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26
Tomi

MARISA LA CUENTISTA (7 PARTE)

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Sacaron el dinero y el abogado, abrumado por el comportamiento desprendido de Marisa, se encargó de él, ingresándolo en una cuenta en la que mensualmente pagarían el sueldo de Carlota y de su hija, al menos por un tiempo.

              Dejó todo en manos del abogado, de Alfredo y puso al día a Carlota de la nueva forma de cobrar sus honorarios.

            -Alfredo y el abogado podrán ayudarte si necesitas algo. Yo me marcho. No puedo seguir viviendo aquí, donde todo me recuerda a Gustavo, lo que era él para mí y lo que era yo estando con él.

            Y se despidió de las tres mujeres, aunque Sonia, aquel día, no supo quién era aquella mujer que la abrazaba y le daba dos besos en la mejilla. Lo último que recuerda, cuando el taxi se alejaba,  es a Carlota llorando, y a Sonia dando vueltas sobre sí misma, bailando con una música que sólo ella podía escuchar.

             Cogió sus pertenencias, la carpeta con sus cuentos, y cogió el primer tren a Barcelona, una ciudad grande, donde los rostros de millones de personas se mezclarían en sus recuerdos con los de aquellas gentes que habían compartido con ella aquellos años felices, que jamás, por mucho que viviera, volverían. Y donde nadie la conocería.

             Encontró enseguida un apartamento pequeño, llevó sus cuentos a todas las editoriales que pudo encontrar en la guía telefónica, y se sentó a esperar.

             Si a Gustavo le habían gustado sus historias, puede que les gustasen a alguien más.

             Y unas semanas después, firmó su primer contrato y comenzó su nueva vida.

             Entre cuento y cuento, escribió dos novelas, donde no solo hablaba del pasado con un padre amante o una madre sobria. También hablaba de amor, de desamor, de alegría y de tristeza.

              Los dos se vendieron muy bien, pero su vida siguió igual. Para siempre.

            Ya hacía tiempo que el abogado le había informado de la venta de su apartamento y de las joyas que le dejó a Alfredo.

              Había negociado el préstamo con el banco después de pagar el 70 por ciento de lo prestado para que pudiese seguir pagando poco a poco todos los meses.

            -¿Cómo está Sonia?

               -Muy bien. Bueno, ya sabes, como siempre. Ella es feliz.

             -Me alegro.

              Habían pasado tantos años, que la cara de Gustavo comenzaba a desdibujarse en los recuerdos de Marisa, aunque seguía viéndolo en sus sueños, lo acompañaba cuando iba camino de la revista y hablaba con él, sabiendo que todo el mundo pensaba que era una loca solitaria demasiado joven para ser vieja y demasiado vieja para ser joven.

            Cuando le ofertaron comprarle los derechos de uno de sus libros para hacer una película, ella no regateó, no esperó a saber la oferta.

             -Quiero cinco millones de pesetas.

             El director la miró asombrado. Él pensaba ofrecerle siete, pero cinco era mucho mejor para él.

             Una semana después el dinero lo tenía en su cuenta.

             Dicen que cuatro era lo que faltaba para pagar la deuda de la casa, el otro millón lo ingresó para seguir pagando a Carlota y todo lo que había conseguido ahorrar, a base de carecer de todo, a veces hasta de lo imprescindible, lo metió en una cartilla, a nombre del abogado, para que pagase los gastos de la casa de Marisa durante muchos años.

              Fue aquel el día que la vieron en el banco.

              Cuando volvió a su pequeño apartamento, su vivienda desde hacía ya 20 años, sacó la foto de Gustavo y ella en la boda donde lució la gargantilla que quería la mujer de Alfredo, guardó todos los documentos en su carpeta con el sobre a nombre de Sonia, y tumbándose en la cama, se tomó los dos botes de somníferos que tenía, y se durmió, feliz porque sabía que en breve volvería a reunirse con Gustavo, el hombre que la enseñó a vivir y a ser feliz.

            Cuando Alfredo, a muchos kilómetros de allí, se enteró de la muerte de Marisa, lloró de dolor y cogió a su mujer del cuello cuando ésta dijo:

            -Una fulana menos. Poco bien que habrá vivido con lo que le sacó al pobre Gustavo.

             -No tienes ni idea, ignorante. –Le gritó.-Esta mujer, a la que llamas fulana, vendió todas sus cosas y trabajó 20 años para pagar la casa hipotecada donde vive Sonia, para que no la encerraran en cualquier sitio y la tratasen quién sabe cómo. Yo le vendí sus joyas, el abogado le vendió el piso y todo, íntegro, fue a la hipoteca de la casa, al cuidado de Sonia y a su manutención.

             La soltó, y la miró fijamente.

             -Tú si eres una fulana.

             Cuando salía por la puerta, con pasos cansados, dicen que se volvió hacia ella.

             -Búscate un abogado. Veremos a ver si tú sobrevives como ha sobrevivido ella todos estos años.

             Luego se encargó de que todo el mundo que conocía a Marisa y Gustavo supiesen la historia. Una historia que a él, Alfredo Ramírez, le cambió la vida, la percepción de las cosas y lo que realmente era importante en su existencia.

             Y esta es la historia de Marisa “La Cuentista”, o al menos, esto es lo que algunos dicen.

 

 

Publicado la semana 26. 27/06/2018
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