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Tomi

MERCEDES (4)- (Para mi madre, coetánea de Mercedes y mi inspiración)

Mi madre, a la que escuchaba llorar por las noches recién instaladas en casa de mi tía Sonsoles, se había ido poco a poco acostumbrando al hecho de que nunca volveríamos a verlo, a ir a casa de mis tíos , asesinados en aquellos trenes. Ella, en el fondo, siempre supo que jamás volvería a Jaén.

Fue entonces cuando la gente me miraba por la calle, murmuraban a mi paso y me fui acostumbrando a firmar autógrafos en papelitos que, sobre todo chicas jóvenes, arrancaban de sus cuadernos forrados con fotos de actores famosos, guapos y por supuesto, ricos.

Yo ya tenía unos 27 años. Como bien dijo mi tía aquel día, no era demasiado delgada, pero tampoco demasiado gorda, ni demasiado alta pero tampoco demasiado baja. No era demasiado de nada. Así que a veces me ofrecían papeles para hacer de adolescente, o de una mujer madura y maltratada por la vida, y gracias al maquillaje, podía pasar sin problemas por cualquiera de ellas.

Fue por aquel entonces cuando mi madre enfermó. Siempre he pensado que podría haber vuelto a ser feliz, pero la enfermedad se cebó con ella, y me dejó sola, muriéndome de dolor y sintiéndome abandonada para siempre.

Al entierro vinieron todos mis compañeros de rodaje de aquellos momentos, y muchos a los que hacía mucho tiempo que no veía, como Severino, el actor que se encargó de hacer de Faraón en mi primera película, compañeras a las que casi había olvidado y algunos directores. Todos me dieron sus condolencias, y se lo he agradecido toda mi vida. Si no hubiesen venido ellos, mi madre se hubiese ido sin más compañía que la mía y su descastada hermana con el tío Arturo. No teníamos más familia, más amigos que se consiguen con el paso de los años. También, para mi sorpresa, volví a encontrarme con algunas compañeras que tuve en aquella pequeña escuela donde me instruí en el arte de la lectura y la escritura, compañeras de aquella clase donde una foto de Franco nos miraba desde la pared, por encima de la pizarra, amenazante y autoritario.

Mi representante, Manuel, mi añorado Manuel, se encargó de localizarlos.

En el mes de septiembre del 63, recién cumplidos mis 30 años, cuando la vida sin mi madre se había ido acomodando en mis entrañas, cuando ya dejaba de llorar cada vez que me quedaba sola, recibí la noticia. La que me cambio la vida, no tanto profesional, que también, sino personal. Un importante productor americano quería verme. Manuel estaba eufórico, se atusaba la triste perilla casi despoblada, me atusaba el cabello a mí. Si hubiese sido un anciano, creo que hubiese muerto de una arritmia fulminante.

Y por fin, llegó el tan esperado día en que Alfred Richmond llegó a España. Nos encontramos por la tarde. Manuel ya había estado ultimando las condiciones de mi contrato. “Pocas actrices en España han ganado lo que vas a ganar tú en esta película”.- Me dijo Manuel. Y cuando lo vi, lo encontré tan diferente a cualquier hombre con que yo hubiese estado, que creo que me enamoré de él al instante. Alto, unos ojos tan azules que taladraban el espíritu y unos modales tan exquisitos como jamás hubiese pensado yo que pudiese tener un hombre. Tenía 43 años.

Hablaba un español más perfecto que el mío, con palabras técnicas que

yo desconocía, y a pesar de su extraño acento, sentí que él estaba muy por encima de mí. Me llevaba muchas vidas de ventaja en todos los sentidos.

Y por alguna extraña razón, le gusté. Congeniamos enseguida, comenzamos a rodar la película, “Cuando el viento me escriba”, una película maravillosa que se llevó los laureles en todos los certámenes a los que se presentó y me catapultó a la fama internacional.

El decidió venirse a vivir a Madrid, decía que el terreno del cine en España era un terreno abonado, y decidió que ayudaría a nuestra industria, aún en pañales, a despegar internacionalmente. Se alió con otros productores españoles, y puso su experiencia al servicio del cine español, donde cada vez se hacía más cine y de mayor calidad.

Publicado la semana 48. 02/12/2018
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