Semana
03
Tomi

MI ABUELA TIENE UN PUEBLO

Género
Relato
Ranking
0 107 0

 

  En mitad de la sierra , mi abuela tiene un pueblo. Voy poco. Solo alguna vez en verano y por supuesto, todas las Navidades, pero la mayoría de los recuerdos memorables que tengo, provienen de allí. Cerca de la casa de mi abuela hay una fuente con dos caños. No saben de dónde viene el agua. La fuente ya estaba ahí cuando construyeron el pueblo y nunca se seca. Mi abuela dice que es mágica. En verano, el agua sale fría como el hielo y en invierno calentita como si tuviera un calentador dentro. Hay un abrevadero para los burros y un lavadero, donde recuerdo a mi abuela llevarme a lavar la ropa. Poca gente en el pueblo, por aquel entonces, tenía lavadora. Sólo los más pudientes se la podían permitir. Un día, estando con mi abuela lavando con varias mujeres más, les pregunté si estaban allí porque no tenían lavadora y una me dijo que sí, pero que los vaqueros y las toallas se lavaban mejor a mano. Cuando esa mujer se fue, otra de ellas comenzó a reír.

   -Esta mujer se  cree que porque no tenemos lavadora somos tontas.-Las demás la secundaron en la risa. Le pregunté a mi abuela que qué quería decir.

   -Hija, lo peor para lavar a mano son precisamente  los vaqueros y las toallas. Esa no tiene lavadora.

   No habían pasado cinco minutos cuando el marido de esta mujer y otro hombre llegaron con sus burros para darles agua. Saludaron a las mujeres, y mientras los animales bebían, comenzaron a hablar del tema estrella de esos días. La recogida de aceituna.

   -Ese es el marido de la que tiene lavadora.- Me susurró mi abuela.

   -Ayer me compré unos mantones nuevos. -le decía el hombre a su acompañante.-. Son buenísimos.

   Yo me acerqué un poco más a mi abuela y le susurré:

   -¿Y porqué en vez de unos mantones no ha comprado una lavadora?

   -Niña,- me dijo una de ellas, riendo solapadamente,- la lavadora facilita el trabajo a la mujer, no al hombre. Si fuesen ellos los que lavan, tendríamos una  en nuestro ajuar de solteras.- Mi tía María cree que lleva razón.

   Mi abuela tiene una vecina que es ciega, a las que visitan todas las tardes las muchachas vecinas de la calle. Juegan a las cartas, ven las novelas y algunas, fuman. Dicen que también hacen espiritismo. Mi abuela no quiere que vaya allí sola. Un día, una de las muchachas que solía visitarla, desapareció. En el pueblo se decía que se la habían llevado los espíritus a los que invocaban.

   -Encontré cosas extrañas en mi casa el día que desapareció.- le dijo la madre de la chica un tiempo después a mi abuela. Mi abuela la miró de soslayo y afirmó con la cabeza.

   -Que sí, hija, que sí. Que se la llevaron los espíritus.-  Cuando la mujer se fue, miré a mi abuela entre asustada y maravillada.

   -¿Los espíritus, abuela? ¿Hay espíritus aquí?

   -¡Que espíritus ni que niño muerto! Esa se ha fugado con el novio.

   Cinco meses después, la chica volvió, sola y con un barrigón de mil demonios.

   -Ni es la primera ni será la última,- le dijo mi abuela a su madre, cuando acudió a ella llorando.

   Más arriba de mi abuela vivía un matrimonio mayor y una casa más arriba, el hijo de estos con su mujer y sus cinco hijos. Su abuelo decía  que eran  hijos del demonio,. Cuando los padres se iban en invierno a la aceituna, los abuelos se quedaban con los cinco chicos. En su casa, por la parte de atrás, tienen un huerto. Allí tienen varias higueras y un día, los chicos estaban muy calladitos. La abuela supo que algo estaban tramando, pero bueno, mientras la dejaran tranquila un rato, que tramaran lo que quisieran. Hacía tanto frío que no quería moverse de la chimenea. Al cabo de un rato, uno de ellos entro gritando, llamando al abuelo.

   -| Un ahorcado, un ahorcado, hay un ahorcado, abuelooooooo!

El abuelo se asomó al huerto, y cuando descubrió a su nieto mayor colgado de la higuera y con la lengua fuera, sin pararse a mirar como estaba, salió corriendo calle arriba en busca del médico, a pique de que le diera un infarto. Cuando llegó con el médico, su nieto estaba desternillándose de risa encima de la higuera, ya sin la cuerda al cuello.

   -Baja de ahí, granuja, que te vas a enterar.-Le decía el abuelo, furioso.

   -No, que me pegas.

   -¿Pegarte? Nooooo, te voy a matar. - Cuando esa tarde llegaron los padres de los niños, el abuelo se acercó a su hijo, todavía con los ojos encendidos en furia.

   -Métete a tus hijos por el culo.-Y echándolos a la calle, les cerró la puerta en las narices. No volvieron a hablarse hasta muchos años después, cuando el abuelo, ya agonizante, les dijo que los perdonaba a todos.- Incluso al ahorcado.- Especificó. Después se murió.

   Mi abuela preparó una sopa de picadillo con muchos fideos para toda la familia del muerto. Otra vecina hizo carne con tomate para ellos y ese día, como la familia no fue a la aceituna, se pusieron a comer a todas horas.  Cualquiera diría que estaban de velatorio.

   Todas las Navidades pasan cosas en el pueblo de mi abuela. A veces, cuando veo a mi abuela ya viejita, me pregunto cómo será el pueblo cuando ella ya no esté. Sé que ese día puede que no esté muy lejos, pero rezo porque falten muchísimos años. Presiento que el pueblo que conozco, se irá con ella. Porque este pueblo, es el pueblo de mi abuela.

Publicado la semana 3. 17/01/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter