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Soledad Pardo

ATRAPADOS

Llegaron a la casa muy tarde, prácticamente ya era de madrugada. Habían salido después de la cena, el viaje había sido largo, demasiadas horas en coche. Ella se había empeñado en llegar ese día, aunque fuera a tales horas, él le había insistido en que lo dejaran para el día siguiente, pero la ansiedad y las ganas de ver la casa les pudieron. Les habían mandado las llaves por correo, unos días antes. Estaba todo tan oscuro que tuvieron dificultades para abrir la puerta del jardín. Aparcaron el coche en la misma entrada, no había una sola luz en bastantes metros a la redonda, ni una sola farola en los alrededores. El pueblo quedaba lejos, se veían las luces en la parte alta del monte cercano, a lo largo de sus laderas. Tuvieron que ayudarse de la luz del teléfono móvil para acertar con la cerradura. Abrieron y pasaron al jardín. No hacía frío, el cielo estaba cubierto de nubes y no se veía una sola estrella, la luna estaba en cuarto menguante y no podían distinguir casi nada. Estaban deseando entrar en la casa y descansar.

Fue una tremenda sorpresa recibir aquella llamada de un Notario de Badajoz, que les anunciaba la herencia de un tío, que ni siquiera conocían, fallecido en Paraguay. Les dejaba la casa en un pueblo perdido de la montaña, un pueblo del que nunca antes habían oído hablar. Lo buscaron en Internet y parecía bonito, la casa estaba algo alejada, pero muy cerca pasaba un río. No tenían conocimiento de que nadie de la familia hubiera nacido allí. Al parecer, se trataba de un tío de su madre, que había emigrado a las Américas en busca de fortuna. No tenía ninguna familia y ella, hija única, era la heredera. Después de la sorpresa inicial, la curiosidad les pudo y decidieron viajar hasta allí para comprobar el estado de la casa que les había legado el tío. El Notario les había enseñado fotografías y el aspecto exterior de la casa les gustó.

La casa no tenía mala pinta, era de piedra, de una sola planta, un tejado rojo, el jardín absolutamente descuidado y lleno de maleza, cubierto de papeles, trozos de madera, cartón y viejos azulejos, restos de antiguas sillas y de una mesa de plástico que, probablemente, habían sido arrastrados por el viento y destrozados por la acción de la lluvia y las inclemencias del tiempo. Se notaba que hacía muchísimos años que nadie entraba allí. A pesar de todo, el jardín parecía grande y pensaron que tenía muchas posibilidades. Se dirigieron a abrir la puerta de la casa, con una extraña sensación de incomodidad, casi rayando con algo de miedo. Entraron y encendieron las luces. Ya el Notario les había advertido que tendrían electricidad, que los consumos de luz y agua se habían restablecido.

El interior era lúgubre, la casa no era demasiado grande, todo estaba sucio, paredes desconchadas, telarañas colgando del techo, montones de basura acumulados en rincones, algunas ventanas rotas, un pájaro que, al encender la luz salió de una de las lámparas, cuadros con antiguas fotografías colocados a lo largo del pasillo.... Era un lugar tan inhóspito que bien podría ser el escenario de una película de terror. Muy pronto se arrepintieron de haber ido a tales horas, deberían haber esperado al día siguiente, todo de día sería diferente. Hubiera sido lo mejor, buscar un hotel en algún pueblo cercano y dirigirse a la casa con la luz del sol. Pero ya era tarde, tendrían que quedarse allí a pasar la noche, como había sido su idea. Pasaron a las habitaciones, las camas cubiertas con sucios edredones raídos, probablemente por la acción de roedores, los armarios desvencijados, puertas caídas, lunas rotas, la dejadez y el desgaste producidos por el paso del tiempo. Habían llevado sábanas para poder quedarse allí, pero ella, ante la vista de lo que se le presentaba, se sentía incapaz de dormir en alguna de esas habitaciones. Lo mejor sería quedarse en el sillón, lo cubrirían con sus sábanas y allí pasarían las pocas horas que quedaban hasta el amanecer. El sofá estaba igualmente demasiado sucio como para quedarse allí. Dos ratones dormitaban en uno de sus brazos y eso le espantó. Lo mejor era salir al coche y quedarse dentro hasta que llegara el día.

Mientras se dirigían a la salida, ella se fijó en una de las fotografías del pasillo, una pareja de ancianos junto a dos pequeñas niñas, una rubia y una morena. La morena llevaba en la mano un enorme libro, que abultaba más que ella, en el que había escrito el nombre de Ana. Se sorprendió y a la vez se asustó de que ese libro llevara escrito su nombre. La incomodidad y el miedo aumentaron en ella y así se lo transmitió a su marido. ¿No te parece extraño que ese libro lleve mi nombre?. Además, no conozco a estas niñas, ni tampoco a los ancianos que están con ellas, deben ser sus abuelos. Mira, las niñas parece que nos están mirando, no me quitan los ojos de encima, especialmente la morena. Me dan miedo. Vámonos, por favor. La puerta no se abría, parecía atascada, aterrada intentó forzar la manilla con tanto ímpetu que la rompió. No podían salir, estaban atrapados. Lo intentaron varias veces, incluso dando patadas a la puerta por ver si se abría, Nada, estaba completamente cerrada. Vamos a llamar a la policía, a los bomberos, a quien sea que nos saquen de aquí. Sacaron los móviles y con estupor comprobaron que no había cobertura. ¡Qué sería de ellos!. Si no había cobertura y no podían salir de allí, tarde o temprano morirían y nadie les encontraría. Cuando hubiera pasado un tiempo, alguien de su entorno los echaría de menos y comprobarían que habían fallecido en la casa. Cada vez más nerviosos, recorrieron las habitaciones por si podían salir por alguna ventana. Imposible, todas las ventanas tenían rejas. Ella se echó a llorar, él intentó calmarla e infundirle tranquilidad. No te preocupes, en cuanto amanezca seguro que pasa alguien, un pastor, un tractor, algún cazador, y podremos gritar desde la ventana que necesitamos ayuda. Sólo quedan tres horas para que salga el sol, vamos a tranquilizarnos, ponemos nuestras sábanas encima del sofá y nos sentamos a esperar. Si quieres podemos jugar a los chinos, eso te gusta mucho, para que el tiempo se nos pase más rápido. No pasa nada, estate tranquila, mañana todo se solucionará. Temblando cada vez más, ella entró en el salón seguida de su marido, cuando de repente la luz se apagó, se quedaron a oscuras, un grito de terror se oyó en la noche y, a continuación, un silencio sepulcral invadió la casa.

Ya amanecía, los dos ratoncillos se paseaban tranquilamente por la cocina, en busca de algo que mordisquear, el pájaro volvió a la lámpara del pasillo, la luz entraba a raudales en la casa. Las niñas de la fotografía parecían tener una extraña sonrisa de satisfacción, el libro que portaba la del pelo oscuro contenía otro nombre más, además del de Ana, Luis, el de su marido.

Publicado la semana 49. 03/12/2018
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