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Soledad Pardo

Recuerdos

Me gusta escribir. Me encanta sentarme los domingos por la tarde al ordenador para cumplir con este reto. Siempre he escrito, pero nunca tanto como ahora y, además, con plazos que cumplir semanalmente. Me da pena que se va acercando el final, ya quedan pocas semanas, sentimientos encontrados, por un lado, esta oportunidad no sucede muchas veces en la vida y, por otro, pensar cada semana en algo que me inspire a escribir, una frase de alguien, una canción, un suceso inesperado, tiene su dificultad pero, a pesar de todo, insisto en que me encanta. Siempre me ha dado mucha vergüenza que alguien me leyera, esa parte gracias a esta ocasión la he superado. Algunas veces, incluso, he dicho a algún amigo que escribo y le he dado la página para que me lea. Nunca es tarde para el cambio.

Esta semana voy a contaros algunos recuerdos que viví en la etapa de los 10 a los 17 años. Mi familia era muy modesta, mi padre trabajaba en un bar y ganaba lo justo para ir tirando. Una vez acabada la primaria, tenía que cambiar a otro colegio para hacer el bachiller y nuestra situación económica no nos permitía grandes elecciones. Mi madre buscó un colegio, no sé a través de quien, que no nos costaría nada. Se trataba de un centro de la entonces Sección Femenina, en donde las niñas iniciaban su andadura en la vida. A mi padre, hombre de izquierdas de convicción, no le gustó la idea pero, al fin y al cabo, el dinero y mi madre mandaban.

El colegio no estaba cerca de casa, mi madre me tenía que llevar a diario en el metro. El choque para mí fue terrible. Lo primero a lo que éramos obligadas las niñas era a llevar un uniforme de falda de tablas, de color gris marengo, chaqueta roja y blusa blanca. Con el tiempo, bromeábamos sobre que la falda era crecedera, porque empezábamos con ella en primero y llevábamos la misma hasta séptimo. Estudiábamos un bachiller que se llamaba Laboral, que duraba siete años, en el que, además de asignaturas de tipo general, estudiábamos otras encaminadas a trabajar, mecanografía, taquigrafía, estenotipia, idiomas, junto a otras dirigidas a formar un hogar al lado de nuestros futuros maridos, para lo que nos preparaban a diario, como eran Enseñanzas del Hogar, en la que aprendíamos costura, formas de limpieza y aseo, trabajos manuales, punto de cruz, cocina, junto a otras cosas tan originales como arreglo de enchufes y cables para montar lámparas o subsanar desperfectos de la instalación eléctrica. 

Muy importante era también la Educación Física. Los martes, por la mañana, desde Moncloa, un autobús, que ponía el colegio, nos trasladaba al Parque Sindical, en donde hacíamos una hora de gimnasia. Obligado era que lleváramos camiseta de color blanco y unos pololos rojos, con el fin de que nadie pudiera vernos nada que no estuviera a la vista. La señorita Aurea, siempre cubierta con su chándal, nos daba la clase. Recuerdo el terrible frío, el suelo rugoso poblado de salientes que se nos clavaban en todas las partes de nuestro cuerpo y que hasta nos producían arañazos y moratones.

Recuerdo también una asignatura extraña, F.E.N., Formación del Espíritu Nacional, que también nos daba la señorita Aurea, cuyo propósito era la adquisición de valores del llamado Movimiento Nacional. No entendíamos nada, lo estudiábamos de memoria, siempre sacábamos unas notas excelentes porque acabábamos los exámenes con la frase España es una unidad de destino en lo universal, frase cuyo significado nunca comprendí pero que, al parecer, era muy valiosa a efectos de notas.

Me acuerdo de los profesores pasando lista en clase, cuando nos nombraban nos teníamos que levantar y responder en alta voz diciendo Viva España. Creo que ni siquiera sabíamos qué era España. Poco a poco, fuimos dándonos cuenta de lo que significaba estar allí, de lo que se pretendía con nosotras, de lo que nos estaban acostumbrando a hacer, de lo que querían que pensáramos…. No les fue posible, enseguida supimos darnos cuenta de que no debíamos participar en esa historia.

Los últimos años ya saboreábamos la libertad, comenzábamos a romper las normas, en vez de camisa blanca utilizábamos Lacoste, que ya empezaban a llevarse, unas auténticos y otras como yo imitaciones, que tenían otro animal en vez del cocodrilo. Muy pronto, visos de cambios se pudieron ver en el horizonte, el colegio empezó a abrirse un poco, ya dejamos de ir al Parque Sindical, de participar en las demostraciones sindicales que se hacían en el estadio Santiago Bernabéu todos los años, empezamos a ir de viajes de fin de curso a hoteles, no a residencias de la Sección Femenina como al principio, un aire nuevo empezó a contagiarnos.

A pesar de todo, nos divertíamos, jugábamos en los intermedios de las clases con una pelota de papel enrollado con gomas, hacíamos grandes campeonatos  y pronto nos convertimos en expertas jugadoras. Teníamos tantas asignaturas que entrábamos al colegio a las nueve de la mañana y salíamos bastante entrada la tarde. Nos llevábamos la comida de casa y comíamos en la misma cocina en la que aprendíamos la asignatura de Enseñanzas del Hogar.

El último curso hicimos un examen toda la clase para entrar a trabajar en la extinta organización sindical. Aprobamos unas cuantas y un poco antes de terminar el curso, empecé a trabajar en ese lugar. Yo no quería trabajar, quería seguir siendo una niña eterna, estudiar, estudiar y estudiar. Estuve llorando varios días antes de empezar, mi padre estaba desesperado, no sabía qué hacer conmigo. Para él, a pesar de ser un trabajo en el sindicato vertical, era un trabajo fijo, algo como él decía para toda la vida. Para mí fue un año difícil, con diecisiete años empezar en un mundo de adultos no era sencillo. A pesar de todo, muy pronto las cosas cambiaron, al desaparecer el sindicato vertical, los funcionarios fuimos trasladados a distintos ministerios y las cosas empezaron a mejorar. Acudimos a manifestaciones, realizamos distintas huelgas, empezamos a vivir.

El sabor de la libertad, de la falta de cortapisas en nuestras vidas, el cambio de rumbo para este país nos hizo vivir unos años maravillosos, fuimos una generación puente que degustamos como pocas la libertad, el derecho del pueblo a elegir libremente a los gobernantes, la mejora de los servicios sociales, tantas y tantas cosas. Y también, no quiero olvidarme de que aprendimos a vivir sin miedo.  
  
    

 

Publicado la semana 47. 19/11/2018
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