Semana
18
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Vidas en Polaroid

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ILSE

No soporta el ascensor, marrón como una caja de muertos, minúsculo porque el edificio es muy viejo y no cabía uno más grande, el espejo que le devuelve la mirada aterrorizada, y arriba en casa, Juan, que querrá follar sin parar hasta la madrugada. ¡Cómo lo odia! Y sobre todo desde que está con Daniel, que es tan diferente, la comprende tanto, se entienden tan bien. Si se hubieran encontrado hace cinco años, qué distinta sería su vida. Que mala suerte que tiene siempre, como su madre, todo le sale al revés o a deshora. La semana pasada fue a echarse el Tarot y además de los ochenta euros que le soplaron, salió con un dolor de cabeza fenomenal. Que Juan es el hombre de su vida, que ella tiene que aprender a ser su mujer, que no es fácil, que le diga a todo que sí, que se olvide de los pajaritos que tiene en la azotea… Vaya bruja anticuada la tarotista, ni que estuviéramos en el siglo XVIII. Se sintió estafada, para escuchar eso no hacía falta ir a las cartas. Se la recomendó una compañera de trabajo, a saber si se lleva comisión, qué desastre. No entiende que todo le salga tan mal. Porque Daniel es maravilloso, pero ella está casada y él, también. De manera que le queda ser su amante, verse a escondidas, sufriendo para que Juan no lo descubra. Es una mierda. Sale y se golpea el hombro con el quicio de la puerta, reniega por lo bajo y saca la llave de la puerta, la mete dentro de la cerradura, da una vuelta y ¡Clac! Se queda con la llave rota, en la mano. Pero qué mala suerte tengo, Dios mío, qué mala suerte, y sin poder evitarlo, rompe a llorar. Se deja caer hasta el suelo y se da golpes en las piernas, mientras grita de rabia y de dolor.

Deben estar todos viendo la tele porque nadie sale a ayudarme, piensa con ironía. En ese momento, la vecina de al lado abre la puerta y se queda sorprendida al verla en el suelo, con el rímel corrido y las medias rotas. ¿Pero qué pasa Ilse, te has caído? Su voz desgastada y chirriante la pone histérica. Es una anciana pesada y metomentodo, que nunca hace un favor. Sí señora Lola, porque se me ha roto la llave en la cerradura, le contesta gritando. La señora se disgusta y cierra la puerta de golpe. Ilse se queda en el suelo, sin un ápice de energía para hacer nada. Al cabo de un buen rato, el ascensor se para en el rellano y sale un hombre con una caja de herramientas. Es el cerrajero, dice que le ha llamado una tal señora Lola, pero que la señora Ilse pagará la factura. Vaya, la vieja sí ha hecho algo.

Por fin está en casa, pero Juan no está, es raro. Se lava la cara y bebe agua y se va a sentar en el sofá porque le duele el trasero y las piernas, se ha dado fuerte. Entonces la ve. Una carta con su nombre y con letra de Juan. La abre. Ilse, me he enamorado locamente de otra mujer. Me voy con ella. Mi abogado se pondrá en contacto contigo. Adiós.

Lee el papel como treinta veces seguidas. La sangre se le ha helado en las venas. Le tenía que pasar esto. Hoy, precisamente hoy. Como un fantasma, va al baño y abre el armarito de las medicinas, a ver si tiene Tranquimazin. Sí, tiene una caja entera. Se hace un café largo y se toma una a una todas las pastillas. A punto de perder la consciencia, piensa: a ver si tengo tan mala suerte que con una caja sólo me quedo dormida dos días seguidos…

CONCHITA

Termina de comer y el sabor de la cebolla no se le va de la boca. Se quita la dentadura postiza, la lava bien y después se enjuaga con elixir. Se sienta en su sillón favorito, frente al ventanal y se queda adormilada.

Conchita no es mala persona, no. Cuando aún trabajaba, siempre daba para las huchas del cáncer y en misa, dejaba  algunas monedas, aunque ahora ya no porque no va a misa. Una vez, ayudó a una vecina a subir los cestos de la compra por la escalera hasta el ático. Otra vez, llevó a una niña perdida a la comisaría. Dos o tres veces, prestó sal, y eso que dicen que no debe hacerse porque atrae la mala suerte. Nunca robó, estafó o asesinó. Pero no siendo mala, tampoco es buena. Se casó y tuvo un hijo varón. Le pareció un éxito y durante un breve tiempo, fue feliz. Pero más tarde, los miedos volvieron a atacarla. Siempre vivió asustada, desde niña. Su madre la amenazaba con monstruos que se la comerían, su padre, con que no conseguiría nada en la vida siendo tan débil, su hermano le daba unos sustos morrocotudos después de ver una película de terror. Conchita se fue inventando una manera de lidiar con sus enemigos. Empezó a mentir, para protegerse de aquello que temía que le pasara. Inventaba razones, argumentos y excusas para hacer que los otros nunca se sintieran libres y poderosos, así no podrían hacerle daño. Minaba lentamente la voluntad de los que la rodeaban, ofrecía versiones inventadas de los sucesos cotidianos, tergiversaba su realidad, sentía cómo los miedos se aplacaban con esta manera de hacer. Hubo una época, aquella en que fue feliz, que se arrepintió de todo el daño provocado y se prometió a si misma cambiar. Pero como los temores volvieron a llenar su cabeza, siguió como siempre. Enviudó relativamente joven y su hijo, débil y temeroso tal y como ella lo había ido cambiando, vivía con ella una vida insatisfactoria.

Ve como su madre dormita en el sillón. Es ahora o nunca. Camina de puntillas y coge un cojín del sofá, uno grande, el que más le gusta a ella. Se pone detrás, con el sol de la tarde dándole en la cara. Sube los brazos sujetándolo y cuenta hasta tres. Entonces baja con rapidez y mucha fuerza el almohadón y lo aprieta contra la cara de su madre. Ésta tarda uno o dos segundos en darse cuenta de lo que pasa y empieza a forcejear. La canalla a pesar de vieja, es fuerte. Le araña los dorsos de las manos, patalea y chilla debajo de la goma espuma. Fermín mantiene la presión y reza porque se acabe ya. De tanto pataleo, la mujer se escurre del sillón y cae al suelo y su hijo se encuentra asfixiando el mueble tapizado. No puede matarla, igual ni siquiera quiere hacerlo. En ese momento comprende que lo desea de verdad es alejarse, a miles de kilómetros de la bruja de su madre. Deja caer el arma letal, mira a la anciana que está boqueando y así, con las manos vacías, abandona ese lugar definitivamente.

Conchita, mucho más tarde, después de haber llorado con rabia y con miedo, decidió que no tenía ningún hijo y empezó a fantasear con situaciones futuras en las que Fermín le imploraba su perdón y ella se lo denegaba. Soñando estas cosas, se durmió y esta vez para siempre, porque en su cerebro tuvo lugar una micro hemorragia que se lo reventó.

HERMINIA

 

El espejo le devuelve la imagen de una mujer ajada, marchita, acabada. Se acerca más y se mira directamente a los ojos: no, los ojos no están muertos todavía. Descubre algo del brillo de antaño, cuando su historia estaba por escribir, era joven y tenía el mundo a sus pies. Los recuerdos acuden a su llamada y se ve tan bonita, con tantas ganas de salir del pueblo, soñando con la pasarela, con la corona de Reina de Belleza sobre sus hermosos cabellos negros. Ahora se da cuenta de sus errores primordiales, se arrepiente pero ya no hay nada qué hacer. Jamás tenía que haber confiado en aquel tipo, muy atractivo pero también astuto y estafador. Claro que ya no resistía ni un minuto más el trabajo de la fábrica, a su padre renegando siempre, a su madre siempre enfermando y dejándole todo el trabajo a ella. Lo vio como la oportunidad de su vida y la tomó, pero sin pensar con inteligencia, se dejó embaucar por los piropos, por las promesas. Es cierto que después, aún pudo dejarlo todo e inventar una existencia mejor, pero se había acostumbrado a lo fácil, y tenía miedo de no saber hacer nada más. Puta. En eso la convirtió el sinvergüenza de Alfonso. Y se ha sentido así todo el tiempo. Sucia. Tener que aguantar a los borrachos, a los tarados, a los solitarios. Y cuándo se enamoraba, todo era peor. Hubieron más como Alfonso: Paco, Juan, El Moncho, Ari (de Arístides) y el último, un sudamericano fetichista y violento que llevaba el nombre equivocado, pues Ángel se llamaba y más bien era un demonio. Se libró de él porque lo asesinaron unos a los que debía miles de euros. Pero así se quedó sin chulo y desde entonces ha sido de lo más difícil sobrevivir, porque ya es vieja y los polvos se los pagan a diez euros y con eso no hay ni para empezar. Se acerca la primavera, la huele en el aire, y tiene que tomar una decisión. Cada vez será peor y está enganchada al alcohol y al tarot, vicios que a la larga resultan caros. Se mira de nuevo a los ojos, quiere encontrar la fuerza para elegir, y esta vez bien porque ya no pasarán más trenes. Tiene la casa de sus padres en el pueblo, ruinosa, pero suya. Desea paz y no ver a gente porque sí. La soledad no le parece ya tan terrible. Tal vez pueda vivir allí, leyendo el tarot, cultivando sus verduras. Ahora el espejo le devuelve una mueca que quiere ser una sonrisa.

            Llaman a la puerta, será un cliente despistado porque a las ocho de la mañana no viene nadie. Abre lentamente y ensaya mientras una sonrisa de bienvenida. Lo que encuentra al abrir la puerta es el cañón de una pistola y una voz que dice: ¿eres la puta de Ángel, no? Ella mueve la cabeza diciendo que sí y entonces el hombre, al que ni ha visto la cara, aprieta el gatillo diciendo Pues muere tú también, puta. Herminia cae al suelo ya muerta pues la bala se incrustó en medio de sus cejas.

 

Publicado la semana 18. 06/05/2018
Etiquetas
golpe, Mujer, decepción
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