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Tomi

MARISA, LA CUENTISTA- (3ª Parte)

             Con preguntas indirectas, Gustavo supo que vivía sola, con su padre desaparecido para siempre desde que se marchó a hacer las Américas, como le decía su madre, una mujer que murió invadida por la cirrosis que le provocó el alcohol, escondido en cajas de zapatos, en los bolsillos de los abrigos, en la lavadora y entre su ropa interior.

            -No seas como yo, hija. Esto no se hereda. – Le dijo su madre, pocos días antes de morir. Y se juró a sí misma que nunca sería como ella.

            Marisa no le preguntó nada. Tenía miedo de oír una respuesta que ya intuía. Pero aquella era su última noche juntos y por  la mañana él tendría que dejar su habitación y seguramente, no volverían a verse jamás. No quiso pensar en eso, pues el corazón se le encogía y a pesar de no querer tener aquella certeza, cuando iban camino del hotel, no tuvo más remedio que preguntar.

            -Tú si tienes a alguien, ¿verdad?

             Dicen que entonces él le tomó la cara entre las manos, la besó tiernamente, acercó sus labios a su oído y le susurró:

             -Vente conmigo mañana.

              Ella lo miró, tratando de comprender el alcance de lo que le estaba pidiendo. Por su mente pasaron historias de hombres que enamoran a mujeres para dejarlas poco tiempo después en una ciudad que no es la suya, con gentes a las que no conocen, con una historia de la que no podrán hablar nunca y con su amor propio dañado para siempre.

             -No podré vivir sabiendo que existes, que estás aquí y que no te puedo tener cerca.

             Y supo que eso no le pasaría a ella. O quizás si, pero en aquel preciso instante, pensar en la separación era mucho más doloroso que plantearse una situación que igual no se produciría nunca.

            No pudo más que asentir. Cuando llegó al hotel, guardó en una pequeña maleta sus pertenencias, sus libros, su pasado y su presente hasta el momento.

            Al día siguiente, mientras él la esperaba en el coche, rezando para que no se echase atrás, ella esbozó una breve despedida a sus compañeros y a sus jefes.

             -Cuando esto te falle, vuelve. Estaremos aquí.- Le dijo la gobernanta, con lágrimas en los ojos. Aquella mujer, testigo de la historia desde el principio, respetó el comportamiento de Marisa, sabiendo que era una oportunidad para ser feliz aunque su futuro fuese incierto. Ella, a sus 54 años, había dejado pasar muchas oportunidades, trenes que jamás volvieron a pasar, y si pasaron, ya no se detuvieron en su estación.

             -Sé feliz.

             Salió del hotel con el estómago encogido, sabiendo que quizás jamás volvería a escuchar el ruido de las lavadoras al otro lado de su habitación, compañero de sus tardes solitarias. Que nunca volvería a ver a sus compañeros, a comer con ellos en la cocina con olores de potajes, fritangas y dulces mezclados en el ambiente, siempre presentes en aquellas reuniones comentado las historias de los huéspedes, acompañándose mutuamente sin ser conscientes de que eran una familia, a falta de una propia en la mayoría de los casos.

              Dicen que  fue cuando llegaban a Madrid, cuando ella le preguntó:

            -¿Dónde viviré?

            El la miró sonriendo y le acarició la cara.

            -Pronto lo verás. Sólo espero que te guste.

            -¿Vivirás conmigo?

             -No te faltará de nada. Yo me encargaré de ti.

            Ella tragó saliva, asustada.

             -No te he preguntado eso.

            -Por supuesto que viviré contigo. Todo el tiempo que pueda.

             Aquella respuesta ambigua le atenazó el corazón, pero ya no quiso seguir preguntando. Le pareció que ya era demasiado tarde para hacer algunas preguntas.

             Dos horas después llegaron a su destino. En el centro de la ciudad, en un edificio con grandes cristaleras, balcones con barandas de forja y terrazas con pérgolas de madera. Al acercarse a los portones de madera del edificio, un señor uniformado saludó a Gustavo, cogió las maletas y los acompañó al ascensor. Ella notó la mirada hacia ella. Mirada indiferente, sin un atisbo de simpatía.

             -No le he gustado al portero.- Le dijo a Gustavo cuando subieron al ascensor.

             -Un alivio para mi.

   El piso era un ático, dos dormitorios con baño, una cocina en la se veía a ojos vistas que ningún guiso se había cocido allí, y un salón amplio y luminoso que daba paso a una de aquellas terrazas, en la que podía ver una cubitera con una botella de cava y junto a ella, dos copas de champagne recibiéndolos.

             -Ven.- La tomó de la mano y mientras él abría la botella, ella se acercó a la baranda.

Al contemplar el paisaje, se sintió pequeña, indefensa. Los edificios se perdían hasta allá donde abarcaba la vista y por un momento pensó que nunca se acostumbraría a vivir en un sitio tan enorme.

            Gustavo pareció leerle el pensamiento, y ofreciéndole una copa, la miró, tranquilizándola.

             -En poco tiempo te acostumbrarás. – Brindaron, él esperanzado en que ella nunca se arrepintiese y lo dejase y ella rezando para que él no pensase de ella lo que sabía que pensarían todos, lo que adivinó que pensó el portero.

             -Tú no vives aquí, ¿verdad? Le falta vida a esta casa.

             -A partir de ahora se la daremos los dos.

   Se bebieron la copa de champagne mirando hacia el horizonte, en silencio. Hasta que por fin, Gustavo, soltando las copas sobre la mesa, la cogió de la mano.

              -Tenemos que irnos.

            -¿Dónde vamos?

            -Tienes que conocer a alguien.

Marisa no preguntó más. Volvieron a coger el coche, y ella contemplaba por la ventanilla absorta aquel trajín de gente corriendo apresurada, coches haciendo sonar las bocinas en cada semáforo, guardias moviendo los brazos en mitad de las calles a una velocidad de vértigo. Aquel movimiento le recordó a las aspas del molino, aquel que había junto a su casa y donde ella se escondía cuando su madre comenzaba a lanzarle improperios producto de sus horas ingiriendo el alcohol que más tarde la mató.

Publicado la semana 20. 17/05/2018
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