50
Soledad Pardo

Un día cualquiera

Suena el despertador, las siete menos diez, vaya hora más rara. Puf! Qué pereza, se está tan bien en la cama, tan calentita. Estamos en pleno otoño y ya se nota la bajada de temperaturas. A pesar de ello, me levanto rápido. Es lo mejor, si remoloneo en la cama es posible que me vuelva a dormir y no vaya a trabajar. Sólo necesito veinte minutos para salir, ya desde estas horas de la mañana lo hago todo bastante rápido, ni siquiera desayuno en casa. Bajo al garaje y cojo el coche, siempre con la disyuntiva en mi cabeza de qué me encontraré en el camino. ¿Habrá atasco en la M-40? ¿Quizás algún accidente entre los kilómetros 6 y 13 que recorro cada día?. ¿Cuánto tardaré en llegar?.

Hoy no parece que haya ningún problema, hay muchos coches como siempre, me cambio de carril varias veces, miro a derecha e izquierda a los otros conductores e imagino su vida. Éste se acaba de pelear con su hijo, aquél parece que habla solo, igual va cantando con la radio, habla solo o por teléfono a través del bluetooth, ese otro se ha puesto su mejor traje, seguro que está buscando trabajo y va a una entrevista, el del coche azul, que va acompañado de una mujer, se dirige al médico a una revisión, el de la moto es funcionario, seguro, tantas historias……   Tras treinta minutos de M-40, en la ciudad varios semáforos y paradas obligadas por la acumulación de coches dirigiéndose al centro, por fin, llego a la oficina, aparco el coche en la planta menos 2 y tras el consabido fichaje en la 0, subo a mi piso, en donde me dispongo a dejar que transcurra el día hasta las cinco de la tarde, hora en que tendré que volver a pasar por la planta 0 para dejar constancia de que me voy. Parece del todo absurdo el que un reloj certifique mi estancia en la oficina, sin que nadie se preocupe de si mi eficacia se puede medir igualmente.

Mi lugar de trabajo es un sitio agradable, tiene mucha luz, yo estoy sentada junto al ventanal que da a la plaza, acompañada de ocho personas colocadas en mesas absolutamente pobladas de papeles, carpetas, dossiers, etc, luego dirán que los funcionarios no trabajan. Nos pasamos el día al ordenador, con la llegada de las nuevas tecnologías nuestro trabajo se ha multiplicado por cuatro, qué mentira tan grande nos han contado. El trabajo que hacía antes una sola persona, lo hacemos doce y no sale tan rápido como antes, ni tampoco mejor. Además, no es verdad que la cantidad de pasos que debemos realizar para hacer un simple trabajo rutinario, garantice un mayor control. Por otro lado, el que todos, a la vez, estemos trabajando, lleva consigo la ralentización del programa y lo que antes se realizaba en un minuto, ahora puede llegar a hacerse hasta en diez. También, la gente se jubila, se traslada a otros sitios y no se sustituye a nadie, parece ser que a los de arriba no les importa, todo sigue igual, ya saldrá el trabajo y si no sale a tiempo, tampoco pasa nada. Esto es la administración. No entiendo esta política, si trabajamos para los administrados, debería ser su interés el que primara. Todo se hace de cara a la galería, sus decisiones no son para mejorar sino para complacer a los que están por encima.  

Cada día hay más trabajo,  cada vez somos menos y la situación empieza a superarnos, menos mal que nos llevamos bien entre nosotros. Llevamos muchos años juntos,  todos somos más mayores, algunos ya cercanos a la jubilación. Un buen clima entre nosotros supone que la cadena de trabajo no se resienta. Nos parece increíble que nadie haya podido pensar en esto antes y hacer lo posible para evitarlo.

Hemos llegado a creer en que hay algo que nos da malos augurios. Un cactus al lado del ordenador para, según unos, evitar las radiaciones de estos aparatos, podría ser según el Feng Shui un atractivo para las malas energías, que proyectan a través de sus espinas. Por ello, por segunda vez, tiramos el cactus a la basura, sin que le diéramos una oportunidad de defenderse. Pobre cactus, ¡qué culpa tendrá de la estupidez humana!.

Los días son tan repetitivos, nuestra vida parece la de la película ‘Atrapado en el tiempo’ o, como todos la conocemos, ‘El día de la marmota’,  en la que Bill Murray está atrapado en un bucle de tiempo. Cada día repetimos lo mismo, nos saludamos, nos preguntamos por nuestra familia, e iniciamos el trabajo diario, desayunamos juntos, el mejor momento de la mañana, reproducimos los mismos comportamientos, nos quejamos de nuestra situación, criticamos a los de arriba por su poca empatía para con nuestro trabajo, así como por su falta de decisión para mejorar la organización. Todos somos un poco Murray, ninguno somos capaces de transformar nuestras actitudes y comportamientos en nuestro propio beneficio y en el de los demás, como el protagonista de la película. No nos damos cuenta de que, entre todos, podemos cambiar el escenario, las situaciones y los personajes, a pesar de la sensación de impotencia y fracaso que podemos sentir ante lo que sucede. A lo mejor, tenemos que volver a vivir las mismas situaciones varias veces, como Murray, para que nos demos cuenta de que todo también depende de la actitud de cada uno ante las circunstancias que nos rodean. Pero llevamos demasiado tiempo y nos hemos resignado a trabajar, quejarnos, criticar y no hacer nada por mejorar el entorno en el que estamos. Nos limitamos a pensar que esto es lo que hay.

Llegan las cinco, por fin la hora de salida, vuelta a casa. El tráfico ahora es más suave, sólo unos cuantos semáforos por la ciudad hasta que alcanzo la carretera. En esta fase de la jornada, aunque se vuelven a repetir los mismos comportamientos cada día, afortunadamente no estoy atrapada en el tiempo, estoy enganchada en una historia elegida por mí y que me hace feliz.

 

Publicado la semana 50. 10/12/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
No ficción
Año
I
Semana
50
Ranking
0 83 4