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Soledad Pardo

Anclado en el tiempo

No sé cuánto tiempo llevo aquí, no sé cómo se mide una vida, lo que sí sé es que la mía dura mucho. Recuerdo tantas cosas, muchas personas junto a mí, rodeándome, descansando a mi lado, a veces molestándome, podría incluso decir jorobando mi existencia. He pasado frío, calor, lluvia, viento, demasiadas cosas que, en ningún caso han mermado mi espectacular apariencia física. Desde lejos y con la oscuridad, mis brazos semejan los de un monstruo espectacular en una película de miedo, menos mal que si se acercan no produzco esa sensación.

Me gustaría viajar, ver mundo, conocer gentes distintas a las que veo a diario, pero no creo que pueda, no me parece posible en estas circunstancias que, dadas las mismas, me obligan a no moverme y a permanecer en mi sitio demasiado tiempo. Estoy un poco cansado, estoy harto de todas las personas que se sientan a mi lado y comen pipas, cubriendo todo de cáscaras que, a veces, se me meten por algún resquicio y me producen picores, no me gustan los perros que pasean libremente a mi alrededor y realizan sus necesidades con absoluta libertad, sin tenerme en cuenta, me cabrean las parejas de enamorados que deciden dibujar un corazón con sus nombres sobre mi exterior. Me parece algo tan simple, tan de inmaduros, que no puedo soportarlos. Pero no puedo defenderme, mis brazos no pueden moverse fácilmente, sólo con la ayuda puntual de un soplo de viento. Si pudiera, movería uno de ellos y les haría saber las cosas que no me gustan. A veces, incluso les grito, pero parece que nadie puede oírme. Tampoco aguanto mucho a esos pequeños depredadores, los pájaros, que se posan sobre mis brazos o sobre mi cuerpo y me molestan, se mueven tanto que me ponen nervioso. Los niños, a veces salvajes, se suben sobre mis brazos y me incomodan, en ocasiones disparan balones sobre mi cuerpo haciéndome daño. También me quejo, pero o no me oyen o si lo hacen, no me prestan ninguna atención. También, no quiero olvidarme de las hormigas, esas pequeñas alimañas que suben por mi cuerpo y lo recorren constantemente, arrancando pequeñísimos trozos de mi exterior, que se llevan con ellas a su hormiguero para pasar el invierno. A pesar de todo, me considero feliz, creo que estoy en este mundo para que los otros utilicen la parte de mí que les es necesaria. Mi función es esa, además de que mientras respiro devuelvo oxígeno al ambiente, de manera que mis vecinos se beneficien de mi actividad. 

Además, ahora ya entrado el mes de noviembre, me estoy quedando sin mi cobertura que me da calor, tengo entonces que prepararme para el crudo invierno, como sigo anclado en este sitio no puedo moverme en busca de calor. Hace algún tiempo, una muchacha que se sentó a mi lado, llevaba un libro con fotografías sobre un lugar en el que hacía calor, un texto garantizaba un sol brillante cada día, y una gran extensión de agua cercana devolvía oleadas muy cerca de otros como yo, que allí estaban. Sentí envidia, me hubiera gustado tanto estar allí. No me gusta el frío, donde yo vivo no hace calor, incluso en verano, en los atardeceres, el frío se introduce en mis viejas venas y me hace sentirme mal.

He sido testigo de tantas y tantas historias, de amor, de odio, de separación, de olvidos, de demasiadas cosas que me han producido, a veces, tristeza, a veces desánimo, a veces alegría. ¡Cómo las personas no se dan cuenta de que esto es tan efímero….!. Recuerdo especialmente aquella vez en que un hombre, de una edad mediana, acudió a mí a la caída de la tarde, estuvo unos minutos paseando a mi alrededor, hablando en voz alta, diciendo que no podía hacer otra cosa, que tenía que acabar con todo, las deudas y la situación familiar no le permitían seguir viviendo. Llevaba una soga enrollada en una de sus manos. Sacó una silla del coche y se subió a ella, mientras iba atando a uno de mis brazos la cuerda. Me asusté cuando me di cuenta de lo que el hombre pretendía. A pesar de que ató la soga a mi brazo más fuerte, cuando se la pasó por el cuello, hice un gran esfuerzo y me partí el brazo para evitar que el hombre se colgara. Mi brazo se rompió y el hombre cayó al suelo bruscamente, pero no pudo lograr lo que había pensado hacer. A pesar del dolor tan grande que sentí, me alegré de que no hubiera sucedido lo anunciado. Cuando se levantó, afortunadamente, pasó por allí alguien que le conocía y el hombre se marchó en el coche con él, dejando de lado la decisión que había tomado. No supe nada más de él, pero yo confío en que solucionara sus problemas y fuera feliz. Pienso muchas veces en él.   

Siempre he estado en este lugar, recuerdo cuando era más pequeño y más débil, mucho más vulnerable que ahora al aire, al viento, al agua de las tormentas que, habitualmente, azotan esta ciudad. Las tormentas  me siguen fastidiando, el agua me viene bien porque me hace llegar el alimento, pero el exceso tampoco me es bueno. Estoy en una especie de explanada a las afueras de la ciudad, a lo lejos veo a otros como yo, antes estaban más cerca pero ahora quedan pocos. No sé que habrá pasado, no entiendo como se han podido marchar. Cuando había más, muchas veces hablábamos entre nosotros, los míos sí que me oían, el tiempo se pasaba mejor, éramos felices.

He visto que en las cercanías hay unas torres de hierros, parecen monstruos que suben hacia el cielo, mucho más altos que yo, que siempre he sido bastante grande. No sé que serán pero no me gustan nada, algo me dice que es una amenaza para nosotros.

Empiezo a tener miedo. Cada mañana cuando sale el sol, empiezan a venir camiones llenos de hombres cargados de sacos, herramientas y máquinas extrañas que manejan al otro lado del pequeño riachuelo que pasa cerca de mí. Esta noche han instalado dos grúas frente a mí, son altísimas, me da pánico pensar que se pudieran caer, que un viento pudiera tirarlas y hacer daño a alguien. Las torres de hierros parecen estar cada día más cerca, veo hombres subidos sobre ellas que parece que trabajan fabricando algo. Se van cuando oscurece.

Por la mañana, una pequeña furgoneta se aparca junto a mí. Bajan dos hombres portando una extraña máquina. No sé para qué sirve, pero no me da buena espina. Inmediatamente, vienen otros cuatro. Hablan entre ellos sobre mí, creo que dicen que es una pena porque soy un fresno bien bonito. Me estremezco y  algo dentro de mí se desgarra, la desolación invade mi interior y un profundo sentimiento de impotencia e injusticia. Uno de ellos dice que los árboles cortados le recuerdan los cadáveres de una batalla. Continua diciendo que no comprende como el boom de la construcción puede acabar con los árboles centenarios como yo. Un inmenso dolor recorre mi cuerpo, grito y grito sin que nadie me oiga. Un ruido ensordecedor hiere mis sentidos.

 

Publicado la semana 46. 12/11/2018
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