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19
Tomi

MARISA, LA CUENTISTA- (2ª Parte)

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            Dicen que era camarera de habitaciones en un pequeño hotel, allá en la ciudad que fue su cuna., donde el mar de olivos daba la bienvenida a aquella tierra a todos los que se acercaban hasta allí.

 Se celebraba un congreso farmacéutico y los comerciantes se frotaban las manos, esperando grandes ingresos dado el gran poder adquisitivo de este colectivo. Casi todas las habitaciones de todos los hoteles estaban reservadas con meses de antelación.

             Gustavo, un hombre rondando los 45, ducho en estos congresos, no pensaba acudir. Lo decidió a última hora y sólo pudo conseguir una habitación en El Reina Victoria, el pequeño hotel donde trabajaba Marisa ocho horas diarias, por las que cotizaba cuatro y que ganaba como si fuesen tres. A cambio, le dejaban una pequeña habitación, al lado de la lavandería del hotel, con una ventana pequeñita por la que podía sacar la cabeza para respirar, un baño en el que tenía que entrar de lado y donde el ruido de las máquinas lavando sábanas, manteles y servilletas era su aliado en las horas en las que descansaba, leía o soñaba con una vida mejor.

            Dicen que se vieron por la mañana, cuando Marisa entró a limpiar su habitación y encontró a Gustavo dormido, con el teléfono descolgado pegado a su rostro y la muchacha no pudo entender cómo aquel hombre podía dormir con aquel pitido molesto e intermitente pegado a su oído. Se acercó lentamente, alargó el brazo buscando el auricular para colgarlo antes de volver a salir, pero entonces el hombre se revolvió bruscamente, la agarró del brazo y se incorporó, mirándola fijamente. Marisa lanzó un grito, asustada e intentó zafarse, pero la fuerza del hombre sobre su muñeca se lo impidió.

            -Perdone,- acertó a decir.- Pensé que no había nadie.

             Gustavo se hizo cargo de la situación, y entendió que aquella joven sólo quería limpiar la habitación. Pero no hizo ademán de querer soltarla. Ella lo miró, y por primera vez en su vida, entendió a aquellas personas que decían que habían sentido mariposas en el estómago. Ella las sintió en aquel momento, mientras se miraban fijamente. En su estómago, en sus tripas, en sus entrañas. No alcanzó a pensar que aquel hombre podía sacarle más de 20 años, que las canas que él lucía aún tardarían mucho en llegar hasta ella, que él ya estaba en vísperas de casarse cuando ella aún no había dado sus primeros pasos. Sólo vio a un hombre que había despertado las mariposas de su estómago, dormidas desde que nació y que nunca pensó que existiesen.

            Y él, mientras contemplaba aquellos ojos castaños brillando, con aquella mirada limpia, por unos momentos se olvidó del congreso, de su vida alejada del mundo en pos de una niña eterna que dejó su madurez tirada en la cuneta hacía ya siete años, entrelazada en los hierros nudosos de un coche maldito al que no respondieron los frenos o que faltó fuerza para pisarlos.

            Entonces Marisa desvió la mirada y él por fin la soltó. Se dirigió al carrito de la limpieza y antes de salir, se volvió hacia él.

             -Cuando salga, ponga el cartel en la puerta y entraré a limpiar.

            Y salió notando la mirada penetrante de Gustavo sobre ella, escudriñándola, analizando cada curva de su cuerpo bajo su bata impoluta y desgastada, dejando intuir lo que escondía tras ella.

            Dos horas después volvió a la planta, y un cartel en la habitación 304 le indicaba que podía limpiar.

             Abrió la puerta con aquella llave maestra que siempre llevaba colgada a su delantal pero cuando entró, la habitación no estaba vacía. Gustavo estaba sentado en la silla del escritorio, ya vestido, y sus miradas volvieron a encontrarse. Las mariposas, apaciguadas, volvieron a despertar en el estómago de Marisa, y notó un calor sofocante subirle desde el fondo de su espíritu y el rubor llegó, traicionero, haciendo que él sonriera, sintiendo aquella sensación que hacía millones de años que no había sentido.

             -Tenía que ver que eres real. Que la chica que me ha despertado existe y que está cerca de mí.

             Y ella supo que estaba a su merced, que iría al fin del mundo con él si se lo pidiese y que su voluntad, inquebrantable casi siempre, se había esfumado quién sabe dónde y quién sabe por qué.

             Dicen que él estuvo cuatro días más alojado en el hotel, que en  ningún momento acudió al famoso congreso y que ella echaba tres horas en limpiar lo que normalmente hacía en seis y después se encerraba con él en su habitación, cenaban juntos en el centro de la ciudad, ella le hacía de guía turística y le descubría los rincones mágicos escondidos para los ojos de los visitantes y que sólo los lugareños conocían. Lo llevó a comer hamburguesas, patatas fritas con salsa, vieron una vieja película en blanco y negro en un cine que se había quedado aislado entre construcciones enormes de edificios para oficinas y pasearon por calles por las que ni ella misma había pasado nunca. Aquellas calles fueron testigos mudos de sus primeros besos, sus primeras caricias, sus primeras palabras de amor.

            Y él la llevó al fin del mundo enredados en las sábanas, descubriéndole los secretos de su cuerpo, de su mente y de su alma. Le hizo sentir lo que sólo había imaginado mientras devoraba libros acompañada por el cansino ruido de aquellas lavadoras al lado de su habitación, a las que tan acostumbrada estaba, que solo las escuchaba cuando terminaban de lavar y todo permanecía en silencio.

            

Publicado la semana 19. 11/05/2018
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