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Soledad Pardo

El teatro no se cierra nunca

Ya me estoy acostumbrando al sonido del silencio. Son tantos años de esto. Llevo tanto tiempo solo. Tengo tantos recuerdos de la buena época. Tanta música, tantas voces, tanta gente guapa, tantos técnicos trabajando a contrarreloj, tantas personas deambulando por los pasillos, tanta energía, tantas emociones juntas, tantos aplausos…… Se nos ha ido el alma de este sitio. Fue un golpe bajo.

En los buenos tiempos, este era un espacio donde se recreaba la realidad, donde se invitaba a la reflexión, donde se encontraban actores y público, donde se disfrutaba y donde se agradecía el trabajo bien hecho con los aplausos y el público puesto en pie. Cuántas noches he sentido ese reconocimiento en mis entrañas, haciéndolo mío. Yo también tenía mi parte en ello. En lo que de mí dependía, procuraba que todo funcionara a la perfección. ¡Cuántas historias iguales he visto que se contaban de forma diferente!. ¡Cuánto he disfrutado viéndolas!. He llegado a saberme de memoria la mayoría de los textos que aquí se representaban. Siento nostalgia  también de aquellas tardes en las que los niños acudían aquí, corriendo por los pasillos, jugando, riendo, disfrutando del espectáculo que se les servía. ¡Qué agradecidos eran los niños!. Esas tardes eran mágicas. 

Con tanto tiempo solo, me dedico a pensar. Me acuerdo de aquella vez en que una cantante de ópera perdió la voz al salir a escena y hubo que suspender la función. El público entendió perfectamente lo que sucedió y, en ningún momento, mostraron su disconformidad con que no hubiera representación. También, recuerdo esa otra vez en que un barítono de algún país del este, que venía  a España a cantar en ‘El huésped del sevillano’, sintió afonía y dolor de garganta. El médico del teatro le recetó unos supositorios, de acción rápida, de manera que le permitieran cantar esa noche. El barítono, que nunca había visto en su país una medicina de tales características, salió del despacho del doctor y se tomó el supositorio, partido en dos trozos con un gran vaso de agua. Al cabo de una hora, hubo de ir al hospital por unos terribles problemas estomacales que le causó la ingestión del supositorio. En este caso, no se suspendió la función, fue sustituido por otro barítono del segundo reparto. Aquello fue comentadísimo en el teatro durante muchos años y objeto de burlas y bromas por parte de los trabajadores.

Tuve un pomposo nombre, Palacio del Teatro y de la Zarzuela. Soy un edificio bonito, mi fachada principal, de hermosa factura, la que está abierta a la gran avenida, está poblada de estatuas de las musas del teatro, que a veces se me aparecen por las noches por mis pasillos. Ya no me asustan, me hacen mucha compañía. La posterior, que sale a una estrecha calle que ahora es peatonal, contiene varios arcos por los que entraban las escenografías y materiales de las obras que dentro de mí se representaban. Esos arcos sirven ahora para resguardar a personas sin hogar que duermen cada noche allí. Cuando les veo, pienso que deberían abrirse mis puertas para que, por lo menos, dentro de mí pudieran guarecerse del excesivo frío del invierno. No comprendo cómo esto no lo ha pensado nadie antes.

Mi interior es magnífico, bastante cubierto por el polvo de los años que llevo cerrado. La sala principal, llena de excelentes butacas de terciopelo rojo, en muchos casos raídas por el paso del tiempo, los palcos en los que he sido testigo de tantas cosas y la impresionante lámpara central, cubierta de pequeñísimos cristales, que hace tanto tiempo que no se enciende. Ya he visto algunas ratas correr por los pasillos, que se apoderan de todos mis rincones como si fueran las dueñas. Ellas son las culpables de los agujeros en las telas, cortinas e incluso en las propias butacas. El enorme escenario, cubierto por los restos del hermoso telón, también de terciopelo rojo, en el que estaban bordadas en dorado las iniciales del teatro PT, completamente lleno de restos de muebles, trozos de madera, marcos de cuadros inexistentes, demasiadas cosas que se habían acumulado allí.

Muchas otras dependencias completan mi interior, en la planta baja una cafetería, también cerrada, salas de ensayos, construcción de decorados, camerinos, talleres, oficinas, almacenes, etc., todo ello comunicado por multitud de intrincados pasillos, tres pisos por debajo de la entrada.

Parece mentira que ahora esté así. ¿Qué habrá sucedido?. Este teatro era un éxito. Nunca faltaba público, situado en una gran avenida de la ciudad, al lado de otros muchos que todavía funcionan, no comprendo qué ha pasado. Antes del cierre definitivo oía a los trabajadores culpar a la crisis, otros hablaban de los precios que habían aumentado como consecuencia de algo parecido a un impuesto, que no recuerdo su nombre, algunos más de la falta de ayuda y colaboración de las administraciones públicas, que les negaban año tras año las subvenciones. Sus dueños entonces decidieron cerrar, no podían seguir manteniendo en funcionamiento el edificio. Los gastos superaban con mucho a los ingresos y no era posible sacarlo a flote. Pusieron un cartel de venta en la puerta, que no atrajo a nadie. Los dueños pensaron que se vendería rápidamente, estaba muy bien situado. Al cabo de unos pocos años, fue comprado por una importante fundación con el ánimo de blanquear dinero y dedicarlo únicamente a la música. Nunca se llevó a cabo. Ni siquiera entró un solo obrero para hacerse cargo de la necesaria reforma. Han pasado treinta años y sigo cerrado. La fundación se hundió y no se recuperó el espacio, continúo igual.  Ya no podrá ser, ha pasado demasiado tiempo.

La última función fue tristísima. Se representó ‘Muerte de un viajante’ de Arthur Milller. El público, tras la triste visión de la obra, se puso en pie y todos a una corearon el grito NO AL CIERRE durante veintidós minutos, tras los cuales iniciaron la salida llorando por lo irremediable de la situación. En mí habitaron todos los sentimientos: la tristeza, el horror, la sensación de fracaso, la incomprensión, el miedo, la desesperación…. Intenté pedir ayuda, pero me fue imposible, nadie me escuchó.

 

Publicado la semana 48. 26/11/2018
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