Semana
10
Tomi

¿Llorarás por mí?

Género
Relato
Ranking
0 61 0

 

Pasé por un pequeño pueblo, aferrado al pasado. Creí recordar haber pasado antes por aquella carretera y nunca lo había visto.  Pero las calles empedradas, desgastadas, las casas de adobe y barro y los árboles bordeando la calle principal me decían que aquel pueblo llevaba allí cientos de años.

Así que aparqué mi coche y me decidí a dar un paseo. Y en mitad de aquellas casas antiguas, me dí de bruces con el cementerio de aquella pequeña aldea.

Varias mujeres lloraban a los pies de un féretro, vestidas de negro y en sus rostros se podían apreciar el dolor y la desesperación. El cura, con cara compungida, miraba al suelo, con una biblia entre las manos. Después dos hombres introdujeron la caja en el hoyo que había junto a ella, y todos se marcharon, dejando solo al enterrador, un hombre con la cara tan arrugada que costaba verle los ojos a través de los pliegues caídos sobre ellos.

Seguí  mi camino, y al cabo de un rato, volví a ver a aquellas mujeres, charlando en la única plaza que había, riéndose felices y hablando de sus cosas, sin el menor rastro de aquellos desoladores llantos que vimos en el cementerio.

   Cuando me disponía a volver a mi coche, una camioneta se paró a mi lado, y un hombre gordo y grasiento me miró, enfadado:

   -¿Has visto a las lloradoras? Tienen otro muerto al que llorar, y no tenemos tiempo.

   Entonces me enteré, que cuando alguien que no tenía a nadie, fallecía, el cura llamaba a éstas mujeres, le lloraban al muerto, rezaban por él, y su espíritu entonces se iba en paz, porque sentía que alguien se había acordado de él y que su paso por la tierra no había sido en vano. No importa que las conociera o no, estaban allí por él y éste era el papel fundamental de las lloradoras profesionales. Vi más dolor en aquellas caras aquél día que en muchas personas que habían perdido un familiar. Ficticio, pero dolor.

   Cuando llegué a mi casa, cogí lápiz y papel, e hice una lista de todas las personas que irían a llorarme el día de mi muerte.

   Al terminar, me sentí satisfecha.

   Yo no necesitaría plañideras. Mi lista ocupaba más de un folio. Cuando se lo conté a Fernanda, mi vecina ciega, me lanzó una penetrante mirada con sus ojos opacos y sin vida.

   -¿Has pensado en todas las personas de tu lista que morirán antes que tú? ¿En las que dejaran de hablarte cualquier día, por cualquier motivo o sin él? ¿En los que estarán lejos y no puedan darte su último adiós? Puede que no necesites lloradoras en este momento, pero dime, ¿quién nos dice cómo vamos a estar dentro de cinco, diez o veinte años? Y no te digo nada si llegas a sobrepasar los 80 años. Todos tus amigos y conocidos se habrán marchado probablemente antes que tú.

   Ambas permanecimos en silencio.

   -No, querida.- Me dijo por fin Fernanda.- Ninguno de nosotros sabemos si algún día podríamos necesitar lloradoras.

   Y entendí que lo que hoy es blanco, mañana puede ser negro, lo que hoy te gusta, mañana a lo mejor no y que el que ríe contigo hoy, mañana quizás no llore por ti.

   Así, que ¿para qué hacer una lista? Cogí el folio con mis lloradores y lo eché al fuego.

   Que me llore quién quiera que yo lloraré a quien me dé la gana.

    He dicho.

Publicado la semana 10. 07/03/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter