Semana
42
Tomi

LA MORADA DE LOS SUEÑOS (7)

Género
Relato
Ranking
0 18 0

Mientras tanto, mi padre iba creciendo, criándose entre el bar y la plaza. Cuando era un bebé, los propios clientes lo mecían en su carro cuando lloraba, les daban el biberón, les traían chupetes . Uno de ellos trajo una hucha, le pintó una bicicleta y cuando tuvo edad para manejar una, la abrieron, y entre todos, fueron a comprársela.
El hijo de Carmen lo enseñó a leer y cuando empezó el colegio, la profesora llamó a mis abuelos, preguntándole que si era verdad que el niño tenía 6 años.
-Lee mejor que yo. Y además, comprende lo que lee.
Al ocuparse todos los pisos, a mi padre no le faltaron amigos con los que jugar. Carmen ejercía Mientras tanto, mi padre iba creciendo, criándose entre el bar y la plaza. Cuando era un bebé, los propios clientes lo mecían en su carro cuando lloraba, les daban el biberón, les traían chupetes . Uno de ellos trajo una hucha, le pintó una bicicleta y cuando tuvo edad para manejar una, la abrieron, y entre todos, fueron a comprársela.
El hijo de Carmen lo enseñó a leer y cuando empezó el colegio, la profesora llamó a mis abuelos, preguntándole que si era verdad que el niño tenía 6 años.
-Lee mejor que yo. Y además, comprende lo que lee.
Al ocuparse todos los pisos, a mi padre no le faltaron amigos con los que jugar. de segunda madre con él, regañándole, dándole alguna cachetada cuando se la ganaba a pulso, y lo consolaba cuando mi abuela lo castigaba sin salir a la plaza.
Era como su segundo hijo. Hasta que unos años después, cuando contaba con treinta y cuatro años, el joven operario que conoció cuando se derrumbó el hospital, se convirtió en su esposo y le dio su segundo hijo. Una niña a la que llamó Luisa, como su madre.
-Por seguir queriéndome a pesar de tener un hijo soltera, cuando todas echaban a sus hijas de casa por algo así.- le dijo a su madre. Su madre lloró de emoción. Y se puso a tejer rebequitas rosa a destajo. Sería la niña más rosa del mundo.
Un desapacible día de invierno, con el cielo encapotado y un vientecillo que rasgaba la piel, mi abuela se levantó nerviosa. Presintió que algo no estaba bien. Abrió el bar y salió a la calle. Su vecino aún no estaba en la librería. Le extrañó. Era siempre el más madrugador del barrio. Se acercó al portal contiguo, donde vivía el hombre y llamó a su puerta. No le abrió, así que cogió la llave que le había dado mucho tiempo antes, llamó a mi abuelo, y fueron a la casa del viejo de la librería.
Lo encontraron en su cama, con varios libros esparcidos sobre el lecho y con una sonrisa en su arrugado y cordial rostro. Mi abuela se santiguo llorando, y mi abuelo le cerró los ojos y salió a llamar a un médico.
Mientras el médico llegaba, mi abuela limpió todo lo que pudo del apartamento de su amigo, miró en su armario, buscando el único traje que tenía, el que se compró para el bautizo de mi padre y se lo puso. Sola, sin ayuda de nadie y llorando como le lloró a su padre muchos años antes.
Mi abuelo avisó a todo el mundo. Había vivido solo, pero él no permitiría que se fuese solo hasta el cementerio. Carmen y su hijo, destrozados de dolor, emocionaron al numerosísimo grupo de amigos y clientes que acudió a dar el último adiós al librero de la nueva calle. Acudió tanta gente a la llamada de mi abuelo, que al no tener sitio para velar el cadáver en su pequeño apartamento, decidieron que su sitio era la plaza. Él la había visto nacer. Un trocito era de él. A nadie le importó el frío ni la amenaza de lluvia. Todos aguantaron rodeando el féretro hasta que llegó la hora de llevárselo.
-¿De qué se ha muerto, mami?- le preguntó una niña a su madre.
-De repente.- Le contestó su madre.
A los pocos días, llegó un señor trajeado al bar y preguntó por Alberto Gómez.
Carmen se acercó a él, preocupada.
-Es mi hijo. ¿Qué ha hecho?
-Nada. -Le extendió unos papeles, le ofreció una pluma y le dijo- Firme usted aquí. Su hijo, como menor de edad no puede firmar. La librería “El lagarto” es suya. El señor Vicente Aranda se la ha dejado en herencia.
Carmen firmó, llenado los papeles de lágrimas y manchándolos. El abogado, con cara de seta, sopló las lágrimas, se metió la mano en el bolsillo y le tendió una cartilla de un banco.
-Esto también es de su hijo. Ya hemos cobrado nuestros honorarios. Pero no podrá tocarlo hasta que tenga dieciocho años.
Cuando el cara de seta salió por la puerta, Carmen no lloraba, gemía a gritos. De dolor por la pérdida de Vicente, de amor por él, de alegría por su hijo, por el futuro que le acaba de brindar.
Carmen y mi abuela se abrazaron felices por Alberto, por Carmen, por ellas.

Publicado la semana 42. 21/10/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter