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susialina

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Abuelita querida:

Sé que hace mucho que no te escribo y que tú sufres por mí si no sabes lo que me ocurre, aunque nunca me presionas escribiéndome constantemente, como hace mamá, la pobre con buena intención, lo sé, pero que me irrita profundamente. Anoche decidí que de hoy no pasaba el sentarme a contarte los acontecimientos de mi vida en estos últimos tiempos.

Antes, sin embargo, déjame preguntarte cómo estás, ¿te deja vivir el dolor de tus rodillas en estos días tan húmedos que os está haciendo? Siempre me fijo en las noticias internacionales cómo está el clima en España, dos años aquí y sigo añorando el sol y los cielos claros y no me acostumbro a la lluvia constante y a la niebla gris y fría. Espero que tía Adela cuide bien de ti a pesar de los pajaritos que sigue teniendo en su cabeza...a veces me preocupo, ¿sabes? Adelita, como tú la llamas, es una niña grande y no sé si se da cuenta de todo lo que tú necesitas...y como mamá con la excusa de que vive en otra ciudad se desentiende un poco de todo temo por ti, que los años se deslizan silenciosamente, pero sin parar y en la foto de Navidad se habían colocado sobre tus hombros, que te vi más encogida que de costumbre abuelita, y eso me entristeció porque estoy lejos y no puedo disfrutar de tu compañía.

Confío en que este año pueda venir para agosto y estaré contigo ¡al menos una semana entera! Haremos esas torrijas tan ricas y las tomaremos con chocolate deshecho, aunque estemos a 30º C, como cuando era niña y me las hacías a escondidas de mamá ¿recuerdas? Te llevaré a la montaña de la Virgen, como te prometí, y nos sentaremos a comer en el parador, contemplando la belleza impresionante esas montañas esculpidas a golpe de cincel. E iremos al mar. Lanzaremos un ramo de rosas blancas a las olas para que la diosa marina siga cuidando del abuelito, como hicimos aquel año en que nevó, ¿te acuerdas? Me gustó tanto ver la sonrisa iluminando tus ojos cuando lanzabas las rosas una a una y susurrabas “te quiero Manuel”, “te seguiré queriendo mientras viva”, que quiero volverla a ver...Tendremos que ir igual que esa vez, aún no me he sacado el carné de conducir, es algo que me gustaría mucho tener, pero como tantas otras cosas tendré que tener paciencia y esperar....

Aquí la vida no es fácil, supongo que como en todas partes. La profesión a la que quiero dedicarme tampoco lo es, pero estoy aprendiendo mucho y de veras. En eso estoy contenta y animada. Según dicen mis profesores y compañeros, tengo talento y ahora ya empiezo a saber como usarlo. Me ofrecieron un papel secundario, pero importante en una compañía pequeña pero de vanguardia, y... ¡Lo bordé!

Me sentí divinamente mientras lo hacía, es una sensación inexplicable y maravillosa. Claro, los nervios que pasé antes de comenzar la función también fueron terribles, puedes imaginarte, pero vale la pena. Y es cierto lo que dicen, cuando ya vas a entrar, no te acuerdas de nada, en la mente sólo hay un telón blanco y brillante y los pies se mueven solos hacia adelante, mientras el corazón late muy rápido y muy fuerte, tanto, que parece que va a estallarte abriéndote el pecho en dos. Pero amo el teatro, abuelita, no podría vivir sin él, ahora lo sé y antes lo intuía. No sabes como te agradezco y agradeceré toda mi vida que convencieras a mamá para que me dejara venir, antes de ser mayor de edad, que según ella es el momento en que si los hijos quieren irse, pueden hacerlo. Claro, sólo me faltaban cuatro meses para cumplir los 18, pero el curso no iba a esperarme para empezar...y yo, la verdad, temía que la tozudez de mamá me hiciera perder un año. Pero ahí estabas tú, mi abuelita querida, para echarme una mano y hacerla entrar en razón.

No te he dicho esto antes, no porque no lo hubiera pensado, sino porque me parecía algo obvio, e innecesario decirlo. Pero algunas de las cosas que me han pasado me han hecho entender que los sentimientos, sino se expresan con claridad, no llegan nunca a la otra persona, porque no tiene ni tenemos la capacidad de leer el pensamiento a quien amamos, ni a nadie, vaya.

Así que mi carrera va bien, francamente bien. Lo que ya no fue tan bien ha sido el trabajo. Tengo que decirte que  he estado enferma. Como tengo que trabajar muchas horas para poder mantenerme (ya sabes que los papás me pagan los estudios, pero nada más), ir a clase, ensayar, estudiar, leer muchísimo y perfeccionar mi inglés (no el acento, que ya sabes que lo tengo bueno, sino el idioma) pues dormía muy poco, me alimentaba mal y...lo lógico, cogí una infección pulmonar, una neumonía que me tuvo postrada varias semanas.

A raíz de esta enfermedad cambiaron muchas cosas en mi vida. Y he tenido la oportunidad de aprender algo esencial: que si confías, pase lo que pase, siempre hay una salida.

Pues resulta que me puse con fiebre muy alta y me sentía muy mal. Ya sabes que compartía piso con otras gentes, dos españoles, un danés y dos irlandesas. Con los dos españoles no me llevaba bien, eran dos niños ricos que no hacían más que vivir a costa de sus padres y que se pasaban el día y la noche de fiesta en fiesta. Apenas nos cruzábamos dos palabras. Con el danés nos habíamos pasado largas horas conversando, le gustaba el teatro y me había ayudado muchas veces con los textos y con los ejercicios de expresión que hacíamos en clase...teníamos buena relación, nunca intentó propasarse conmigo y yo lo sentía como un amigo.

Las irlandesas eran primas y tenían un rollete muy raro, se discutían casi permanentemente, pero a los dos minutos estaban a los besos y a los abrazos...yo me llevaba bien con las dos, se trataba de no hacer ni caso de sus cosas y nos prestábamos gel de baño o compresas o cosas de comer...yo creía que tenía suerte de haber encontrado gente más o menos normal con quien convivir...y lo que pasó  después me demostró que estaba en un error.

Como te decía, aquella noche me puse febril, casi tenía alucinaciones y pensé que debía ir al hospital. Me levanté como pude y fui a buscar a Bornj, el danés, pero estaba durmiendo y no se despertó o hizo ver que no se despertaba. Así que fui a pedir ayuda a las irlandesas...que resulta que estaban haciéndose el amor....y me echaron con cajas destempladas. Viendo que no había nadie dispuesto a ayudarme, me vestí para irme al hospital. Y lo siguiente que recuerdo es estar ya ingresada en urgencias. Por lo visto me desmayé en la entrada del piso y afortunadamente llegaron los dos españoles (a buscar más pasta, quiero decir dinero, para seguir la fiesta, lo que era habitual en ellos) y al verme en el suelo y notar que estaba ardiendo, ellos fueron los que me llevaron al hospital. Ya ves, abuelita, de quien menos te lo esperas es de quien recibes ayuda....

Al día siguiente, Ruth, una de mis compañeras de trabajo al ver que no acudía ni avisaba, fue a mi piso a preguntar, y como no estaban los españoles, los otros le dijeron que no sabían nada....fue lista y se dedicó a recorrer los hospitales hasta que me encontró. Suerte tuve de ella que me cuidó en esas tres semanas que estuve ingresada, venía a verme cada día y advirtió de lo que me pasaba en el trabajo y en la escuela. Mis compañeros de clase no vinieron a verme y me hicieron bastante el vacío porque creyeron que tenía el Sida...por lo de la neumonía sabes?  Luego ya se aclaró todo, pero eso me afectó bastante, ya que me encontraba débil, sola en un país extraño, abandonada a mi suerte...Bornj no vino ni un solo día y me hizo llorar tardes enteras. Y también lloré por mis compañeros, a los que creía amigos y me dejaban de lado...de modo que puedes imaginar mi estado emocional como era...un verdadero desastre. Ruth estaba a mi lado y eso me hacía sentir mejor, pero no era suficiente. Y bueno, llegó el día en que me dieron el alta y volví a mi piso. Yo anhelaba estar en mi habitación, con mis cosas, y retomar gradualmente el ritmo de mi vida, pero me esperaba una sorpresa: mi habitación ya no era mi habitación. Estaba ocupada por una francesa y todas mis cosas amontonadas en el trastero. Y además faltaba casi todo, sólo habían dejado mis libros y algo de ropa, lo demás (el aparato de música, los discos, las cosas de baño, la ropa y el dinero) no estaba en ningún sitio... (registré todas las habitaciones no creas abuelita, ¡que no soy tan tonta¡). Resulta que no pagué el alquiler en su día puesto que estaba ingresada, pero NADIE le explicó al dueño lo que me pasaba, sino que dijeron que había desaparecido, y el tipo pues le alquiló a otra persona.

Puedes imaginar la escena: a los gritos y yo como un torbellino registrando las habitaciones...casi llaman a la policía. Me enfrenté a Bornj y me encontré a un hombre desconocido, frío y cruel, que me dijo que sólo era una españolita buena para distraer el tiempo si no había nada más interesante...Así que ya me ves con mi petate saliendo llorando desconsoladamente de allí...con destino a ningún sitio.

En mi desesperación fui a casa de Ruth, que me acogió de nuevo. Pasé allí varios días sumida en la congoja y la rabia. Aún no estaba bien para ir a trabajar y tuve que decírselo a los del museo. Siempre se habían portado bien conmigo, pero su respuesta fue que ya no podían esperar más...y me despidieron...

Ni te cuento todo lo que se pasó por mi cabeza en aquellos días, desde dejarlo todo y volver a casa de los papás hasta suicidarme...pero Ruth estaba siempre ahí, apoyándome y animándome, además de mantenerme claro, ya que estaba sin un solo chelín. Durante esos días realmente estuvo muy cariñosa, dormíamos juntas (solo tenía una cama), me traía el desayuno, o venía con una flor para mí, o un postre...yo lo veía como afecto y compasión y no me molestaba para nada, aunque algunas de las cosas que hacía ya me tenían que haber despertado la alarma. Total, que una noche me estaba haciendo otro de sus masajes  (la verdad es que tenía mucha habilidad para hacerlo) y empezó a masajearme de un modo diferente alguna de las zonas de mi cuerpo...no entraré en detalles abuelita, que aunque ya se que no te vas a escandalizar, quiero omitirlo. Pues ya te imaginas, Ruth es homosexual y se había enamorado de mí.

Yo no sentía por ella nada parecido y me opuse completamente, me enojé cuando ella insistió e insistió y entonces...salió su despecho. Me dijo que era una desagradecida, que no me costaba nada satisfacerla después de lo que ella había hecho por mi, que era una “estrecha” y que de liberal nada, que era una mentira toda yo, y piropos de ese estilo. La guinda fue que me dijo muy seria: “o te acuestas conmigo o te vas ahora mismo”. Yo me lo pensé un momento y sin abrir la boca, metí mis cosas en el petate, me vestí y me fui, dejándola a ella insultándome a gritos. Eran las 10,30 de la noche, sin un chelín en el bolsillo y sin un amigo a quien recurrir.

Se ve que las cosas que ya me habían pasado empezaban a curtirme, y tenía tanta rabia y decepción, que no estaba asustada, y me prometí a mi misma, que ningún cabrón o cabrona conseguirían vencerme. Pasé tres días y tres noches en la calle, sin comer y sin nada. Vi muchas cosas que no te voy a contar, pero que no hacían más que reafirmar mi idea de que nadie me vencería. Y entonces apareció James. Bueno, yo no supe su nombre hasta después, pero las cosas fueron así: estaba yo sentada en el suelo en un barrio poco recomendable cuando se para un coche frente a mi, baja un hombre joven y me dice que si necesito algo. Le contesto que necesito de todo, se ríe y me dice que suba al coche, que me recoge y me lleva a su casa, que es la obra buena del día, que le parezco una buena chica. Yo, abuelita, en el estado que me encontraba pensé: “no puede ir peor, ¿que es un asesino?, bueno ya veremos si consigue matarme...” y le dije que sí.

No era un asesino, sino un buen hombre. Me tuvo en su casa hasta que encontré trabajo y pude mudarme a un nuevo piso. Jamás intentó cobrarme en “carne” ni de ninguna otra manera. Reinicié las clases y mi vida retomó su rumbo poco a poco. Pero estaba marcada por todo lo que me pasó. Había perdido la alegría, aunque había ganado confianza y valor. James seguía a mi lado, me introdujo en su círculo de amistades (¡gente normal, por fin¡) y manteníamos una relación sana y buena. Durante todo este tiempo, mamá no supo nada claro, y ahora tampoco, te pido que no le cuentes esto, yo se lo diré personalmente cuando vuelva.

Una noche James, me llamó y me dijo que estaba invitada a una cena de despedida de un amigo suyo. Se marchaba a Nueva York a trabajar durante seis meses y James le había montado una fiesta sorpresa. Le dije que yo que pintaba ahí, y  él me respondió que nada, que pintar no pintaba nada, pero que deseaba que fuera. Así que fui.

Había mucha gente, pero yo sólo le vi a él. A partir de ahora, por siempre creeré en el amor a primera vista. Es guapísimo, alto, moreno y tiene los ojos más azules que he visto nunca.

Me quedé anonadada, abuelita. Tuve la idea durante un segundo de irme corriendo, pero no podía apartar la vista de él. James vino, me miró y lo supo. Sonrió, con esa sonrisa tan dulce que tiene y me llevó a la cocina. Me dijo: “tesoro,¿ te has enamorado de John?” y yo solo puede asentir con la cabeza. Me dio una copa, me la hizo beber y me llevó hacia él y le dijo “John, te presento a María, es mi amiga del alma”, y entonces John me miró. Me miró hasta el fondo de mi ser, pero no dijo nada, sonrió y me besó, suavecito, en los labios. No sé cuanto tiempo estuvimos conversando, ni sé que pasó con la fiesta y con la gente...sólo sé que llegó el momento de besarnos y que lo que yo sentí, nunca antes lo había sentido, fue un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo, haciéndome vibrar, mis piernas temblando casi no me sostenían...y vi que a él le pasaba lo mismo. Ya había amanecido y él me dijo que si yo quería, no se iba a Nueva York ese día.

Abuelita, yo no sé porqué, pero me vino a la mente toda mi vida, todas las malas experiencias, todo lo que mamá siempre me ha dicho de los hombres...y me asusté. Le dije que no podía decirle eso, que nos acabábamos de conocer, que no significaba nada ese beso tan tremendo. Que el tiempo diría...

Se entristeció mucho, y le resbalaron unas lágrimas azules de sus ojos azules. Me dijo si estaba segura, si realmente estaba escuchando a mi corazón. En ese momento, yo sólo quería irme a casa, no podía con más emociones. Sabía que dentro de mí un grito pugnaba por escapar de mi garganta, un grito que decía “quédate”, pero yo lo acallé. Le di un beso en la mejilla y me fui, llorando, pero me fui.

Al llegar a casa me di una ducha caliente, me preparé un té y pude recuperar mi conciencia. Me di cuenta de que lo que habíamos sentido no podía pasarse por alto. Me acordé de ti y del abuelito, de vuestra historia de amor...y me dio un ataque de pánico: se marchaba en un rato a ¡kilómetros de distancia ¡ Llamé a James e intenté contárselo, pero él me dijo: “tesoro, ya lo sé, John me lo ha explicado todo. Tranquila, vamos a buscarle al aeropuerto”.

Abuelita, era como una película. Saltándonos semáforos, corriendo entre la gente, pasando de la seguridad del aeropuerto....yo sólo corría y corría, ya sin aliento, mis piernas se arrastraban, cuando lo vi. Y él me vio. Y abrió sus brazos y vino en mi busca. Fue un momento inolvidable. Inolvidable y muy bello. Tras de mi llegaba James, que también nos abrazó. Los tres nos fuimos a tomar un té, riendo y llorando a la vez. John se quedó una semana más. Estuvimos las 24 horas juntos, hablando de todo, haciendo el amor (¡ahora sé lo que es hacer el amor abuelita!)

Contemplando, en silencio, riendo...fui absolutamente feliz.

John es el hombre de mi vida. Está lejos, pero está cerca en mi corazón. Al cabo de un mes me mandó el pasaje y he ido a Nueva York a verlo. Ha sido tan maravilloso como aquí.

Nos queremos abuelita, pronto volverá. Después, ya vamos a ver que es lo que hacemos, pero abuelita, tu nieta es ¡feliz!

Tenía verdaderos deseos de contártelo todo. Hoy ha sido el día de hacerlo. Te prometo que te escribiré a menudo, a John le escribo cada día y a ti también te escribiré.

Recibe un beso muy fuerte de tu nieta que te adora

                                                                                                          María

 

PD: cuídate mucho, falta poco para Agosto, tengo muchas ganas de verte y abrazarte.

                                                                                             

Publicado la semana 14. 07/04/2018
Etiquetas
Amor, juventud
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