Semana
18
Tomi

MARISA, LA CUENTISTA- (1ª Parte)

Género
Relato
Ranking
0 58 4

 

           -Marisa murió de amor.

            Lo dijo sin vacilar, sin un atisbo de duda.

            -De amor no se muere, mamá.- Le contesté.

            -Marisa si.

            Permanecí un rato contemplando la vieja fotografía que había encontrado en el desván. Marisa aparecía hermosa, radiante, con una felicidad que traspasaba el ligero papel en que se había convertido el retrato. Un hombre apuesto e igualmente feliz la enlazaba por la cintura.

            -¿Éste era su marido?

            Mi madre tomó la fotografía entre sus dedos deformes por la artrosis y su mirada casi se perdió, adentrándose en aquel ambiente de fiesta que reinaba y se respiraba en ella.

            -No, nunca fue su marido. Pero fue su amor. Su gran amor. Por él murió.- Y mi madre, tapándose las piernas con las faldillas de la mesa, se recostó, y comenzó su viaje por sus recuerdos, haciendo sin saberlo, que Marisa pasase a formar parte de mi vida para siempre.

            - Marisa “La Cuentista”, la llamaban todos. Escribía cuentos para una revista juvenil. Ganaba lo suficiente para vivir más o menos desahogada, pero todo el mundo criticaba su vida austera y casi rozando la miseria. Había publicado varios libros que se vendieron muy bien y de uno de ellos les compraron los derechos para hacer una película que recaudaría millones de dólares, pero nadie sabía ni cuánto le habían dado a ella ni dónde había ido a parar aquel dinero. Nunca habían visto una foto suya en los periódicos, ni su nombre completo. Marisa, “La Cuentista”, rezaba al pie de sus escritos.

            Algunos dicen que solo hacía una comida al día y que se valía de linternas en su casa, en su afán por no gastar luz. Se la podía ver con el mismo vestido, ya fuese verano con un sol de justicia  o invierno crudo que rasgaba el rostro y congelaba el alma, caminando con paso firme y su carpeta llena de cuentos dirigiéndose a las oficinas de la revista, con porte señorial y elegante a pesar de su aspecto descuidado, sin pararse ante un escaparte, en ninguna terraza a tomarse un café. Las canas comenzaban a brotar de su melena larga y ondulada, pero ella parecía no darse cuenta. El cabello siempre recogido en una cola baja, tapando el resplandor que podría haber tenido de haberlo cuidado un poquito. Siempre sola, a veces sonriéndole a sus recuerdos que la acompañaban en sus caminatas, otras con ojos hinchados que delataban sus noches de insomnio.

             -Está loca.- Solían murmurar las vecinas cuando la veían hablar y sonreír sola.- Pero yo sé que no lo estaba. Solo enferma de amor. Aunque mi madre y yo siempre pensamos que tendría cura. La mejor cura. El tiempo.

            Nos equivocamos. Su mal no tuvo solución.

 La vieron aquel día en el banco. Salió de la oficina con el director de la sucursal, con papeles apiñados entre sus brazos.  Se estrecharon la mano, y el hombre le sonrió.

            -Hemos terminado, Marisa. Estamos en paz.

            Y la mujer, encorvada a pesar de no ser demasiado vieja, abrazó su carpeta sonriendo, y salió de la sucursal con pasos lentos, tristes, dirían todos más tarde.

            Una semana después los vecinos avisaron a la policía. Un olor nauseabundo se percibía bajo su puerta, cerrada desde hacía días. Encontraron su cuerpo inerte, en su cama, con una foto aferrada a su pecho y dos botes de somníferos vacíos en su mesita de noche. Junto a ellos, una carta, sellada con cera roja dirigida a Sonia Herrera-Carvallo y Medina y la carpeta de sus cuentos cargada de manuscritos.  

             La foto era de ella misma, muchos años atrás. Junto a ella, un señor elegante, alto y al igual que ella, engalanados cual invitados a una fiesta de alto standing, rodeados de lujo aparente y personas trajeadas e igualmente elegantes. La foto, aunque vieja y desgastada, rezumaba felicidad.-Y mi madre agitó la foto en el aire unos momentos.

            -Ésta foto.- Me aclaró-

            -¿Quién es ésa Sonia? – Preguntó el policía que cogió la carta.

 Nadie supo quién era.

Preguntaron en la revista, pero ninguno de los que allí trabajaban tenía respuestas.

Llevaba 20 años viviendo allí y no se le conocían amigos ni familiares. Así que la policía depositó sus papeles en manos de un notario que se los harían llegar a Sonia Herrera-Carvallo y Medina, quien quiera que fuese aquella señora

             Fue el cajero del banco, aquel que le cobraba sus recibos, el que llamó a la policía para darle detalles de la vida de Marisa. Unos meses después conocimos su historia y todos los que la conocimos antes y durante aquellos 20 años, lamentamos no haber intentado un acercamiento, de haberle ofrecido ayuda, apoyo. Aunque probablemente, no la hubiese aceptado. El secretismo y la confidencialidad  de su pasado fue lo que la llevó a vivir allí, lejos de la ciudad que la vio nacer, crecer, vivir y morir en vida. No. Definitivamente, nunca hubiese aceptado nuestra ayuda.

Publicado la semana 18. 03/05/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter