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22
Tomi

MARISA, LA CUENTISTA- (5ª Parte)

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            Y dicen algunos que empezaron su nueva vida juntos. Él acudía a su trabajo en una  empresa farmacéutica de las afueras, donde era accionista, y volvía raudo para comer con ella después de visitar frecuentemente a Sonia, controlando su medicación y sus cuidados. Alguna vez Marisa lo acompañaba, y jugaba con ella. De vez en cuando, le compraba algún vestido bonito con la tarjeta que Gustavo le dio, y se lo probaba, le pintaba  los labios y le decía lo bonita que estaba.

            Gustavo le presentó a sus amistades, y comenzaron a tener vida social, yendo a cenar con otras parejas y a tener reuniones en las que Marisa se sentía como pez fuera del agua.

             Todas aquellas parejas eran mayores que ella, le sonreían con miradas hostiles y dedujeron, sin conocerla y sin entender la relación que tenía con Gustavo, que el interés económico primaba por encima de todo.

              En una ocasión, cenando en un lujoso restaurante con varias parejas amigas de Gustavo, fue al baño, más bien por alejarse de aquellas conversaciones sobre medicamentos y patentes por un lado y tiendas de moda y estética por otro. Se encerró en uno de los inodoros y se sentó, esperando que aquella cena terminase cuanto antes. Entonces, oyó cómo la puerta se abría, y dos mujeres entraron hablando sin parar de maquillajes, cremas milagrosas y sujetadores prodigiosos que aumentaban dos tallas como por arte de magia.

             -Oye,- dijo una de ellas. -¿Y quién es esa niñata que va con Gustavo?

             -Su fulana. ¿Es que no se le nota?

             -No le pega a Gustavo tener una fulana. Podría tener a cualquiera.

             -Si, con esa mujer retrasada que tiene, como no sea una fulana, no tiene nada que hacer. Ninguna mujer en condiciones aceptaría ser concubina durante  toda su vida. Callaron unos minutos, se perfumaron y se dirigieron a la puerta.

             -Esa es una golfa. Guapa, pero golfa.

              Y Marisa volvió a quedarse sola, encerrada en el baño, con los ojos anegados en lágrimas y echando de menos a sus compañeros, especialmente en su despedida, cuando le demostraron su respeto y su comprensión. Sin juzgarla, sin pensar ni por un momento que iba buscando una fortuna que ella misma desconocía que tuviese Gustavo.

             -No me gustan tus amigos. No quiero volver a salir con ellos.- Le dijo, cuando llegaron a su casa.

             -A mi tampoco. He visto como te miraban.

             La arrastró hasta el dormitorio y le susurró, mientras la desnudaba:

              -Te tienen envidia ellas y te desean ellos. No dejaré que te humillen porque envidian mi suerte.

             Y el mundo de Marisa se hizo más grande, más luminoso. En verdad, poco importaba lo que pensasen los demás de ella. Ellos sabían por qué estaban juntos y con eso bastaba.

              Dicen que sus vidas trascurrían tranquilas, alejados del bullicio, visitando y pasando tardes enteras junto a Sonia, sacándola a pasear, compraban palomitas y veían junto a ellas películas infantiles. Después, por la noche, volvían al apartamento y se amaban hasta caer extenuados y agradecidos al cielo por haberse encontrado.

             Pero poco a poco, Marisa comenzó a aburrirse de pasarse las mañanas ociosa, paseando y no haciendo nada, esperando que llegase Gustavo. Y un día, casi sin proponérselo, comenzó a escribir. Cuentos cortos, ambientados en un pasado imaginado, un pasado al que le hubiese gustado pertenecer y que gracias a su imaginación, pertenecía mientras los escribía.

             En sus cuentos tenía un padre amante, una madre sobria y muchos hermanos con los que compartir sus miedos, sus alegrías y en los que cargar su malhumor cuando las cosas se le torcían.

             Después, cuando Gustavo llegaba, se los leía y departían sobre las palabras escritas, las que podía sustituir por otras más específicas y las que sobraban en el párrafo en cuestión.

             -Cuando tengas muchos cuentos, los publicaremos.- Le dijo un día. Y ella rió, sabiendo que aquello era solo un juego para ella y que nadie pagaría un céntimo por leerla.

             Volvieron a encontrarse con los amigos de Gustavo, en al menos tres bodas de los hijos de ellos, y él se encargó de que fuese la más bonita del evento, llevándola a comprarse ropa a Chanel y zapatos que a ella le hubiesen supuesto seis meses de trabajo a jornada completa allá en el lejano hotelito en que se conocieron. Las joyas que le había ido regalando, para él no eran suficientes. Cuando le llevó la gargantilla y el reloj, ella, con la caja en la mano, volvió a tendérsela.

             -No quiero esto. Tengo ya muchas cosas y esto no me hace falta.

            Gustavo sacó la gargantilla y la rodeo.

              -Por supuesto que te hace falta. Ésta la quería la mujer de Alfredo,- le dijo, refiriéndose a una de sus amigas.- Pero yo llegué antes. Cuando te la vea, va a rabiar.

            Y se la puso. Porque le gustó y porque aquella mujer la llamó fulana a ella y retrasada a Sonia  mientras estaba encerrada en un retrete, hacía ya mucho tiempo. Dicen que la mujer de Alfredo, al vérsela puesta, se encerró en el baño y lanzó un grito que muchos pudieron oír por encima de la música que tocaba el cuarteto que amenizaba la boda.

             -Mi mujer está cada día más loca.- Le susurró Alfredo a Marisa. Ambos sonrieron y un deje de simpatía mutua creció por fin entre ella y un amigo de Gustavo. Un fotógrafo les tiró una foto, en la que ella, enlazada a Gustavo, aparecía feliz y radiante.

Publicado la semana 22. 30/05/2018
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