Semana
04
Tomi

ALGO DE HUMOR-¡¡¡UNA PELUQUERÍA, POR FAVOR!!!

Género
No ficción
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Érase una vez  una mujer, yo misma, que tenía un hijo. Al cabo de diez años, y tras un descuido (supongo que fue mío, porque mi marido no se acuerda de nada de lo  acaecido aquella noche) volví a quedar en estado. Bueno, pensamos, seguro que ahora viene la niña. Ya tendremos la parejita.¡Qué ingenuidad la mía, pensar que sólo con desear una niña iba a venir!

   No sólo no vino la niña, sino que eran dos.

   -¿Los dos varones?- le pregunté al médico. Me mostró las ecografías.

   -Míralo tú misma. Tienen el cipote más grande que el mío.

   Así fue como me junté con tres chicos. Los quería como todos los padres quieren a sus hijos, es decir, muchos besos unos días y otros estaría dándoles tortas desde por la mañana hasta por la noche. Esos días en los que te vuelven loca, que se pelean porque su tazón tiene menos Cola Cao que el de sus hermanos, o que a ellos les he echado más garbanzos que a los demás, y cuando ese juguete que lleva meses en el cajón, de repente, lo quieren los dos, esos días, creo que se me cae un manojo de pelo. Así que cuando a los niños  los repeino por la mañana y los pongo todo guapos para ir al colegio, me voy a la peluquería. A ponerme guapa yo también. Porque yo lo valgo.

 Lo peor vino cuando llegaron las preguntas. Dios mío, yo creo que jamás me había echo esas preguntas. Mi hijo mayor les había dicho a sus hermanos que el hombre venía del mono. Así que cuando los pequeños dieron religión en el colegio, Pedro, uno de los gemelos, vino pensativo todo el camino hasta casa.

   -Hoy hemos dado a Dios en el cole. - me dijo mi hijo.

   -Muy bien. Dile a tu profe que te enseñe a rezar también.

   -Dice que Dios creo al hombre. Pero creo que es un mentiroso.- Yo lo miré asombrada.

   -¿Por qué? Es cierto.

   -No. Dios creó al mono. Y el mono creó al hombre.

   Al ver que yo me quedé pensativa, se volvió hacia mí.

   -¿A que si, mamá?

   -Pues seguramente.

   -¿Y quién creó a Dios?

   -Mañana se lo preguntas a tu maestro, que es más listo que yo.

   Un buen día, a mi marido se le ocurrió hacer un sistema solar en miniatura en la habitación de los gemelos. Con todos sus planetas, un montón de estrellitas, y hasta un cohete recién salido de la nasa. Mi hijo mayor les regaló un globo terráqueo, de esos que tienen luz por dentro. Pedro no podía entender que esa fuese la tierra, el lugar en que vivíamos. Toda redondita. El no veía nada redondo cuando íbamos a Ibiza en barco.

   -Aquí estamos nosotros.- le dijo mi marido a los gemelos, señalándoles el mapa de España.

Mis hijos jugaron un rato dándole vueltas y vueltas .

   -¿Si estamos aquí abajo, por qué no nos caemos?

   -Por la gravedad de la tierra.- le explicó mi hijo mayor.

Parece ser que se quedó contento, pero en la cena, sin venir a cuento, nos dijo:

   -¿Y que pasaría si se acabara la gravedad “esa” de la tierra?

   -Eso es imposible.-contesté yo.

   -¿Pero y si ocurre un milagro y se acaba?

   Yo miré a mi marido y le susurré:

   -Pues vaya una mierda de milagro.- Luego me volví a mi hijo.

   -Mañana se lo preguntas a tu profesor, que es mas listo que yo. - Jamás agradeceré bastante a ese profesor de las situaciones de las que me salvó.

   -¿Y dónde se apoyan todos los planetas?

   -En ningún sitio. Están suspendidos en el aire.

   -¿Y si se caen? ¿Y si se cae la tierra? ¿Dónde se cae?

   El gemelo de Pedro, Andrés, salió al paso, salvándome:

   -¡Pero mira que eres tonto, Pedro! ¿No has visto que la tierra está encima de Marte? Pues se caería encima de Marte.

   -¡Ah, claro! Pobres marcianos. Los vamos a espachurrar.

   Ya en mi habitación, le dije a mi marido:

    - Cuando les quieras construir algo, espera a que tengan veinte años.

   Más tarde llegaron las preguntas de sexo.

   -Mamá- me dijo Pedro, pensativo. Me echaba a temblar cuando empezaba a hablar así.- Cuando Miguel estaba en tu barriga, ¿dónde estábamos Andrés y yo?

   -No existíais todavía.

   -Eres una mentirosa.

   Lo miré asombrada.

   -Una amiga de Miguel me ha dicho que estábamos saltando de un huevo a otro de papá.

   Yo me acerqué y me senté junto a él, echando mano del manual de instrucciones.

   -Verás hijo, papá tiene unas semillitas y se las da a mamá para que podáis crecer en la barriga y poder nacer.

   -Y se las da por el pito, ¿verdad?

Los ojos creo que me bailaron solos en las cuencas. Ellos solitos. A su bola.

   -Mira hijo…- pero Pedro no me dejó acabar.

   -Vale mamá, se lo preguntaré mañana a mi maestro, que es más listo que tú.

   -¡¡¡nooooooooo!!!- Exclamé aterrada.- Eso no se lo preguntes a tu maestro. Eso que te lo explique tu padre, que para eso fuiste su semillita. Ale, a jugar con tus hermanos, que me voy a la peluquería.

   -Ya fuiste ayer, mamá.

   - Pues hoy otra vez. Creo que se me acaban de caer 3.500 pelos.

   -¿Eso son muchos? ¿Cuántos pelos tenemos en la cabeza, mamá?¿Más de 1.000.000? ¿2.000.000?

   -Eso sí se lo preguntas a tu maestro. Venga, con tu padre que me voy.

   -Pero mira, mamá, me han dicho…

   -¿Quieres que me quede calva y todos tus amigos se rían de mí?¿No? Pues ale, a preguntar a tu padre, que para algo está.

   Hoy día, viendo todo esto desde la perspectiva que da el paso del tiempo, me pregunto qué hubiese sido de mí si no me hubiese escapado a la peluquería cada vez que las preguntas de mis hijos me hacían ver lo ignorante y lo mala madre que era. No siempre me peinaba. Pero allí nos juntábamos y nos contábamos los chismes que circulaban por el barrio, nos dábamos consejos de cocina y de más cosas que no vienen a cuento explicar ahora, y sobre todo, nos desahogábamos. A otras les da por tomar pastillas. Prefiero, de todas,  todas, la peluquería.

 

 

Publicado la semana 4. 26/01/2018
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