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Tomi

MERCEDES (2)- (Para mi madre, coetánea de Mercedes y mi inspiración)

Eran películas que habían pasado el filtro de la dictadura, pero entonces yo no veía aquello. Cuando supe, a través de mi tío que todo aquello era ficticio, que en realidad la reina de Saba no era una reina y que ganaba más dinero que él, sentí que aquello era lo mío. Era la única forma que vislumbré para salir de la casa de mi tía, de salvar a mi madre de una vejez prematura y de tener nuestra propia casa y nuestra propia vida.

-Voy a ser actriz.- Le dije a mi madre esa noche, cuando se acurrucó en la cama, a mi lado.

Mi madre sonrió, quizás al ver que a pesar de todo seguía con mis sueños intactos. Y a veces el destino se pone de nuestra parte, ayudándonos a conseguir lo que realmente deseamos. Hay cosas que no tienes que buscarlas, ellas llegan a ti.

Comencé a fingir ante el espejo del cuarto de mi tía ser lo que no era, aparentar entender lo que no entendía y vivir vidas completamente distintas a la mía.

Volví al cine y también al teatro. A veces con el tío Arturo, otras con mi madre. Y por fin, una mañana, un gran revuelo en el centro de Madrid nos hizo detenernos a contemplar lo que ocurría. Nos encontramos con una criada, vecina de mi tía y mi madre le preguntó.

-¿Qué pasa?

-Están buscando actores. Van a rodar una película sobre Juana la Loca y necesitan extras.

Salí corriendo, escabulléndome entre la gente, buscando a alguien que tuviese entre las manos una cámara, una carpeta en la que hiciera anotaciones, algo que me dijese que buscaba a alguien para trabajar.

Y lo encontré. Vi a Aurora Bautista, una diosa de los teatros, paseándose entre el resto de los mortales, tan cerca de mí que por un momento pensé que estaba soñando. Y un señor, llamado Juan de Orduña, se fijó en mí. Allí estábamos cientos de personas, pero se fijó en mí. Se me acercó y me miró de arriba abajo, me dio dos vueltas y por fin me preguntó:

-¿Cuántos años tienes?

-Quince.

-Bien. A partir de ahora tendrás 20.- Luego se dirigió a otro señor.- Que se vista. Será la ayuda de cámara de Juana.

Corría el año 1948. Ese mismo año Aurora Bautista recibió la medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos por esta misma película.

Y cuando se suponía que ya tenía edad para entrar como criada en otra casa de alguna amiga de mi tía, me negué en redondo, y en el cuarto, le dije a mi madre:

-Ya he metido la cabeza, madre. Y no la sacaré por todo el oro del mundo.

Comencé a frecuentar los rodajes, me hice habitual entre el mundo del cine y poco a poco, fueron ofreciéndome papeles insulsos que jamás pasaron a los anales de la historia cinematográfica. Pero aunque el público no sabía quién era yo, los que gobernaban aquel cinéfilo mundo sí. Y por fin, llegó mi momento.

Acababa de cumplir 17 años.

Se rodaría una película en el desierto de Almería, en unas dunas donde instalarían unas pirámides de mentira y un palacio de cartón piedra. “La mujer del Faraón”. Me fui al despacho del director, engalanada y con el mejor vestido que tenía, y me planté delante de él.

-Necesito ese papel. Soy la mujer del faraón perfecta.

Y el hombre, mirándome por encima de sus gafas de culo de vaso, me contempló largamente

-Probaremos. Pero no te garantizo nada.- Me sentí tan feliz, que lo abracé.- No se arrepentirá.

Cuando mi madre me vio, me observó largo rato, esperando que le diese noticias.

-Me han cogido, madre. Seré la mujer del faraón.- Y la abracé, feliz por las dos..

Cuando se enteró mi tía, me miró de arriba abajo.

-Pues no sé qué te han visto. Ni eres demasiado guapa, ni demasiado delgada ni muy espabilada, que digamos. ¿Con quién te habrás acostado? – Murmuró. Mi tío me guiñó un ojo, y me susurró:

-No le hagas caso. La envidia se la come.

Y la película, rodada entre Madrid y Almería, fue un éxito rotundo. Todo el mundo habló de ella durante meses y eso me subió a los altares de la fama cinematográfica. Comencé a trabajar sin descanso, terminando un rodaje mientras el siguiente director me esperaba para comenzar con su proyecto. Un hombre joven, con unos cuantos pelos dispersos por la barbilla, en un intento por parecer una perilla, estuvo todo el tiempo pendiente de mí, hasta que un día se me acercó.

-Me llamo Manuel y desde hoy seré tu representante.

Publicado la semana 46. 17/11/2018
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