirando insistente el cielo.

-Más tarde, abuelo.

El cielo se fue poniendo cada vez más negro, el viento fue arreciando sin apenas darnos cuenta, y en pocos minutos,  comenzó a llover tan fuerte, que apenas podíamos ver a través de los cristales del faro más allá de las rocas cercanas.

-Será una tormenta majestuosa.- murmuró mi abuelo para sí mismo. Cambió la posición de la luz del faro, y se levantó, acercando su cara a los cristales. Después de unos minutos, cuando el agua que caía torrencialmente nos impedía ver más allá de nuestros ojos, mi abuelo se puso su gorro de plástico, y salió al balcón.

Vi como escudriñaba el mar, con olas gigantescas que casi saltaban sobre el faro y que bañaban a mi abuelo sin piedad. Pero él no se movía. Se inclinó sobre la balaustrada de hierro, sin dejar de observar las embravecidas aguas.

Publicado la semana 7. 14/02/2018
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