Semana
43
Tomi

LA MORADA DE LOS SUEÑOS (8)

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El hijo de Carmen tomó entonces el mando de la librería, pero no cambió nada. Todo lo que había hecho el viejo Vicente estaba bien hecho. Lo único que hizo fue alquilar libros y tebeos a los domingueros, pero sólo mientras estaban sentados en el parque, tomando el sol y comiendo las palomitas que mi abuela vendía en conos hechos por mi abuelo.
Cuando llegó el verano, mis abuelos, viendo la cantidad de gente que se tenía que ir sin comer al no disponer de más espacio, decidieron que podrían montar unas mesas en la plaza. Así que sacaron un permiso en el ayuntamiento, llamaron a un primo de mi abuelo que era pintor, y les pintó, por la noche, con alevosía y premeditación , sin consultarlo y sin avisar a nadie, un paso de cebra justo en la puerta del bar. El trazado no estaba demasiado recto, pero tampoco se notaba mucho.
-¿Por qué queréis un paso de cebra aquí, si sólo pasan dos coches al día?- les preguntó el primo.
-Nadie sabe lo que puede pasar en una noche de viento y tormenta.- le contestó mi abuela.
Antes de poner las mesas fuera pusieron un cartel en la puerta donde decía que buscaban camarero. Y fue entonces cuando mi abuelo lo vio. Al gitano de las cartas. Seguía con los mismos oros, el mismo grasiento y rizado pelo y venía hacia él con las manos en los bolsillos, dejando entrever un diente de oro que mi abuelo no recordaba habérselo visto antes. Se quedó paralizado. Venía a quedarse con el bar, pensó mi abuelo.
-Veo que me recuerdas, - le dijo el gitano.
-Si.- acertó a contestar mi abuelo. “Como para no recordarte” pensó.
-Veo que buscas camarero.- le dijo señalando el cartel.
-Si.
-Bien. Pues mañana a primera hora tienes aquí a mi hijo. Está medio amariconao, ni canta flamenco ni ná de ná. Así que se venga contigo, le pagas lo que tú veas y que se espabile. El mes que viene, si sigue aquí y veo que se va convirtiendo en un tío como Dios manda, te traigo las escrituras y el bar será realmente tuyo.¡Ah, y se queda a dormir arriba! Todavía esta es mi casa.
-Bueno.- El miedo que tuvo años antes, cuando le ganó la partida, había vuelto.
El gitano, sin sacarse las manos de los bolsillos, entró en el bar, contemplándolo como si aún le perteneciera, percibiendo que lo único que había cambiado desde que él estuvo allí fue el buen olor que despedía la cocina y la limpieza, visible desde los rincones, hasta los vasos, pasando por las estanterías cubiertas de botellas relucientes y un baño impoluto. Un ambiente que invitaba a sentarse para no moverse jamás.
No dijo nada. Se limitó a asentir, frotándose su diente de oro con la lengua y se marchó. Mi abuelo, cuando lo vio alejarse, dio un bufido y se dejó caer en una silla. Agradeció que su mujer no apareciera en esos momentos.
Al día siguiente apareció el muchacho. No parecía gitano. Tenía el pelo corto, un pendiente en la oreja, era gordito o más bien relleno, como lo llamó mi abuela desde el primer día y se le notaba a la legua que estaba allí por imposición, y no por propia voluntad. Carmen se acercó a él desplegando todo su encanto y le estrechó la mano.
-Aquí vas a estar bien. Cuando pase el mes que ha dado tu padre de plazo, no te querrás marchar.¿Cómo te llamas?
-Rafael.
Y lo enseñó a llevar la bandeja, a vender croquetas de jamón cuando las albóndigas se habían acabado, a llamar a los clientes por sus nombres de pila, a conocer con pequeños detalles las historias de todos los habituales y hacerle entender la diferencia entre servir y servilismo.
-No permitas nunca que te falten al respeto. Pero tienes que empezar por no faltarlo tú. - le dijo mi abuela.
Cuando llevaba veinte días trabajando en el bar, el muchacho parecía haberse criado allí. Conocía a todo el mundo y todo el mundo lo conocía a él. Una noche, mientras limpiaban el bar, el muchacho soltó la escoba y mirando a mi abuela, le dijo:
-¿Sabes lo que me gustaría de verdad hacer, Aurelia?- Le dijo a mi abuela. Mi abuela lo miró, sonriendo.- Pintar.
-¿Paredes?
-¡Nooo! Cuadros. Paisajes, animales, personas, hadas, gnomos. Todo lo que se me ocurra.
Mi abuela y Carmen quedaron maravilladas.
-¿En serio? ¿Se te da bien?
-Es lo que mejor sé hacer. Bueno… en realidad es lo único que sé hacer. Pero mi padre dice que eso es de maricones.
-Tu padre es un inculto ignorante.- Dijo mi abuela.
Al día siguiente, mi abuela lo llevó hasta el salón y le enseñó lo que había comprado para él.
Un caballete, un maletín enorme con pinturas, lienzos y todo lo que el hijo de Carmen le dijo que necesitaría para pintar.
-Tu trabajo ahora será pintar. Quiero que nos pintes a nosotros, a mi marido, mi hijo y a mi. Si lo haces bien, te lo compraré. Después pintarás lo que quieras y cada cuadro que pintes lo pondremos en el bar para venderlo y esconderemos por ahí los cuadros de los cantaores. Empiezan a darme grima.
Transcurrido el mes de plazo que dio el gitano, se presentó en el bar tal y como llegó la última vez, en plan chulesco y prepotente. Dio un apretón de manos a su hijo y entonces se acercó a mi abuelo.
-¿Cómo se ha portado el zagal?
-Muy bien. Ha vendido mucho.
-¿Ha robado algo? Si lo ha hecho me lo dices, que lo degüello aquí mismo.
En ese momento llegó mi abuela, resuelta a enfrentarse a él si hacía falta.

 -¿Robado? Tu hijo es la persona más honesta del mundo. -Lo cogió del brazo y lo llevó hasta la pared frontal.- Mira esto. ¿Te gustan estos cuadros?
El gitano no estaba preparado para encontrarse con mi abuela. Contempló los cuadros un momento y asintió.
-Si. Están bien.
-Pues los ha pintado tu hijo. Y en sólo diez días ha vendido cinco.
El gitano no sabía si enfadarse, darle un tortazo a su hijo o salir corriendo de allí.
-No tienes un cantaor, pero tienes un pintor. Tienes un artista. ¿Es lo que querías no? Un hijo artista. Pues lo tienes. Siempre lo has tenido. Pero eres tan necio que no lo habías notado.
El gitano miró a su hijo. Vio la mirada de unos ojos iguales a los suyos, suplicándole comprensión, pidiéndole permiso sin hablar. No importaba lo mal padre que había sido para él, notó el amor en su expresión.
Sin sacarse las manos de los bolsillos se acercó a los cuadros expuestos. Sólo tres, de momento. Permaneció unos momentos frente al más grande. Estaba pintado desde un lateral de la calle y podía verse el bar en primer término, frente a él la plaza y algo más alejado, la catedral. La más hermosa del mundo , pensó entonces el gitano. Parecía una fotografía. Nunca imaginó que su hijo pintase tan bien. Se volvió hacia mis abuelos y su hijo.
-Me llevo este. Espero que me hagas una rebaja.
-Ni una peseta. Lo que tiene marcado es lo que vale. - Contestó mi abuela. Rafael la miró aterrado. El gitano durante unos momentos pareció una estatua de piedra.
-Esta mujer es más pesetera que yo.- Sacó la mano del bolsillo con un fajo de billetes, contó y le tendió a mi abuela lo que marcaba el cuadro.
-No me lo des a mí. Ese dinero es de tu hijo.
Rafael se abalanzó sobre su padre, abrazándolo. Su padre se lo quitó de encima de un empujón.
-Suéltame, maricón.- Pero sus ojos se humedecieron y les dio la espalda, caminado hacia la puerta. Se detuvo unos momentos, metió su mano en la chaqueta y sacó unos papeles.
-Las escrituras. El Bar es tuyo del todo.- Luego se acercó a su recién adquirido cuadro, lo descolgó y lo sujetó bajo el brazo.
Se fue caminando despacio, pero se volvió hacia mi abuelo.
-¿Sabes payo? Todos los pueblos y todas las ciudades tienen plazas. Y todas las plazas tienen bares. Pero desde el principio aquí no hay nada de eso. Aquí hay una cosa que no hay en ningún lugar del mundo.
Todos miraron al gitano recelosos por lo que pudiera decir a continuación.
-Aquí hay un bar. Un bar que tiene una plaza. Y ese bar dejó de ser mío hace mucho tiempo. Eso lo habéis conseguido vosotros. Nunca te hubiese quitado el bar, aunque mi hijo hubiese resultado ser un maldito maricón, o ladrón o carterista. Los duendes de esta casa ya no me quieren aquí.- luego se volvió hacia su hijo.
-Vuelve cuando quieras, pero quítate esa mierda de pendiente que llevas. Sabes que a tu madre no le gusta.
Y se marchó, recomponiendo sus ademanes, para volver a los pocos metros a su chulesca e innata posición.
A mi padre, un chico capaz de comprender ya muchas cosas, no se le olvidaron nunca las palabras del gitano y a la edad de diez años escribió dos frases que aún tengo en mi poder.
“Había una vez un Bar, que tenia una Plaza. Una Plaza que me vio nacer y un Bar que me vio crecer".

Publicado la semana 43. 28/10/2018
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