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Tomi

MERCEDES (6)- (Para mi madre, coetánea de Mercedes y mi inspiración)

Pero solo fui madre en la ficción, en las dos últimas películas que rodé. En la última de ellas, también para un productor americano, Alfred y Manuel consiguieron que se viniese a España para rodarla, en lugar de ir yo a América.

El último día de rodaje, con 40 años ya a mis espaldas, no esperé a la clásica reunión de actores, director y cámaras. Cogí un taxi, y le di la dirección de casa. Alfred estaba allí, esperando para ir a recogerme unas horas más tarde. Necesitaba saber que se casaría conmigo, o que por lo menos, intentaría darme un hijo. No me importaba que me llamaran puta por tener un hijo soltera. Si él no quería tenerlo, jamás le obligaría a nada. Yo tenía mucho dinero ahorrado. El dinero de la casa que pensaba comprarme con mi madre, aún seguía a buen recaudo. Las palabras que me dijo mi madre el primer día en nuestro nuevo piso, aún seguían latentes dentro de mí.

Yo quería un hijo, pero tenía que ser suyo. Y tenía que ser ya. Con 40 años se es vieja para ser madre, y sobre todo en aquellos años, pero aún tenía una posibilidad. Una vecina de mi tía parió con 46 años y no tuvo ningún problema. Ni ella ni el niño.

Cuando entré, el salón estaba vacío. Pensé que estaría durmiendo, y entré con sigilo en la habitación. Pude oír unos susurros. No, no estaba durmiendo.

Y entonces lo entendí todo. Aquellas noches en las que me dormía en el salón mientras lo esperaba, las cenas donde siempre éramos un trío, las veladas interminables en casa en las que me acostaba dejándolos a ellos en el salón.

Cuando Alfred me miró, mientras su cuerpo yacía bajo el desnudo cuerpo de Manuel, sus ojos se volvieron agua, el dolor que vi en ellos casi hizo que le lanzara una sonrisa y le dijera:

-No pasa nada, amor. Siempre lo he sabido.

Pero si pasaba. Y nunca lo había sabido. Jamás lo había intuido.

Manuel se levantó, nervioso, se tapó con la sábana, la misma que compartí con Alfred la noche anterior, y movió la cabeza sin poder articular palabra.

-Mercedes….. Lo siento. No sabíamos….

-No hables. No digas nada.

-Vamos a hablar, Mercedes. Tenemos cosas….- Alfred comenzó a hablar, pero el gesto de mi mano, temblorosa, lo detuvo.

Me volví hacia la puerta, y antes de salir, solo pude decirles:

-Me habéis traicionado. Los dos. Me habéis utilizado. No os lo perdonaré nunca.- y salí corriendo de allí, sintiendo que de seguir allí cinco minutos más moriría de dolor.

Los oí correr detrás de mí, llamándome, vistiéndose por las escaleras mientras trataban de alcanzarme. Mientras corría, paré a un taxi. Comprendí que él no se quedó en España por mí, sino por Manuel. Me usó como tapadera para ocultar otra relación tan mal vista en aquellos años, que probablemente, de haberse sabido, hubiese destruido su carrera y la de Manuel. Por el retrovisor pude ver como Alfred arrancaba su coche, y me seguían.

-Corra todo lo que pueda, por favor,- le dije al taxista, con la cara inundada de lágrimas.

Y el hombre, tal vez pensando que huía de un marido maltratador, me obedeció.

A la salida de Madrid, una curva peligrosa nos esperaba. El taxista, viajero asiduo por aquellos lares, la sorteó sin problemas. Pero unos segundos después, pudimos oír el estruendo que hizo el coche de Alfred al salirse de la carretera y empotrarse con un árbol, a unos cuantos metros de la calzada, después de dar varias vueltas de campana.

-¡Pare! ¡Pare!- Le grité al taxista.

Los dos salimos y corrimos hasta el coche de Alfred. Estaba boca abajo, salía humo del capó y las ruedas aún seguían girando en el aire.

-Iré a buscar una ambulancia.- Me dijo el taxista.

Me agache, aún con la cara llena de lágrimas, y busqué a Alfred. Pero Alfred ya no estaba. Sus ojos abiertos, mirando hacia ninguna parte y la brecha abierta en la frente me dijeron que estaba muerto.

Entonces oí los gemidos de Manuel. Rodeé el coche, y me agaché junto a mi representante.

-Te van a sacar de aquí, Manuel. Te pondrás bien.-Le dije, pensando que a lo mejor, en el fondo, lo que yo quería es que se muriese él también y que pagara por lo que me habían hecho. Deseché aquel pensamiento, diciéndome a mí misma que yo no podía ser tan mala, y por la ventanilla abierta, pude dar la mano a Manuel. No se podía mover.

-Perdónanos.- Acertó a decir.- Te queremos, princesa.

Yo no contesté.

-No siento las piernas.- Me dijo, con apenas un hilo de voz.

Y mientas me daba la mano, dejó también de sentir dolor y remordimientos y sus ojos se cerraron lentamente, mientas la vida se le iba entre los hierros de aquel maldito coche traído de Alemania, y en el que me vi muchas veces viajando a Jaén, visitando las calles que me vieron dar mis primeros pasos y reviviendo mis paseos con mi madre, cuando yo tenía poco menos de cuatro años.

El mundo del cine se conmocionó al conocer la muerte de aquellos grandes hombres y el cementerio de La Almudena se quedó pequeño para acoger a la multitud que se congregó para darles el último adiós.

Nadie supo nunca lo que ocurrió los minutos previos al accidente. Tú, quien quiera que sea quién esté leyendo estas notas, serás la primera persona que tendrá noticias de lo que ocurrió en realidad. De ti depende ahora si merece la pena que el mundo sepa lo que pasó, si cambiará algo el hecho de contar una historia que ocurrió hace 38 años y que a nadie más que a mí misma dejó marcada para siempre.

Después del entierro cogí mis pertenencias, las justas y necesarias, puse mi piso en venta, aquel que compartí con mi añorada madre, y me volví a Jaén, mi tierra natal. No me dejaba ver demasiado, salía muy de tarde en tarde y la gente, poco a poco, fue olvidándose de mí.

Jamás volví a Madrid, ni a ponerme en contacto con nadie de los que allí conocí. Nadie supo nunca dónde andaba ni a qué me dedicaba. Gracias al dinero que fui ahorrando con el paso de los años, pude vivir holgadamente, hasta que cumplidos los 70 años, decidí internarme en este centro, donde estaría acompañada mis últimos días y donde cuidarían de mí.

Ya soy vieja, pero cuando cierro los ojos, me veo con 25, 30 años, hermosa, llena de sueños y de ilusiones, revivo los momentos buenos que me dio la vida, que fueron muchos, y jamás, por muchos años que viva, dejaré de tenerlos. Seré joven, seré una princesa toda mi vida. La princesa que paseaba con Alfred y con Manuel aquellas noches que disfruté con inocencia. No importa lo que pasó después. Ellos me hicieron sentir así, y lo que descubrí aquel fatídico 27 de abril de 1973, no pudo cambiar la felicidad que viví al lado de los dos hombres de mi vida.

 

 

Publicado la semana 51. 17/12/2018
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