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09
susialina

EL SILLÓN CENTRAL (Primera parte)

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El domingo se ha levantado fresco y soleado, dan ganas de salir afuera a pasear. Lástima que esté reventada con la noche que me ha dado la niña. Por Dios, qué tos. Mírala, ahora está dormidita como un ángel. Ojalá que yo también pudiera acostarme un rato. Si al menos su padre me ayudara un poco. Pero no, él solo tiene ojos para su trabajo. Y tampoco te creas que es un trabajo de oro, donde le pagan muy bien y podemos tener una vida holgada, no, qué va. Si yo no trabajara no llegaríamos a fin de mes. Una casa, dos niños, mi trabajo en el hospital. Desde luego no es lo que yo me imaginaba que sería mi vida cuando decidimos casarnos. Una cosa sí que se salva: Rubén y Cristina, mis dos hijos queridos. Me voy a hacer otro café, a ver si me despeja porque antes de ir a la famosa comida familiar, tengo que hacer miles de cosas. Y él, míralo, durmiendo a pierna suelta. No sé cómo son los otros hombres pero éste… Voy a sentarme un momento. Menos mal que Rubén a sus seis añitos ya sabe entretenerse solo un buen rato. Míralo, jugando con el Lego y atento a los dibujos animados, sonríe, sigue, se para… ¡cómo lo quiero! Qué pocas ganas tengo de ir a casa de la suegra, bueno a casa de Matilde, pero es que es tan pesada que no quiero ni llamarla por su nombre. Qué mujer controladora, qué agobio. Se busca mil excusas para tenernos a todos agrupados alrededor de su mesa para sermonearnos por turno. Hoy, celebramos el cumpleaños de Lupita, que tiene ya cuarenta tacos y seguro que prefiere una fiesta diferente. En quince días, el santo de Guillermo –el padre y el hijo-, el mes que viene… no sé qué  hay el mes que viene pero seguro que hay que ir varios domingos a estar juntos. Qué ganas de ponerme enferma para no tener que ir. Le tengo dicho a Luis mil y una veces que digamos que no algún día, pero nada, dice que son sus padres y que disfruten. Ya, le contesto yo, pero ¿cuándo disfruto yo? En el hospital desde las siete hasta las tres, batallando con los enfermos, con las familias, con las otras enfermeras, con los médicos, y hasta con el cura. Intentando hacer bien mi trabajo, que desde luego con los últimos recortes casi es imposible. A las tres, comer un bocata porque no me da tiempo de más (y así es imposible adelgazar, claro) y corriendo al pan, al supermercado por lo que me falta, o llegar a casa y echarme cinco minutos en el sofá. Pero cinco minutos porque enseguida hay que recoger a los niños, primero Cristina y luego a todo gas, al cole de Rubén que llego un poco más tarde pero me lo guardan. Y volvemos, y les escucho y les mimo, pobrecitos, que quieren a su mamá. Y las tareas del hogar, una tras otra sin parar hasta que bañados, cenados y acostados (con dos cuentos incluidos, uno para cada uno), puedo calentarme algo para cenar y me siento en mi querido sofá de Ikea, y me pongo en modo off mientras mastico y el runrún de la televisión me hace compañía. Y Luis, que llega pasadas las diez, exhausto, hambriento y silencioso. Y hala, caliéntale la cena, cállate para que no se mosquee, y observa como come y mira la tele y se limpia los morros y al minuto cae rendido de sueño. Y le quito la servilleta, y recojo el plato y me siento en mi sillón también de Ikea, y rompo a llorar discretamente noche sí, y noche también. Luego, de madrugada, se despierta y quiere jaleo. Que poca consideración. Me tengo que levantar a las cinco y media y ya son las tres. Muchas veces me coloco bien en la punta de la cama para darle el mensaje de que no me toque. Tiesa aunque esté dormida, porque hacer el amor de esa manera tan poco consciente me asquea, y no quiero que pase. A veces, pasa. Es desmoralizante. Ya ni me acuerdo de cuándo era excitante y divertido, ni siquiera estoy segura de que lo fuera.

Rosa, me voy al despacho que tengo mucho trabajo para mañana. Ve tú directamente a casa de mis padres que yo ya iré luego, a las tres – le dice cartera en mano, sacándola de sus pensamientos

Pero cómo ¿qué me dejas sola? Yo pensaba que saldríamos con los niños, aunque fuera solo al parque, estar juntos los cuatro con este solecito tan rico que hay hoy. Además, así se cansan un poco que luego por la tarde en casa de tu madre se ponen pesados y ella no hace más que regañarlos, y me tengo que callar la boca, porque es su casa y porque tú te callas. Además ¿cómo es eso de ir a trabajar el domingo? ¿No trabajas ya bastante seis días a la semana? Y tus hijos ¿cuándo vas a compartir sus cositas, sus juegos, sus aprendizajes? Tú mismo dices que las mañanas que sí que estás con ellos son horrorosas: las prisas, los desayunos, vestirlos, llevarlos a los dos coles, el tráfico… No te entiendo. Tú serás de esos hombres que un día llegan a casa y ven a unos chicos y dice ¿Quiénes son? Y son sus hijos. Te pasará igual, te lo estás perdiendo todo. No. No me mires con esa cara y me digas que trabajas para ellos. Yo también trabajo, una jornada completa, y llevo la casa y los cuido todos los días. Sí, claro, los levantas por la mañana. Faltaría más, a ver si tendría que pagar una canguro. Yo estoy en el trabajo a las siete, tú puedes entrar más tarde, y llegas más tarde te lo recuerdo, que ya está todo hecho, incluso tu cena. Nunca te has ido con la camisa arrugada, o ha estado la nevera vacía ¿no es cierto? Tú no sabes poner límites. Trabajar es necesario pero vivir también. Los niños y yo te necesitamos, pero tú nunca estás, maldita sea, nunca estás. Aquella vez que Rubén se cayó y se abrió la cabeza y manaba sangre como una fuente, y lo cogí a él y a la nena y corriendo al hospital, y tú llegaste a la misma hora de siempre, como si tal cosa. Y la vez que tuve un ataque de ciática y me tuvo que cuidar los niños la vecina porque tu madre no podía venir y tú, tú estabas en el trabajo claro. Si mi madre siguiera viva habría venido ella, pero no, la perdí hace tiempo, y la abuela paterna solo ejerce los domingos. Todos los días, cuando no te ven, cuando no estás, ya han dejado de preguntar por ti, se han acostumbrado a tu ausencia. Si ahora te mueres, pues ¡ni se darían cuenta!

¡Eres imposible! Ya lo sé todo eso, pero no puedo hacer otra cosa. Tengo unos objetivos que cumplir y son muy difíciles de alcanzar. Cuesta mucho vender, y hay exceso de cosas para comprar. No puedo ir al paro, ¿lo entiendes? Solo te pido paciencia, esto cambiará algún día. Me harán jefe de equipo y podré estar más tranquilo, creo. No me aprietes tú también Rosa, que no lo comprendes pero estoy atrapado ¡atrapado! Y me das sexo con cuentagotas, a veces pienso si no me la estás pegando con alguno de tus médicos ¡maldición! Y los niños no me han olvidado ¿lo oyes?

Rosa ha enmudecido, sorprendida con la reacción de Luis. El portazo al salir la sobresalta, y rompe a llorar. Cristina se había despertado con las voces airadas y está llorando también. Rubén lo ha visto todo y solo sabe que sus papás están enfadados, se asusta y empieza a sollozar.

 

Publicado la semana 9. 03/03/2018
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