Semana
41
Tomi

LA MORADA DE LOS SUEÑOS (6)

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Poco tiempo después, por fin, empezó a haber movimiento en el descampado del viejo hospital. Camiones entraban y salían, llevando sacos de cemento, lotes de baldosas. Y por fin, unos meses después, cuando ya el bar de mis abuelos se llenaba a diario para comer, con gente esperando su turno leyendo en la librería del viejo vecino, con el hijo de Carmen como ayudante, vieron lo que allí estaban construyendo.
-Será la mejor plaza de la ciudad.- Vaticinó mi abuela.
Plantaron árboles, construyeron una fuente con unas bailarinas que escupían agua haciendo un circulo y unos bancos de piedra daban descanso a los paseantes y domingueros que no tenían un sitio mejor al que ir los domingos por la mañana.
En el mes de septiembre, con la plaza terminada, el buen tiempo dando los últimos coletazos y el bar de mis abuelos viento en popa, mi abuela le dio a mi abuelo la noticia.
Estaba embarazada. Mi abuelo se volvió loco. ¡Un Eugenio en chiquitito! ¡La ilusión de su vida!
-No volverás a trabajar nunca jamás.- Le dijo, alborozado.- Buscaré una cocinera, Carmen te ayudará a limpiar la casa y tú sólo comerás y dormirás.
Mi abuela giró la cabeza de un lado al otro.
-Si cuando yo digo que eres tonto, es que lo eres. -Se plantó delante de él.- ¡Que estoy embarazada, idiota, no paralítica! Si queremos tener un hijo fuerte, tiene que ver el trabajo desde antes de nacer.
Mi abuela estuvo trabajando en el bar hasta el mismo día en que se puso de parto, entre plato y plato. Empezó con los dolores a las doce de mañana, pero no dijo a nadie nada. Cuando a las cuatro y media de la tarde sacó el último postre, se acercó a mi abuelo, casi sin poder andar y le gritó:
-¡Llévame al hospital! ¡Éste está aquí yaaaaaa!
El cliente al que le acababan de servir el postre, sin tocarlo, se levantó de un salto y la agarró del brazo.
-Vamos, tengo el coche aquí al lado.
Ya en la calle, mientras se dirigían al coche aparcado junto al parque, mi abuela no pudo aguantar más, se acercó a uno de los bancos de piedra, y dijo, entre jadeos de dolor.
-No puedo…seguir. El bebe está fuera.
Carmen corrió por manteles y los puso sobre el banco. El viejo de la librería, que tomaba café en el bar, corrió a llamar a un médico y mi abuela se tumbó sobre los manteles, mirando a mi abuelo:
-¡Coge al cabrón de tu hijo, que se me está cayendo!
Y tuvo a mi padre. El hijo de La Plaza, lo bautizaron los vecinos. En pleno mes de mayo, con flores de colores en los bordes de toda la plaza, con un sol radiante dándole la bienvenida. .Fue el día más hermosos del año, recordaba mi abuela muchos años después.
Vinieron a conocerlo los de la cuadrilla del campo con sus mujeres, le trajeron bombones a mi abuela, y  ella les pagó la limpieza del bar, diciéndoles que sin ellos, el bar no seria como era en esos momentos.
-Mujer, no hacía falta,- le dijo una de ellas, mientras se guardaba los billetes en el sujetador
El viejo de la librería le regaló la cuna, la madre de Carmen le tejió unas rebequitas de color azul. Todas en color azul, y Carmen lloró tres días seguidos recordando el momento en que ella tuvo a su hijo. Ella no tuvo un marido que sufriera los dolores con ella, que la ayudara en el parto, que vomitara después de ayudarla a traer al mundo a su hijo. Nunca tuvo un viejo vecino que se sacara y metiera la dentadura con la lengua millones de veces, a una velocidad de vértigo, esperando que aquel parto, en plena calle, llegara a buen término.
Un día, con mi padre ya dando sus primeros pasos, Carmen le contó a mi abuela lo que pensó aquellos días , lo que lloró, todo lo que echó de menos tener un hombre al lado que la ayudara.
-No te lamentes, Carmen. Yo hubiese cambiado todo por tener lo que tuviste tú.
La joven lanzó a mi abuela una mirada de interrogación.
- Tú tuviste a tu madre. Es la mejor ayuda que puedes tener en esos momentos. Tú la tuviste. Yo no y no sabes cómo la eché de menos ese día. Hubiese dado mi brazo derecho por tenerla aquí en ese momento.
Mi abuela nunca supo el consuelo que supusieron sus palabras para Carmen.
Al estar la plaza terminada, y la gente moviéndose por la zona antes desconocida para ellos, los pisos se revalorizaron. Comenzaron a remodelar los edificios, se vendieron todos los pisos antes vacíos y pronto llegaron familias que dieron vida a la calle, se abrieron nuevos comercios, el mundo entero pareció cerciorarse de que allí había una nueva calle, con un bar donde se comía como en ningún sitio y con una plaza que invitaba al descanso y la relajación.
El hijo de Carmen exprimía al viejo de la librería, escuchando con devoción las enseñanzas sabias del librero, aprendiendo los diferentes tipos de literatura, géneros, conociendo a los grandes y no tan grandes autores. En poco tiempo adquirió una clientela que iba buscando su opinión sobre qué comprar, qué regalar. El viejo se sentía orgulloso de él. Fue el mejor ayudante que podía haber encontrado. Agradeció a Dios el que mis abuelos llegasen al bar aquel día. En su tiempo de descuento, encontró una familia.
 

Publicado la semana 41. 12/10/2018
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