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06
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Álvaro quería trabajar, culpaba a la crisis de que ahora no tuviera trabajo. Eso es lo que tantas y tantas veces le había contado su padre. Las mañanas se le hacían interminables. Ahora que su padre estaba en casa con él, tras su jubilación, parecía estar más entretenido, pero aun así él estaba acostumbrado a la actividad diaria. Cada día, durante diez años, había ido todas las mañanas a la editorial. Allí era feliz, sus jefes le querían, sus compañeros le cuidaban, siempre le organizaban sus trabajos a primera hora de la mañana, fotocopias, encuadernaciones, colocación de archivos, trabajos de recadero, etc. Su relación con ellos era magnífica, su simpatía le hacía merecedor de un trato excelente por parte de todos.

Conocía de memoria las líneas de metro, cada una con su número y color, y era perfectamente capaz de repetir todas y cada una de las estaciones que la componían, en ambos sentidos, hacia delante y hacia atrás. Todos alababan su habilidad y, en múltiples ocasiones, así se lo hacían saber, lo que le fomentaba un orgullo y una satisfacción que le hacían bien.

Su padre era su ídolo, bueno, trabajador, serio, en cierto modo famoso. Su trabajo de escritor le hacía estar constantemente rodeado de gente y acudiendo a actos en los que era reconocido por todos. Álvaro siempre iba con él, siempre tenía un lugar principal reservado entre el público, cuando participaba en alguna de las presentaciones de sus libros. Permanecía callado, mirándole con todo el cariño y la ternura de que era capaz, que era mucho. Se sentía orgulloso de él, sin ser totalmente consciente de la existencia de este sentimiento dentro de él.

Tenía treinta y siete años. Tras la separación de sus padres, hacía más de veinte años, Álvaro se había ido a vivir con su padre, con quién siempre había tenido mejor relación. La familia de su madre, altamente enconsertada, no le era cómoda, le ponían nervioso. Prefería los de su padre, más sencillos y cercanos en sus relaciones con él, que siempre le hacían sentir tranquilo y relajado. Había intentado trabajar en una de las empresas de su madre, unos años atrás, pero el excesivo control de la familia, todos trabajando juntos, le ponía tan nervioso que decidió dejarlo.

Álvaro tenía algunos amigos, en especial uno, Roberto, con quien algunas tardes, especialmente en fin de semana, quedaba en la salida de algún metro, para andar hasta el centro o a cualquier otro punto de la ciudad, tomar una hamburguesa en el Burger King y volver a casa. Su relación con las chicas era buena, sin ninguna connotación sexista, las consideraba iguales. Constantemente decía a los demás, que él no pensaba casarse, que quería ser soltero y siempre vivir con su padre. Siempre contaba a los otros que sus padres se habían separado, lo había vivido con naturalidad. Separarse de su madre y dejarla de ver a diario no le fue difícil. Su madre, dedicaba tanto tiempo a su vida laboral que dejaba muy poco para sus hijos. Su hermana se había quedado con ella. Eso no era un problema, se seguirían viendo, comerían juntos todas las semanas, irían a cenar al VIPS como cuando eran pequeños, tendrían las fiestas de cumpleaños en el chalet, con payasos, como siempre, etc.

Una de sus aficiones era confeccionar mapas, que la familia de su padre o amigos le pedían. ¿Te hago un mapa desde Barcelona a Madrid?, les ofrecía cuando les veía. Naturalmente, todos le decían que sí, mostrando la mayor de las alegrías. Él, con absoluto cuidado y dedicación, ya no paraba hasta no haber terminado el mapa. Pedía a su padre un folio grande, y dibujaba dos puntos, uno arriba y otro abajo, en los que escribía Madrid y Barcelona, unidos por una serpenteante línea en la que no dejaba de poner ni uno de los lugares por los que pasaba la carretera. Su memoria era prodigiosa, no había ni un solo dato que se le dijera que no lo recordara, incluso transcurridos algunos años. Conocía perfectamente las rutas de los lugares por los que había pasado, Madrid-Barcelona, Madrid-Alicante, Madrid-Valencia, Madrid-Murcia y Madrid-Málaga, sitios a los que había viajado con su padre de vacaciones. En alguna ocasión, había viajado con su madre al extranjero, Estambul, París, Londres, Roma…., lugares que había visitado con interés, pero al no entender los idiomas que en esas ciudades se hablaba, Álvaro prefería cualquier ciudad de España.

Álvaro era un niño cariñoso, excesivamente hablador, simpático, amable con todos. En su infancia había asistido a un colegio con otros compañeros como él, en donde había aprendido a realizar trabajos manuales, de encuadernación y paquetería. Un día habló con su padre y le dijo que no quería ir más a ese colegio, que ya era mayor y quería trabajar. Su padre, utilizando sus contactos, le buscó un trabajo en una editorial, con la que colaboraba pagando todos los meses un pequeño sueldo para que se le diera a Álvaro. Durante diez años había acudido con regularidad, sin haber faltado más que cuando se encontraba enfermo, que eran muy pocas veces. Tenía una jornada partida y todos los días, él llevaba su comida en una pequeña tartera. Comía con sus compañeros en la cocina de la editorial y escuchaba las charlas de estos sobre chicas, salidas con amigos, etc., participando con comentarios sobre lo que oía. Por la tarde, regresaba a casa en el metro, junto a su padre, que ya le esperaba para salir juntos a hacer alguna compra o tomar algo con amigos.

Su rutina le hacía mantenerse tranquilo. Cada noche cenaban juntos y después de ver la tele un rato se iban a la cama. Pero la crisis acabó con su tranquilidad. Un día, después de una conversación con su padre, su jefe le llamó y le dijo que tendrían que prescindir de sus servicios, la empresa cerraba y tendría que irse. Le explicó que la crisis les impedía continuar con el trabajo que realizaban y que, lamentablemente, a partir del mes siguiente dejaría de trabajar con ellos. Álvaro no entendía nada, había oído hablar de la crisis a su padre, a la televisión, pero él no alcanzaba a comprender su significado. Su padre le estaba esperando, avisado por el jefe de lo que sucedía. Con buenas palabras, intentó calmarle, le aseguró que no se preocupara, que encontrarían pronto otro trabajo para él, que eso les sucedía a muchos otros jóvenes. Desde ese momento, cada vez que alguien le preguntaba por el trabajo, Álvaro repetía exactamente las palabras que le había dicho su padre, la crisis, el paro, el problema de la juventud, etc, pero pronto tendría otro.

Pasaban los días y Álvaro seguía sin tener trabajo. Todas las mañanas salía a andar, desde Goya en donde vivían hasta la Plaza de Castilla, ida y vuelta. El ejercicio le hacía mantenerse tranquilo. Volvía a su casa, encontraba siempre a su padre escribiendo, comían juntos y luego, tras una pequeña siesta, salían juntos a dar una vuelta, a hacer alguna compra o si era fin de semana, quedaba con Roberto.

Su padre no dejaba de intentar buscarle un trabajo. La presencia de Álvaro en cualquier empresa siempre sería beneficiosa, tendrían beneficios de carácter fiscal y de seguridad social y, además, tenía la completa seguridad de que Álvaro nunca le dejaría mal. Su buen carácter y lo bien que hacía las cosas que sabía hacer, le daban seguridad. Un día, un pequeño anuncio en un periódico llamó su atención: “Se necesita mozo de almacén, con grado de discapacidad superior al 65%. Funciones: Colocación y distribución de paquetes. Jornada: 8 horas. Sueldo: 800 euros/mes”. El padre decidió llamar a la empresa. Al día siguiente, Álvaro fue citado por la mañana a una entrevista. Cuando su padre se lo comentó, Álvaro se puso muy nervioso pero, a la vez, contento por la posibilidad de trabajar de nuevo. Su padre le acompañó a la entrevista, ambos cogieron el metro y lo dejaron en Palos de la Frontera, la empresa estaba en la calle Áncora, cercana a la salida del metro.

Ambos entraron en la empresa, quince minutos antes de la hora. Su padre explicó a qué venían y ambos fueron pasados a una salita de espera. Álvaro no paraba de hablar, los nervios le hacían estar en un estado de excitación total. Su padre le tranquilizó. Tras un rato de espera, Álvaro pasó a un despacho contiguo, en donde fue entrevistado por un señor de mediana edad, que se identificó como el dueño de la empresa. Después de media ahora, Álvaro salió muy contento, diciéndole a grandes voces a su padre que le habían contratado. El padre se levantó y dirigiéndose al señor que ya salía también del despacho, le agradeció la confianza en su hijo. El señor le informó que tendría que volver mañana a firmar el contrato y que empezaría a trabajar el lunes, que ya era primero de mes.  

Los dos salieron de la empresa, una distribuidora de paquetería, saludando a su paso a los otros trabajadores que allí estaban. Allí estaría bien, sería feliz, trabajaría mucho y con ganas. Por fin, la suerte le había alcanzado.

  

Publicado la semana 6. 05/02/2018
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