Semana
12
Tomi

Diez vidas en un viaje-(2ª Parte)

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   “Así que van a una fiesta.”- Pensé. – Por eso van vestidas así.- En ningún momento dudé de que aquello fuese real.

   Cuando atravesamos la selva, un campo lleno de arrozales nos dio la bienvenida. Un campo inmenso, con escalones que subían tan altos como un edificio, lleno de pequeñas ramitas verdes que dejaban atravesar la luz del sol por el agua acumulada bajo ellas.

   -Es una obra de arte.- Recuerdo que pensé. Pero poco a poco nos fue envolviendo una fina capa de niebla.

   La mujer entonces me miró.

   -Pasaremos enseguida. Esto es Sa Pa. Aquí siempre hay niebla.

   Asentí sin tener ni idea de si existía Sa Pa ni en dónde estaba eso. Pero llevaba razón y en pocos minutos dejamos atrás aquellos arrozales. Un rato después el tren fue aminorando la marcha y entramos en otra estación. Era sólo un banco de piedra bajo lo que en su día supuse fue una pérgola, también de piedra y dos hombres esperaban bajo ella. A uno de los hombres le faltaba una pierna y se ayudaba de una muleta rudimentaria de madera con la puntera de goma desgastada y el otro no medía más de 75 centímetros. Ambos eran de rasgos orientales y cuando entraron en el vagón, saludaron a todos mis compañeros de viaje, como si llevaran toda la vida conociéndose.

   El señor bajito me miró y me guiñó un ojo.

   -Bienvenida Luisa.- Me dijo. Conocía mi nombre, pero entonces no me percaté de ello.

   Y reanudamos la marcha, sumiéndonos a todos en un silencio gratificante, contemplando los maravillosos paisajes que parecían estar hechos para nosotros, para nuestro tren cargado de magia. Seguía anocheciendo. Hacía horas que estaba anocheciendo, pero la noche no llegaba. La niña pareció leer mis pensamientos y comentó, con una naturalidad asombrosa:

   -Corremos más que el sol, aunque el tren vaya despacio.

   Entonces el niño se acercó a mí:

   -Este tren es mágico, ¿sabes? Aquí viajan los sueños.- Y le creí a pies juntillas.

    Y después de unos kilómetros, el tren fue deteniéndose lentamente. Entonces pude ver la estación más hermosa que hubiese podido imaginar. Cientos de luces nos dieron la bienvenida, con globos bailando por encima de los raíles todos al unísono, en un baile rítmico y acompasado. Una veintena de trenes hacían su entrada en la estación desde otras vías que surgían de la nada, y contemplé cómo personas de distintas razas y condiciones se bajaban de aquellos trenes tan aparentemente normales. Todos eran iguales a los que yo contemplaba desde el banco de mi estación.

   -Nosotros nos bajamos aquí, Luisa. –Me dijo entonces la mujer vestida de fiesta.- En tu próximo viaje te bajarás con nosotros.

   Y todos mis compañeros de viaje me abrazaron con un amor que hacía tiempo que no había sentido. Y sin darme cuenta, el sueño me envolvió. Quise tener los ojos abiertos para decirles adiós a mis nuevos amigos por la ventana, pero me resultó imposible seguir despierta. Calculé que llevaría días sin dormir.

   Unos zarandeos me despertaron, y miré a un señor trajeado que me miraba preocupado.

   -Señorita, ¿se encuentra bien?

   Miré a mí alrededor.  Estaba sentada en el tren, pero estaba sola. Miré por la ventana. Mi estación. La estación de Jaén.

   -¿Qué hora es? ¿Qué día es?- Le pregunté.

   -¿Cómo? Lleva media hora dormida. El tren va a salir y usted me dijo al subir que sólo iba a ver el tren. Si no tiene billete, creo que debería bajarse.

   Me levanté temiendo haberme vuelto loca. Me miré el reloj. Volvía a funcionar y marcaba las seis de la tarde. No hacía ni una hora que había salido de mi casa. Me bajé notando la mirada de aquel hombre sobre mí, preocupado. Mientras volvía  a casa, me pregunté si todo aquello había sido real o sólo un sueño. Ahora sé que fue real. Nunca salí de Jaén, pero hice el viaje más extraordinario que nadie haya echo jamás. No importa que fuese un sueño. El viaje lo hice, de una forma o de otra. Y eso me cambió la vida.

 

   Ahora, viéndola aquí tumbada, con apenas un soplo de vida, siento no haberla conocido antes, cuando sus historias se fraguaban en su imaginación y verme incluida en ellas.

   Decido estar con ella hasta el final. Me había dado más vida en los últimos años que cualquier familiar o amigo. Siento que se lo debo. Pero entonces, estando sentada a su lado, mientras le cuento anécdotas insulsas de mi infancia, se abre la puerta y entra una enfermera.

   -Luisa, tiene usted visita.

   Me alegro tremendamente. Al fin y al cabo, tiene a alguien más que se preocupa por ella.

   Y la visita hace su entrada en la habitación. Una niña con una muñeca con trenzas viene de la mano con un niño de unos ocho años, y detrás de ellos, un anciano con un bastón con empuñadura de dragón, un matrimonio y un señor de rasgos orientales más bajito que los niños. Les siguen un señor con una sola pierna, también de rasgos orientales y finalmente, una señora vestida de fiesta, con un vestido rojo y un sombrero pequeñito, con una pluma que se agita, a pesar de no correr ni una pizca de aire. Trae una jaula, y dos cacatúas miran a Luisa a través de sus barrotes como si realmente la conociesen.

   Entonces siento que me falta la respiración. Los personajes del cuento de Luisa están allí. No estoy loca, pero los estoy viendo. Y conocen a mi amiga. Ella los conoce a ellos. Necesito aire. Me asfixio. La enfermera se acerca a mí, notando el malestar en mi rostro.

   -Debería salir a tomar el fresco. Lleva muchos días aquí encerrada. Acompáñeme.

   Y salgo a una pequeña terraza. El viento fresco me recompone el cuerpo y la enfermera me tiende un vaso de agua. Permanezco allí no sé cuánto tiempo, hasta que me encuentro mejor, y decido volver a la habitación, y saber de dónde ha venido toda aquella gente.

   Pero cuando vuelvo a entrar, no hay nadie. La cama, donde debería estar Luisa, se encuentra vacía, con las marcas de su cuerpo débil todavía marcadas sobre ella, y comprendo. Sonrío feliz, mientras la enfermera corre gritando que alguien se ha llevado a una anciana tan débil que podría morir en cualquier momento. Entonces recojo una muñeca con trenzas que hay tirada bajo la mesita de noche, y la guardo en mi bolso.

   Nunca se ha encontrado el cuerpo de Luisa, pero yo sé que sigue viajando en aquel tren mágico para terminar su historia, todavía inacabada.

   Desde este día, decido ir todos los días a la estación, con la muñeca bajo el brazo, y todos los viajes que tengo que hacer, los realizo en tren, esperando encontrarme con alguien especial que me regale un viaje como aquel que hizo Luisa aquel día, que le cambió la vida , primero a ella, y después a mí.

 

Publicado la semana 12. 21/03/2018
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