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Soledad Pardo

NAVIDAD

Un año más, llega la Navidad. Bonitas fechas para algunos, días tristes e incómodos para otros, obligación de ser felices, obligación de comer como si no hubiera un mañana, sin acordarnos de los que no lo pueden hacer, obligación de desear lo mejor incluso a aquellos que no nos gustan…..¡Cuántas veces hemos oído decir, me gustaría dormirme el 23 de diciembre y despertar el 7 de enero, sobre todo a los mayores!. Ahora estamos ahí, la época en la que la Navidad nos encantaba ya ha pasado, nos empieza a no gustar como a tantos otros. 

A pesar de todo, siempre pasan cosas en Navidad. Las ciudades se iluminan profusamente, los escaparates de tiendas y negocios se embellecen con adornos, guirnaldas de luces de colores, árboles de Navidad, belenes, etc. Solamente con lo que se gasta en una ciudad en decorar las calles, podrían alimentarse un montón de familias durante todo el año. Los afortunados preparamos las cenas, decoramos previamente la casa, nos vestimos como si fuéramos de boda y nos reunimos con familiares y amigos para celebrar algo en lo que, una gran mayoría, no creemos. Mientras tanto, otros se dedican a compartir esos días con los más desfavorecidos.

Un campo de refugiados, hileras de viviendas improvisadas, construidas de cartón, plástico, contrachapado, cubiertas de telas, tiendas de campaña, etc., mucho frío, barro producido por la incesante lluvia que no para. Sus habitantes, de distintas nacionalidades, han abandonado sus ciudades huyendo de la guerra y de la miseria, malviven en penosas condiciones pero, a pesar de ello, siempre es mejor que estar en sus países, aquí no tienen miedo. Los niños juegan con pelotas desinfladas, juguetes que ellos mismos construyen con lo que encuentran, corren bajo la lluvia, saltan y sonríen a pesar de tantas inclemencias. Todos esperamos que haya un milagro, que la Navidad cumpla con lo que se espera de ella, que la vida de estas personas cambie y tengan la dignidad que merecen.

La llegada al campo es un mazazo en su corazón. Andrés sólo tiene veintitrés años, está estudiando en una universidad española, una ingeniería dificilísima que no le satisface nada. En el mes de octubre, contacta con una ONG para ofrecerse como voluntario en algún campo de refugiados, quiere pasar la Navidad junto a ellos, sentirse útil por una vez. Después de algunas entrevistas, es seleccionado para viajar al campo. Sus padres no entienden nada, especialmente su madre se molesta y le dice que no comprende cómo no va a pasar las navidades junto a su familia. A pesar de las protestas, los lloros y los enfados, Andrés sale el día 21 de diciembre hacia el campo. El viaje es largo, el avión le deja a unas cinco horas del campamento por caminos y carreteras sin asfaltar. Le recogen dos personas de la ONG, un médico y un psicólogo. que viven en el campamento desde hace algún tiempo.

Llega ya anochecido, la calle principal del campamento está poblada de pequeños habitáculos de contrachapado, cartón o plásticos, que hacen de viviendas, en algunas esquinas hay conducciones de agua, a las que acuden los habitantes portando envases de plástico para llenarlas y poder cocinar o beber. En las puertas de algunas viviendas, en lo que pudiera ser algo parecido a un porche cubierto de tela o cartón, hay infiernillos de gas para poder cocinar, alguna silla y algunas piedras que utilizan de apoyo. Dentro, como no hay puertas, pueden apreciarse camastros, mantas y más cartones para cubrirse y protegerse del frío. También, en la misma calle aprecia la existencia de cobertizos que hacen las veces de retretes, en cuyas puertas hay, al menos, tres personas, esperando su turno. 

Llega hasta la cabaña grande, la de los voluntarios, al final de la calle, allí es recibido por otros diez compañeros que le acogen con sumo cariño. Le explican en qué va a consistir su trabajo, se va a ocupar de los niños, tiene que intentar que se diviertan, que olviden lo malo, que sean felices, enseñarles juegos, le va a acompañar María, otra voluntaria que lleva algunos días más y ya conoce a bastantes niños. Están divididos por calles, en cada una hay una cabaña de voluntarios de distintas ONGs que ayudan. Los nervios no dejan dormir a Andrés, no para de dar vueltas dentro de su saco. Además, el frío no le deja descansar, él que tiene un saco de plumón estupendo, cómo estarán los refugiados tapándose con mantas viejas y cartones. La noche parece eterna, está constantemente mirando el reloj, esperando que sea de día para empezar a trabajar. La tarde anterior había comprado algunos regalitos para los niños, cosas pequeñas que seguro les haría mucha ilusión tener, coches, pelotas, tractores, muñecos, algunos puzzles, etc. Los había envuelto cuidadosamente y los portaba en una mochila que llevaba con él.

La luz entra por una de las ventanas y Andrés decide levantarse cuando oye que ya hay alguien trajinando por la cabaña. Le invitan a un humeante café de puchero y un trozo de pan de pita que ellos mismos han cocido en un recipiente de barro. María le invita a salir al exterior y empezar la jornada. Con la luz del día comprueba que al lado de la cabaña hay una especie de carpa grande, llena de bancos y sillas. Se acercan a la carpa, ya hay tres niños allí dentro. El campamento empieza a tener vida, se ve humo, movimiento de personas entrando y saliendo de los cobertizos y dirigiéndose a lo que parecen ser tiendas de venta de artículos de comida. María le explica que se venden algunas cosas, que ellos les entregan lo básico, leche, cacao, arroz, harina, algunas latas de conservas y poco más. Desgraciadamente, no les llega todo lo que se recauda. Enseguida aparecen más niños, ya hay unos veinte. María y él empiezan a jugar con ellos, les hablan en inglés, que algunos entienden, María le cuenta que tienen regalos preparados para todos los niños de su calle, que han pensado en dárselos la nochebuena, le ofrece vestirse de Papá Noel y ayudarles a repartirlos. Andrés, encantado con la idea, le consulta respecto a si cree conveniente que entregue los pequeños regalitos que ha comprado hoy. Las expresiones de las caras de los pequeños cuando reciben lo que Andrés les da son inenarrables. Es mucho más lo que recibe de los niños que lo que él les da. Los días se le hacen cortos, es feliz haciendo lo que hace aquí. 

Llega el día 24, la situación es sobrecogedora, sigue sin dejar de llover, el barro nos llega más   arriba de los tobillos, menos mal que llevamos botas. Andrés piensa que el mundo tiene que conocer esto, no puede cerrar los ojos ante lo que aquí sucede y vivir como si no pasara nada, mirando a otro lado. Ya ni siquiera los periódicos dicen nada de la situación de estas personas, ha pasado a un segundo plano. Aquí hay miles de personas, ya no cabe ni una más, malviven en condiciones absolutamente precarias pero, a pesar de eso, son felices, aquí han encontrado la seguridad que les faltaba en su ciudad, azotada por las guerras y los saqueos entre vecinos.

Andrés está superando la tristeza que esto le causa, aquí se está para ayudar. Él no cree en nada, pero sí cree en la navidad, cree en lo mágico de estas fiestas y piensa que tiene que haber un milagro, algo que evite que estas personas sigan en esta situación, que puedan alcanzar una vida digna. Se ha vestido de Papá Noel, se dirige con sus compañeros a la carpa, allí han colocado en un rincón una mesa con los paquetes de regalos. Han decorado el recinto con globos de colores. Los niños y sus familias están esperando en la puerta, cuando ellos aparecen y ven a Papá Noel empiezan a aplaudir y a gritar su nombre. Un viejo cassette, que maneja uno de los voluntarios, toca música de navidad, Andrés se sienta en una silla en una especie de estrado que han colocado en la carpa y va animando a los niños a que pasen a por su regalo. Sus compañeros reparten comida, turrones, mazapanes, polvorones, dulces donados por supermercados de Madrid…. Parece mentira, los refugiados se organizan y no hay nadie que intente colarse para recibir dos veces el regalo o la comida. Estas personas tienen mucha más educación que cualquiera de los occidentales de nuestro mundo consumista y rico.

Ha dejado de llover, parece un buen presagio, es el primer día sin agua. Después de entregar todos los regalos, Andrés se va a la cabaña y se cambia de ropa, regresa y habla con los niños quienes le cuentan sus experiencias con los regalos. La alegría que reflejan sus caras es tremenda, en este momento olvidan lo malo y parece que no existe el horror que refleja el campamento y la guerra, sólo existe el momento de felicidad que están viviendo.

Un grupo de cuatro niños se dirige a Andrés y a María. Con sus manos les han fabricado un regalo, han forrado dos cartones de leche con papel de un periódico inglés, los han rellenado con tierra y han recortado dos estrellas de cartón que han colocado sobre ella. Ambos no saben qué decir, el gesto les ha tocado profundamente el corazón, las lágrimas humedecen sus mejillas. La guerra, el desastre, la destrucción no han podido mermar nada la dignidad de estas personas, el agradecimiento que reflejan sus rostros tiene tanta fuerza que con sólo una parte de ella, podríamos salvar al mundo. El milagro de la navidad ya ha tenido lugar.           

 

Publicado la semana 51. 17/12/2018
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