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Tomi

MERCEDES (1)- (Para mi madre, coetánea de Mercedes y mi inspiración)

“ Me llamo Mercedes.

Nací un caluroso 17 de agosto de 1933, cuando los sueños estaban anclados dentro de cuatro paredes y sobrevivir era la meta de todos los pueblos pequeños del país, cuando las noticias se corrían de boca en boca, cual juglares de la época medieval.

Tres años después de nacer yo, todo el mundo hablaba quedamente de los trenes de la muerte, que salieron de Jaén cargados con unos 300 presos y que masacraron los milicianos al haber sido abandonados por los guardias que los custodiaban. En él iban los dos hermanos mayores de mi padre. La última vez que los vimos los llevaban camino de la catedral, convertida temporalmente en una cárcel. Pero de aquello no me acuerdo. El recuerdo más lejano que tengo es tan trágico, que a pesar de que el tiempo se ha encargado de borrar cosas que ocurrieron siendo más crecidita, ha conseguido que aquel día permanezca en mi memoria para siempre. El primero de abril de 1937, cuando contaba yo con casi cuatro años, unos aviones cruzaban raudos el cielo sobre nuestras cabezas, soltando a su paso cargas mortíferas y destructivas que asolaron la pequeña ciudad en pocos minutos, llevándose la vida de varias docenas de personas. Mi padre, que corría buscándome entre el bullicio y los gritos de los padres llamando a sus hijos, fue sacudido por la onda expansiva antes de llegar hasta mí. Mortalmente herido, yo grité, pidiendo ayuda. Pero todo el mundo estaba en la misma situación.

No lograba entender qué estaba pasando ni quién tiraba aquellas bombas desde el cielo, pero si entendí que mi padre estaba herido, que no podía correr hasta mi lado. El miedo que vi en sus ojos se me clavó en el alma y aún hoy, tantos años después, sigo viendo aquella mirada pidiéndome que corriese y que me escondiese en cualquier lugar donde aquella metralla no pudiese alcanzarme. Entonces acudió mi madre, gritando para hacerse oír por encima de los gritos de histeria que reinaba, compitiendo con las explosiones que seguían oyéndose, ya más lejanas a nosotros.

-Marcharos lejos.- Nos dijo mi padre antes de morir, en los brazos de mi madre.- Iros a Madrid. Encuentra a tu hermana Sonsoles, y vete con ella.

Sonsoles era hermana de mi madre. Se había casado con un próspero comerciante y se había marchado a Madrid, donde los negocios eran más florecientes que en el resto de ciudades pequeñas y sin apenas recursos.

Y nos fuimos a Madrid, sin nada más que cuatro trapos y unos cuantos duros en el bolsillo. Mi madre trabajaba de criada para su hermana, que la trataba con despotismo y altanería, sabiéndose benefactora nuestra y recordándole constantemente que estábamos vivas gracias a ella.

-¿Eres de los buenos o de los malos, tío?- Le pregunté a mi tío Arturo.

-A muerte con el que gane, niña.

Recuerdo a mi madre trabajar en su casa de sol a sol, haciéndole los recados a deshoras, mandándola a comprar la leche que entonces se vendía a granel en los bajos de un pequeño edificio a las cuatro de la tarde, cuando el sol quemaba el pavimento y abrasaba el alma o a por carbón, en un taller a un par de kilómetros de nuestra casa, cuando llovía, nevaba o granizaba.

Me inscribieron en una escuela, gracias al tío Arturo, marido de mi tía Sonsoles.

-Tiene que aprender a leer y escribir.- le dijo a mi tía, cuando ésta se negó categóricamente.- Cuando sea algo mayor, me llevará el papeleo.

Aprendí a leer, a escribir, a fregar el suelo arrastrándome bajo unas esponjas que me ponía bajo las rodillas y a guisar en el fuego de la chimenea, que mi madre se cuidaba de mantener encendida todo el invierno.

No fue hasta que cumplí los 12 años que fui a una sala de cine por primera vez. Me llevó mi tío Arturo, haciendo caso omiso a las reticencias de mi tía Sonsoles.

-Tú malcríala, que luego te lamentarás.- Le decía.

Publicado la semana 45. 11/11/2018
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