Semana
36
Tomi

LA MORADA DE LOS SUEÑOS 3

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A las seis de la tarde, una joven exuberante y pizpireta entró en el bar, preguntando por la jefa. El niño del destornillador venía con ella.
-Es esa de ahí.
Mi abuela se acercó a ellos y se dirigió al niño.
-¿Te quieres ganar 5 pesetas?
-¿Sólo 5? Esta mañana me ha dado 15.
-No abuses mocoso.
-¿Qué tengo que hacer?
-Ir a comprar dos litros de leche, chocolate en polvo y un paquete de galletas. Te invitaré también a merendar.- El niño cogió el dinero, y cuando salía por la puerta, su madre lo llamó.
-Nene, en cinco minutos te quiero aquí, con la compra y con la vuelta. Si no, te rapo al cero. Y sabes que lo hago.
Las mujeres se dirigieron a sus maridos, absortos en la mujer que acababa de entrar, si apartar sus ojos del escote.
-Vamos gandules, que esto no se limpia solo.- Dijo una de ellas.
-Estén más salidos que el rabo de un cazo.-  Murmuró otra en voz baja.
-Esa, que va provocando.
Mi abuela entonces se acercó a ella.
-¿Cómo te llamas?
-Carmen.
-Me ha dicho tu hijo que trabajaste aquí.
-Si. Con los gitanos cantores.
-¿Conoces a la gente de por aquí?
-Claro. Me crié en esta calle.
-Bien. Pues pasado mañana te vienes a primera hora, que trabajarás conmigo. Haremos de este bar el más famoso de la ciudad.
No hablaron de sueldo, de horarios ni de condiciones. Ambas dieron por hecho que eso lo verían sobre la marcha.
Cuando llegó el chico, mi abuela, después de mirar escrupulosamente la vuelta y el tique de compra, hizo chocolate y volvió a montar la mesa. Llamó a todo el mundo y antes de que terminaran de sentarse, el chico ya había devorado medio paquete de galletas y bebido dos vasos de chocolate. Cuando la joven vio las miradas lascivas de los hombres y celosas de las mujeres, se dirigió a mi abuela.
-Será mejor que me vaya.
-Bien. Pasado mañana nos veremos.
Cuando Carmen se fue con el comilón de su hijo, una de las mujeres miró a mi abuela fijamente.
-¿Sabes lo que estás haciendo metiendo a esa mujer en tu casa?
-Si es que tiene una pinta…..- agregó otra. Los hombre bajaron la cabeza, sin atreverse a dar su opinión.”¿Pinta? Pues que está buenísima”, pensaron todos. Incluido mi abuelo.
. -No seáis envidiosas. Es joven y guapa. Me hará una buena clientela. Vendrán por ella y seguirán viniendo por mi comida.
-Pero vendrán los hombres solos. No traerán a sus mujeres.
-No todas son tan envidiosas como vosotras. Aquí en la ciudad hay muchas chicas como ella.
-Y tiene un hijo. Estará casada, digo yo.- Alegó otra.
-O no. Ya se lo preguntaré cuando vuelva.
Terminaron de merendar ultimando los detalles de la limpieza. El bar estaba quedando realmente bonito. La vajilla, ya limpia y seca, lucía brillante en las repisas desprovistas de polvo y telarañas. Los visillos de media altura de la cristalera, que los habían lavado, se secaban colocados otra vez en sus raíles y la estantería que colgaba peligrosamente, ya estaba firmemente anclada en su sitio, mostrando unas botellas de licor que parecían estar recién empezadas.
Dos de los matrimonios subieron a limpiar el piso de arriba mientra los demás terminaban de limpiar las paredes, colocar los cuadros y fregar el suelo. A las diez de la noche, exhaustos y agotados, contemplaron su obra. Estaba perfecta.
-Oye, pues el bar es bonito.
Mi abuelo sonrió, orgulloso.
- Si. Más de lo que imaginé y mucho más que cuando lo ví esta mañana.
-Bueno, vamos a coger toda la ropa de la casa y la mantelería que tendremos que correr para coger el autobús. El último sale a las once.
Mi abuela se despidió de sus duendes y espíritus y todos volvieron al pueblo, unos ilusionados con la nueva aventura que iban a emprender y otros expectantes esperando un fracaso que nunca se produciría.

 

Publicado la semana 36. 05/09/2018
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