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Tomi

MERCEDES (5)- (Para mi madre, coetánea de Mercedes y mi inspiración)

 

Continuamos viéndonos después de aquella película. Manuel nos acompañaba la mayor parte del tiempo, no éramos una pareja, éramos un trío. Cenábamos juntos, veíamos alguna película en algún cine de las afueras donde nadie se fijaba en nosotros, donde solo veían a tres personas ebrias que reían por tonterías y discutían acaloradamente cuando acababa la película y dábamos nuestra versión sobre ella.

-Tú no hables, princesa.- Me decían.- Tú no entiendes.

Comencé a irme a pasar la noche a su casa, un ático en pleno centro que había adquirido recién llegado a Madrid y poco a poco fui acomodándome, llevándome mis cosas paulatinamente, casi sin darme cuenta.

Me enseñó a disfrutar de una vida acomodada, cenando en buenos restaurantes que comenzaban a proliferar en la capital, me descubrió la ópera, la ropa que venía de París, los zapatos de precios astronómicos, los viajes en avión y los sombreros que acompañaban a los trajes que me regalaba en cada cena con otros empresarios y sus mujeres, ya fuesen relacionados con el mundo del cine o no.

Me convirtió en su esposa sin pasar jamás por el altar.

Conocí a más gente en los primeros meses de su estancia allí, que toda mi vida en Madrid.

Cuando salíamos solos con Manuel, Alfred me llevaba a casa en su coche, traído de Alemania, y mientras yo me acicalaba para él, él acompañaba a Manuel a su apartamento, en la otra punta de Madrid.

Solía esperarlo impaciente, aunque a veces él se entretenía más de la cuenta, quizás en algún pub para tomarse una copa con Manuel, y cuando llegaba me encontraba dormida en el sofá, con las velas ya consumidas. Entonces me besaba tiernamente y me llevaba a la cama.

Otros días hacíamos el amor con serenidad, sin prisas.

Pasé años esperando que me pidiera que me casara con él, pero ni él me lo pedía, ni yo quería que me pusiese como condición abandonar mi casa, mi tierra y mi país. “Estamos bien así”, me decía a mí misma.

-¿Y tú?- Me dijo un día la camarera que me servía el café todas las mañanas en el bar de al lado de mi casa. -¿No piensas casarte? ¿No quieres tener hijos? Se te va a pasar el arroz.

Creo que yo nunca se lo sugerí porque tenía miedo al rechazo, a espantarlo y que pusiese tierra de por medio. Él tenía otra vida a la que regresar, una casa al otro lado del charco, un trabajo que podría retomar cuando quisiera. Siempre pensé que de sentirse presionado, me abandonaría para siempre. Así que dejé el tiempo correr, y mientras salíamos a pasear solos por Madrid, a cenar casi siempre con Manuel, y a vivir nuestro amor en la soledad de aquellas cuatro paredes, fui notando como mis entrañas se iban secando esperando un cambio, quizás una nueva vida que se uniese a la nuestra.

Había dejado de hacer caso a las lenguas que me acusaban de vivir en pecado y que iría directamente al infierno sin pasar por el purgatorio. Todo aquello, que al principio, al pensar en mi madre, me hacía sentir vergüenza, dejó de importarme. Comencé a obsesionarme con tener un bebé, tener una vida con cimientos sólidos, parecerme más a mi madre, a las mujeres de Jaén de las que mi madre me hablaba a menudo.

Publicado la semana 49. 09/12/2018
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