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Tomi

LA MORADA DE LOS SUEÑOS (5)

A media mañana llegaron los servicios municipales, y tras comprobar que no había cuerpos ocultos entre los escombros, ni vivos ni muertos, procedieron a retirar, sin prisa pero sin pausa, el estropicio que había causado la terrible tormenta. Docenas de edificios se vinieron abajo aquella noche, y los trabajadores municipales no daban abasto.
Mi abuela, frotándose las manos, comenzó a preparar unas lentejas con chorizo, hizo una sartenada friendo morcilla con cebolla, y a pesar del frío, abrió las puertas de par en par.
El olor de la morcilla atrajo a los operarios de los escombros, y a las tres de la tarde, los cuatro operarios, dos matrimonios que habían ido a curiosear y dos señoras que vivían encima de la librería, estaban sentados a la mesa, degustando la comida de mi abuela. Todos ellos se convirtieron en clientes habituales. Aunque mi abuela supo desde el primer día que uno de los operarios estaba más pendiente de Carmen que de su comida, no le importó. Ya contaba con eso.
-¿Y qué van a hacer ahora con el hospital?- les preguntó Carmen a los operarios.
-Aún no se sabe. Unos quieren hacer un teatro, otros un cine. Otros un colegio. Cualquiera sabe.
-El ayuntamiento no tiene ni un duro. ¿Qué coño van a hacer?
Cuando muchos días después terminaron la labor de desescombrar el solar, estuvo algunos meses cercado, sin que nadie de los organismos correspondientes diera señales de vida. Ya se había corrido la voz del derrumbe del viejo hospital, y los curiosos comenzaron a frecuentar la zona, maravillados por el descampado que había quedado en pleno centro de la ciudad.
Mis abuelos pusieron un cartel en la puerta, con luces de neón, anunciando su comida casera y sus postres deliciosos. Poco a poco fueron entrando más clientes. Al principio recelosos por lo que pudieran encontrar, pero finalmente, cuando probaban la comida de mi abuela, todos acababan volviendo.
El viejo de la librería decidió adoptar a Carmen, y cada vez dejaba la librería más rato sola, con un cartel en la puerta que ponía:
“Estoy en el bar de los duendes.” Estaba dispuesto a buscarle un buen novio entre los parroquianos y que la sacara de la mala vida, como llamaba él a su trabajo de camarera.
Un día, cuando cerraron el bar después de las comidas, mi abuela y Carmen entraron en la librería, cogieron trapos, plumeros y jabón, y se dedicaron toda la tarde a limpiar las estanterías de madera, libro por libro, cuaderno por cuaderno. Cambiaron las bombillas fundidas, fregaron bien la puerta de la calle, y cuando los cristales, antes traslúcidos quedaron absolutamente transparentes, se felicitaron, como si aquel negocio les perteneciera.
-Ya está. Ahora, todo el que venga a comer, vendrá también aquí a comprar sus libros.- El viejo no paró en toda su vida de decir que desde ese día, no encontraba absolutamente nada. -”Las mujeres son unas metomentodo”- solía decir. Pero en el fondo, les estaba agradecido. Su asma mejoró desde entonces. El hijo de Carmen le ayudó desde ese día, limpiándole las estanterías, los libros, y sin apenas darse cuenta, el chico acabó amando tanto la literatura, que nunca recordó que hacía para pasar el tiempo antes de coger un libro y devorarlo en pocas horas, para continuar con el siguiente.
Los destornilladores para abrir coches, robar fruta del mercado para acabar tirándola porque nunca le gustó la fruta o abrir el cepillo de la iglesia para comprar petardos habían pasado a la historia sin proponérselo.
Cuando unos años después algún amigo se lo recordaba, no se reconocía a sí mismo haciendo esas cosas.

 

Publicado la semana 39. 30/09/2018
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