Semana
11
Tomi

Diez vidas en un viaje- ( 1ª Parte )

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Relato
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   Ésta es mi amiga y vecina. Es mayor y se llama Luisa. Es una anciana entrañable de cuerpo débil y mente fuerte, y admiro su memoria prodigiosa y su capacidad para imaginar historias que cuenta como reales.

   Mi casa es un ático reformado en un edificio restaurado ya dos veces, y es el único piso que dispone de terraza. Desde allí  puedo ver la estación de ferrocarril. Nunca había hecho caso de aquel trajín, ese vaivén de locomotoras pasando sibilantes cerca de nuestra casa, el tránsito de docenas de personas apresuradas algunas, pacientes las menos. Gente que se mueve constantemente buscando otros destinos. Crecí con aquello, y ya ni lo notaba. Pero  desde que empecé a tener amistad con Luisa, suele subirse conmigo a tomar el sol y el fresco en verano, y entonces, mi visión de aquel paisaje fue cambiando paulatinamente. Recuerdo el primer día que la invité a tomar café. Entablamos conversación en el rellano de la entrada, y casi me vi obligada a invitarla. Después se acostumbró a invitarse a sí misma, y más tarde, esperaba impaciente que subiera, se sentara conmigo en la terraza y me contara aquellas historias fantásticas que parecían no tener fin.

   El segundo día que subió, se recostó en el sillón, y miró hacia el tren que acababa de entrar en la estación y ambas contemplamos cómo paraba lentamente.

   -Ese tren viene de Barcelona.- me dijo. La miré, sorprendida.- O eso creen algunos.

   -¿Cómo lo sabe?

   -He viajado en él.  Una vez.- Volví a mirar aquel tren. Creí recordar que me dijo hacía tiempo que nunca había salido de Jaén. Pensé que o bien mentía, o se olvidó de mencionar aquel viaje. Pero entonces comenzó su historia.

 

   -Había una mujer sentada en un banco. Iba vestida de fiesta, con un vestido rojo y un sombrero pequeñito con una pluma que se agitaba con la suave brisa. A su lado, una niña, también vestida de fiesta, sentada sobre una maleta, jugaba con una muñeca con trenzas.

   Me llamaron la atención sus vestimentas. Nadie se viste de fiesta para hacer un viaje. Me senté junto a la mujer. Yo no pensaba viajar. Desde hacía muchos años, solía ir a la estación y sentarme durante horas a contemplar a todas aquellas personas que tenían otro sitio al que acudir, otros destinos por conocer. Me intrigaba la procedencia de todos los trenes que entraban en la estación. Aquello me decía que el mundo estaba vivo y me preguntaba si algún día yo podría hacer lo que ellos. Coger un tren para desplazarme a visitar a alguien, otro lugar en el que adquirir recuerdos diferentes, compartir otras vidas y unirlas a la mía aunque sólo fuese por un corto periodo de tiempo.

   Entonces la niña se levantó y pude ver la maleta. Estaba llena de pegatinas de otros países y de infinidad de colores. La niña se acercó a mí y me mostró la muñeca.

   -Se llama Trencicas. Es su segundo viaje y está muy nerviosa.

   Yo le sonreí.

   -Y tú, ¿cómo te llamas?

   -Paola. – Y se puso a hacer volar su muñeca con el brazo extendido, correteando por el andén bajo la atenta mirada de su madre. Yo la miré sonriendo.

   - ¿Hacia dónde viajáis?- le pregunté.

   -Donde el tren nos quiera llevar. Saliendo de esa estación, cualquiera sabe.

   Te parecerá extraño, pero aquella respuesta no me sorprendió. Pensé que estaría bien que algún día yo pudiese decir lo mismo. Viajar por el simple echo de viajar, de ver más mundo que el tenemos ante nosotros.

   -¿Podría viajar con vosotras?- Le pregunté. Tampoco me sorprendió mi pregunta.

-Por supuesto. Me sobra un billete. Lo podrás usar.- Acercó su rostro al mío.- Pero es un billete de ida y vuelta. No podrás bajar del tren hasta que llegues a esta parada de nuevo.

   Yo asentí.

   -Me parece bien.

   Y cuando un señor con uniforme y gorra gritó “pasajeros al tren”, nos subimos a la locomotora parada frente a nosotras y nos subimos. Nos acomodamos en uno de los vagones y unos minutos después, el tren inició la marcha. La niña no pareció sorprenderse de verme junto a ellas. Sentó su muñeca en su regazo para que pudiera mirar el paisaje, y comenzamos nuestro viaje. Estuvimos muchos kilómetros sin cruzar una sola palabra. Lo que pude ver por aquella ventana, me dejó helada, pero no en aquellos momentos. Entonces me pareció que aquellos paisajes los conocía, que estaban incrustados en mi espíritu y que tenía historias para contar de cada uno de ellos. Pasamos por praderas llenas de flores, con caballos corriendo en la lejanía sin jinetes y riachuelos esparcidos a lo largo de lo que abarcaba la vista. Luego llegamos a un terreno  cada vez más escarpado, pero la locomotora subía con la misma facilidad  con que lo había echo en la pradera. Finalmente, un enorme precipicio me hizo sentir vértigo, y me encogí sobre mí misma.

   -No tengas miedo, y mira las montañas. Alomejor no las vuelves a ver nunca más.- Me dijo la mujer. Y cuando desvié mi mirada hacia el fondo, quedé maravillada. Enormes cadenas montañosas nos rodeaban, con sus picos cubiertos de nieve brillando bajo la luz del sol.

   -¿Por dónde iremos ya?- pregunté.

   -Pronto llegaremos al fin del mundo.- Me contestó la niña.

   Yo lancé una carcajada y miré a su madre. Ésta no la corrigió. Miré mi reloj pero se había parado. No tenía ni idea de cuánto rato llevábamos subidas en aquel tren, pero debía ser mucho, porque estaba anocheciendo. Entonces, llegamos a una estación pequeña, perdida en medio de la nada, y supuse que allí se bajaría mucha gente, aunque en realidad, en aquel vagón estábamos solas y no me había dado cuenta de cuánta gente se había subido con nosotras.

   El tren detuvo su marcha. Cuatro personas esperaban en el andén. Un matrimonio, un niño de unos 8 años y un anciano con boina y un bastón con empuñadura en forma de dragón. Nos miraron a través de las ventanas, sonrieron a la mujer y la niña que me acompañaban, y se subieron al vagón con nosotras. Todos ellos se saludaron como unos buenos amigos y después, se acomodaron junto a nosotras. No se bajó ni subió nadie más del tren y éste reanudó la marcha.

   Las vistas desde la ventana iban cambiando tan drásticamente, que no tuve tiempo de sentir hambre, ni sueño, ni sed. Mi cuerpo parecía pegado al asiento, tan confortable como el sillón de mi casa.

   Pasamos por lo que me pareció una selva tropical. La exuberante vegetación envolvió la locomotora durante muchos kilómetros por un camino ya hecho, y animales exóticos nos miraban desde los árboles enormes y centenarios que mecían sus ramas al paso de nuestro tren. Una pareja de cacatúas voló cerca de nuestra ventana durante unos cientos de metros, y la niña, entonces, se levantó y pegó su rostro al cristal.

   -Hola, amigas.- Les gritó.- Gracias por esperarnos. Nos veremos en la fiesta.

   Y las cacatúas dieron unas vueltas y por fin desaparecieron de nuestra vista.

Publicado la semana 11. 18/03/2018
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