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Tomi

LA MORADA DE LOS SUEÑOS (4)

Los primeros meses fueron duros, poniendo el dinero que mis abuelos tenían ahorrado y agradecidos a los pocos clientes, en su mayoría hombre tan mayores que casi no podían caminar, pero que bebían vino como jóvenes de veintitantos, y creyendo tenerlos, adulando a Carmen, sintiéndose afortunados cuando ella les sonreía, pensado que sólo a ellos, individualmente, los miraba así.
El viejo de la librería se convirtió en su mejor cliente. Él les asesoraba sobre dónde podían comprar más barato, los precios que se manejaban en los otros bares de la zona y lo que buscaban en su mayoría los parroquianos que antaño se movían por “Duendes”.
Carmen resultó ser una mujer trabajadora, alegre y honrada que sitió lástima de aquel matrimonio que se acababa de embarcar en un negocio que jamás en toda su historia dio el suficiente dinero para vivir de él. Pensaba firmemente que su trabajo ahí duraría poco. Todo lo que el dinero que tuviesen ahorrado sus patrones diera de si.
-Bueno,- le decía a su madre al llegar a su casa.- Lo que dure dura.
-Esos no te van a pagar.- Le dijo un día su madre.
-¿Sabes madre? Me da igual. Han confiado en mí. Eso vale más que lo que vayan a pagarme.
Su madre la miró, arqueando las cejas.
-¿Te han lavado el cerebro? ¿Te has vuelto chalada de repente?
Carmen se encogió de hombros. De todas formas no tenía otra cosa mejor que hacer.
Todo parecía abocar a un fracaso inminente, sobre todo cuando el invierno hizo acto de presencia, mucho antes de lo previsto por las previsiones meteorológicas.
Entonces no fueron conscientes, pero su suerte comenzó a cambiar precisamente un frío día de noviembre. El cielo se puso tan negro que a las once de la mañana pareció hacerse de noche de repente. Un viento cada vez más fuerte amenazaba con llevarse los postigos de las ventanas del piso superior y dos clientes que se tomaban su copita diaria de anís, tuvieron que permanecer en el bar todo el día. Eran tan viejos y enclenques, que el viento no tendría ningún impedimento en llevárselos volando a cualquier lugar del mundo. Mi abuela les preparó una de las habitaciones y durmieron con ellos esa noche. Por la calle volaban todo tipo de objetos, tejas, carteles, señales de tráfico. La radio insistía en que todo el mundo permaneciera en sus casas ante la terrible tormenta que asolaba la mitad del país.
-El bar se va a venir abajo. Este edificio esta aquí desde que el mundo es mundo.
Mi abuela, meciéndose en su mecedora traída del pueblo, negó con la cabeza.
-No te preocupes. Este bar no se caerá. Tiene unos guardianes que la protegen.
Mi abuelo se acercó a la ventana.
-Ya le salió su vena de loca.- se dijo para sí mismo.
Fue entonces cuando se percató. El Bar no se caería, pero el viejo hospital se estaba derrumbando por momentos. La calle se iba llenando de cascotes, los cristales que aún quedaban en pie se caían hacia dentro del edificio, y el tejado…. el tejado ya no estaba. Si la tormenta continuaba mucho tiempo más, los servicios municipales solo tendrían que ir para llevarse los escombros.
Y así fue.
Al día siguiente, un cielo límpido y un sol que en lugar de calentar, parecía enfriar aún más el ambiente, dejó ver el montón de escombros en que se había convertido el viejo hospital. Un solar de cientos de metros quedó al descubierto.   La catedral de Jaén. majestuosa, apareció ante ellos por encima de las casas que había detrás de donde hacía pocas horas estaba el hospital.
-Jamás hubiese imaginado que eso fuese tan grande.- murmuró mi abuelo, asombrado. De repente, el bar, iluminado siempre con luz eléctrica, recibió un torrente de luz natural que hizo que las cosas casi cobraran vida. Mi abuela, aún en su habitación, sonreía junto a sus duendes y espíritus, todos increíblemente quietos, absortos en la contemplación de una luz olvidada para ellos.

 

Publicado la semana 37. 15/09/2018
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