Semana
35
Tomi

LA MORADA DE LOS SUEÑOS (2)

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Al día siguiente, sin otra cosa mejor que hacer, ambos se encaminaron a la búsqueda del susodicho negocio. Mi abuelo sugirió preguntar a alguien, cuando estaban en pleno centro, pero mi abuela le dijo que sólo los catetos de los pueblos y los barrios limítrofes preguntaban por una dirección en la ciudad.
-¿Quieres que nos manden a ver la catedral? Aquí se creen que todos los catetos venimos a ver monumentos.
Así que dos horas después, se dieron de bruces con el bar en cuestión. Estaba en un callejón oscuro, tan estrecho, que no dejaba pasar al sol y el viento pasaba de largo, asustado por lo que pudiera encontrarse en los portales oscuros y lóbregos. La mayoría de los pisos estaban vacíos. El bar era un edificio de dos plantas, y los edificios aledaños tenían cuatro. Así que el local parecía mucho más pequeño. Tenía una cristalera, pero la visión que se tenía desde ella era lamentable. Frente a él, un edificio enorme, antiguamente un hospital, deshabitado, y casi derruido, daba la bienvenida a los posibles parroquianos. Nada alentador. Mi abuelo miró a mi abuela, decepcionado. Pero ella sonreía. Nunca entendería a su mujer. Pero él no veía lo que veía ella. Ella veía los duendes entrar y salir por las rendijas de las puertas de madera del bar, los sueños de todos los moradores de aquel bar pasados y sus ilusiones danzando en una jauría con libido insaciable, todos entrando y saliendo por las grietas de la puerta y las ventanas del piso superior. Mi abuela entendió que daban la bienvenida a todo aquel que pudiera verlos. Siempre había oído que aquella era una ciudad de embrujo, de magia. Pero nunca lo había ido a comprobar. Ahora sabía que era cierto. Se volvió hacia mi abuelo, sin dejar de sonreír.
-Hemos llegado a nuestra casa. Aquí viviremos, trabajaremos y seremos felices.
Mi abuelo asintió. Lo que decía su mujer, sentaba cátedra para él. Siempre llevaba razón, y esta vez, rezó para que acertara de lleno. De lo contrario, el gitano de las cartas podría matarlo y echarlo a los cerdos.
Sacó la llave del bolsillo y abrió la puerta. Lo primero que vieron fue un pequeño recibidor. A la izquierda una puerta medio abierta, dejaba entrever las escaleras que daban al piso superior. Y a la derecha, el bar. Todo de madera menos los asientos de las sillas, que eran de anea. Todavía había unas copas, manchadas de vino, sobre dos de las cinco mesas que había, y algunos vasos sobre una barra cubierta de polvo. Botellas, algunas llenas de licor esparcidas por una estantería que amenazaba con caerse de un momento a otro y cuadros cubiertos de polvo y grasa con imágenes de cantaores y ciudadanos ilustres, seguramente para el último inquilino del local, porque mis abuelos no conocían a ninguno de ellos. Inspeccionaron rápidamente la estancia y después subieron al piso superior. Era un piso enorme. Habitaciones cubiertas de telarañas completamente amuebladas, con muebles macizos, robustos e inmunes al paso del tiempo. Mi abuelo pensó que no estarían preparados para abrir el bar en un mes. Necesitarían más tiempo sólo en limpiar todo aquello. Dio por hecho que acabaría siendo un manjar para los cerdos de alguien. Pero pensar eso le demostró que no conocía a mi abuela tan bien como él pensaba.

Ella soltó su bolso, el único que tuvo en su vida, se metió en la cocina, y cuando comprobó que tenían agua, se arremangó y se plantó en jarras, delante de su marido.
-Vete a buscar un teléfono. Llama a la tienda de la Pepa y quiero a tu cuadrilla del campo aquí en menos de dos horas. Con sus mujeres, claro.
Mi abuelo la miró, asombrado.
-No van a querer venir.
-Diles que los invitamos a comer. Verás que pronto vienen.
Así que mientras mi abuelo iba a llamar al único teléfono que había en el pueblo a su cuadrilla, mi abuela salió a la calle y entró en una pequeña y mugrienta librería que había justo al lado y que acababa de abrir sus puertas a la escasa clientela que imaginó mi abuela tendría. Allí, un señor de unos cien años, le informó de donde podría comprar todos los artículos de limpieza que iba a necesitar.
Cuando los hubo comprado, vio que eran demasiados. No podría cargarlos ella sola. Se acercó a un niño de unos ocho años que intentaba abrir con un destornillador la puerta de un coche sin llantas, sin espejos y sin luna delantera que había aparcado.
-Te doy 15 pesetas si me ayudas a llevar la compra.
El muchacho ni se lo pensó. Cogió la mitad de la compra y caminó detrás de ella, lamentando que no hubiese en las bolsas nada para comer que poder robarle.
Cuando llegaron, le dio las 15 pesetas y le dio las gracias.
-Aquí trabajó mi madre.- le dijo el niño a mi abuela cuando se marchaba.
Mi abuela entonces lo enganchó por la camiseta.
-Espera, espera. ¿Tu madre dices? ¿Trabajó aquí?
-Si. Cuando esto era de unos gitanos cantaores. Dice que me traía de vez en cuando, pero yo no me acuerdo.
-¿Cuántos años tiene tu madre?
-28, pero ella siempre dice que tiene 25. Le da vergüenza ser tan vieja.
-¿Está trabajando?
-No.
-Dile que venga a hablar conmigo y si me gusta, le daré trabajo.
Mi abuela soltó toda la compra y volvió a salir en busca de una tienda donde poder comprar algo de comida. Compró lo justo para hacer una paella tamaño familiar, un melón y tres litros de cerveza.
A las dos de la tarde en punto, llegaron los de la cuadrilla de mi abuelo, con sus mujeres y engalanados con sus trajes de los domingos, esperando encontrarse un restaurante lujoso donde se codearían con gente de la capital bien vestidos, bien hablados, cultos y refinados. Mi abuela vio las caras de decepción de sus paisanos, pero le dio exactamente igual. Limpió las mesas del bar, las juntó y las montó. La paella ya estaba lista.
-Comed rápido, que tenemos que dejarnos esto limpio ya mismo. Cuando empecemos a ganar dinero, os pagaremos.
Las mujeres miraron a sus maridos, furiosas. Pero ninguna dijo nada y  comieron la famosa paella de mi abuela. Nadie hacía una paella mejor que ella. Cuando acabaron de comer, todos se arremangaron, se pusieron por mandiles manteles viejos que encontraron, y se aliaron con las escobas, los badiles, los trapos, la lejía y el Mistol.

Publicado la semana 35. 31/08/2018
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