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Soledad Pardo

El hombre caracol, un cuento casi real

Carlos es un hombre caracol. Un hombre  que siempre lleva la casa a cuestas. Desde muy pequeño, acostumbra a cargar todo lo que necesita, no sólo para el día, sino para el futuro, para el resto de su vida. No sólo porta con él lo que le hace falta, sino también todo aquello que encuentra y que añade a sus pertenencias. Se diría que podría vivir el resto de su vida con lo que saca a diario de su casa. Dispone de varios trasteros alquilados, completamente llenos, en los que ha ubicado armarios, estanterías y distintos contenedores para colocar todas sus cosas. Le gusta mucho la aventura y tras muchos años de cargar con todo, decidió que había llegado el momento de comprar una caravana que le ayudara a transportar todo lo que debía llevar. Era la ilusión de su vida, tener este vehículo le facilitaría el traslado que, hasta entonces, había hecho con coches de tamaño pequeño. La furgoneta tenía todo el espacio necesario para su supervivencia, una cocina, una cama, un baño, un pequeño armario para la ropa y multitud de compartimentos distribuidos por todo el habitáculo, en los que colocaba sus haberes, no solo los que le servían, sino también cosas inútiles que, a los ojos de los otros, no eran en absoluto adecuadas para sus actividades. Lo mismo podías encontrar un palo de golf que una lata de sardinas.

Toda esta acumulación de objetos le paralizaba la realización de sus habituales ocupaciones. No era fácil realizar algo distinto a controlar todos los enseres y objetos reunidos. La salida de su casa, cada día, le llevaba un tiempo que era indispensable para hacer sus diligencias, como las haría una persona sin tanto equipaje. Sus amigos le reprendían amigablemente por este hecho, animándole a que hiciera desaparecer los objetos que no utilizaba. Él les escuchaba,  pero entendía que ninguno comprendía esa forma de vida, a pesar de lo cual, en muchas ocasiones, le solicitaban algo que no encontraban fácilmente en el mercado y siempre, casualmente, Carlos lo tenía.Contaba con las cosas más extrañas que alguien pudiera necesitar, sabía que entre las cosas que poseía, habría alguna necesaria para la vida de alguien. Este tema era siempre objeto de múltiples discusiones. Su pareja, constantemente, le solicitaba que hiciera lo posible por suprimir la cosas inservibles de su vida.

Estas navidades está preparando un viaje a tierras lejanas, a los confines de Europa, para asistir a una concentración de furgonetas como la suya. Ya tiene fecha prevista para la salida, pero no está seguro de poder cumplir con esa previsión, por la cantidad de cosas que necesita para la partida.

Se aproxima el día y los nervios van en aumento.Su pareja, Amparo, mujer práctica que solo quiere viajar con el mínimo equipaje posible, le anima cada día que vaya tirando algunas cosas innecesarias que él, sin contárselo a nadie, va introduciendo en la caravana, por si en algún momento pueden necesitarlas. A pesar de todo, llega la hora de la partida y, como de milagro, todo está listo para ella. La furgoneta tremendamente cargada, no hay un solo hueco para nada que no estuviera previsto, los perros en su sitio, colocados y los dos listos para salir. Solamente hubo un retraso de unas diez horas, con arreglo al horario previsto.

La previsión del viaje estaba realizada, irían por autopistas y pararían en lugares reservados a vehículos del tipo del suyo. Tras unas cuantas horas, habiendo salido ya del país, pernoctaron en una zona reservada a caravanas, en la que encontraron bastantes furgonetas similares. Después de unas horas de descanso, un tanto asfixiados por el exceso de equipaje, Carlos, que tenía problemas de sueño, salió el exterior a pasear por los alrededores, a intentar que le regresaran las ganas de dormir. Unos minutos más tarde, se encontró con un niño de unos diez años, que le habló en un idioma que no entendía. Le tendió la mano y ambos se dirigieron hacia un bosquecillo que se encontraba cerca. El niño sonreía amigablemente y a Carlos le transmitía una sensación de absoluta tranquilidad. Entraron en el bosque y en medio del mismo, un claro estaba ocupado por una especie de nave espacial plateada, de forma cilíndrica, en la que había una puerta redonda que brillaba con una luz roja. Pensó que estaba soñando, varias veces se pellizcó para corroborar que no estaba dormido. El niño le soltó la mano y le indicó en perfecto castellano -entra te están esperando-. La puerta se abrió y tres escalones le condujeron al interior. Dentro, un habitáculo de paredes metalizadas, multitud de luces de distintos colores, en un panel en una de ellas, se encendían y se apagaban al ritmo de una música que sonaba de fondo. Permaneció de pie, en el centro de la sala, sin saber qué esperaba. Unos minutos más tarde, una figura de hombre con el cabello largo blanco y una túnica del mismo color, se hizo visible. Parecía un holograma, algo que había visto en muchas películas. -Carlos, tienes que venir con nosotros, necesitamos una de las cosas que tienes. Nos han informado que posees una piedra de tanzanita. Sabemos que ésta sólo se puede encontrar en las faldas del monte Kilimangiaro, pero a través de nuestros sistemas hemos comprobado que hay un ejemplar en tu furgoneta.  Esa piedra, cuando cambie de color nos producirá la energía suficiente para poder regresar a nuestro planeta. Hemos tenido que aterrizar aquí porque la nave no nos permitía seguir por la falta de fuerza-. Carlos no supo qué contestar, no recordaba que tuviera esa piedra, pero podría ser posible entre tanto trasto acumulado. La figura le informó que habían escaneado su furgoneta para localizar la piedra. Carlos, confundido, acompañó al hombre a otra sala, en donde multitud de aparatos, radares y controles estaban funcionando. En una pantalla, de frente, vio su furgoneta aparcada donde se habían estacionado. La figura inició el escaneo de nuevo y, tras unos segundos, la pantalla señaló un lugar en la misma, concretamente un pequeño habitáculo debajo de la cama, en donde él no recordaba haberla metido, ni siquiera tenía consciencia de que, en algún momento, la hubiera tenido. -Vete a por ella, Luma te acompañará. En cuanto recojamos la energía que necesitamos para partir, te dejaremos marchar-.

Una mezcla de sensaciones de miedo y asombro le invadió. Le parecía imposible lo que sucedía, no recordaba tener esa piedra, pero podría ser que, en algún momento, la hubiera recogido de cualquier lugar. De la mano de Luma, regresó a la furgoneta, sólo había unos doscientos metros. Sus ojos, rápidamente, se hicieron a la oscuridad reinante, se sentía seguro en la compañía del niño que, continuamente, le miraba muy sonriente. En la puerta, Luma le soltó la mano y Carlos entró en la furgoneta. Amparo continuaba durmiendo y no se despertó en ningún momento. Carlos, inmediatamente, se dirigió al armario en donde le habían confirmado que estaba la piedra. Efectivamente, se trataba de una piedra con forma piramidal, de un color blanco brillantísimo que, en la oscuridad, cegaba sus ojos. Salió al exterior, donde Luma estaba esperándole, le volvió a agarrar de la mano y ambos  se dirigieron a la nave. Una vez allí, volvió a abrirse y ambos entraron. Luma, siguiendo órdenes de la figura del holograma, introdujo la piedra en un agujero del panel central y, en ese momento, cuando la piedra se volvió de color morado, todas las luces, a la vez, empezaron a encenderse y parpadear alternativamente. Un ruido ensordecedor anunció que se habían conectado los motores. La puerta se cerró y la nave comenzó su ascensión. Carlos intentó salir, pero no le fue posible. Luma estaba a su lado con una sonrisa, y en perfecto castellano le dijo -gracias-, apretándole la mano. No sabía qué sucedía, lo que le habían prometido no era cierto, habían conseguido la energía suficiente para partir, pero no le habían dejado marchar. Él, a pesar de sus ansias de aventura, no quería viajar con ellos, quería volver a su furgoneta. De repente, una extraña sensación le invadió y perdió la consciencia.

-Carlos, Carlos despierta, es muy tarde y tenemos que seguir el viaje. Carlos abrió los ojos con gran esfuerzo, no sabía dónde estaba, le costó varios minutos darse cuenta de que estaba en la furgoneta. -¿Qué ha pasado?, yo no podía salir, ¿has visto a Luma?. Amparo,  incrédula, le dijo que había estado durmiendo mucho más tiempo de lo habitual, hablando en alto y diciendo -quiero salir, dejadme bajar-. Le preguntó qué había soñado y Carlos no supo qué decirle. Era tan real que se negaba a pensar que sólo hubiera sido un sueño .

Salieron al exterior y se dirigieron a la cafetería del aparcamiento en el que estaban, a desayunar. Pidieron café y tostadas y cogieron un periódico, sentándose en una de las mesas. Carlos abrió el diario y en la primera página, una noticia en francés decía "Vu un objet volant non identifié dans l'espace aérien de notre país".

 

Publicado la semana 52. 24/12/2018
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