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45
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La tarde del entierro hacía mucho frío. En el pueblo, todos hacían cola esperando para despedir a Doña Enriqueta, la jefa de teléfonos, una señora de muy buena familia, algo venida a menos después de la guerra, pero aún así  la más rica de Almodóvar. Vivía en una casa a las afueras, con un enorme jardín poblado de vegetación y algunas fuentes que manaban agua, aunque hiciera mucho que no llovía y hubiera sequía. No podía decirse que fuera una persona querida por los vecinos, pero sí que era respetada y, en cierto modo, temida por su mal carácter que, algunas veces, le hacía tomar decisiones que afectaban a las vidas de sus conciudadanos. 

Había pasado la guerra en la central de teléfonos junto a una de sus sobrinas. No les faltaba de nada, nadie sabía porqué pero constantemente los vecinos le regalaban embutidos, vegetales, carne, leche, en fin, que en ningún momento les faltó de nada. Acabada la guerra, ella continuó en teléfonos, en donde conoció a uno de los delegados de Madrid que fue destinado al pueblo para verificar el funcionamiento de la oficina, que acabó casándose con ella y quedándose a vivir allí. Con su matrimonio, su situación mejoró aún más, eran los ricos del pueblo, los señores, a los que se les debía respeto y, sobre todo, temor. Eran dueños de una cuantiosísima fortuna. Falleció enseguida el marido, una terrible enfermedad se le llevó a los diez años de casarse. No tuvieron hijos y ambos se hicieron con un importante patrimonio que manejaron hábilmente, de manera que día a día se aumentaban aún más sus pertenencias.

Sus sobrinas no viajaron al pueblo para asistir al entierro. Vivían lejos y las relaciones se habían enfriado bastante. Ellas, en mucho peor situación que Enriqueta, le habían demandado en ocasiones alguna ayuda económica que necesitaban. Incluso, le habían pedido en alguna ocasión que les devolviera algunas cosas de su madre, que Enriqueta, según ellas, les había quitado, pero siempre se lo había negado. Hablaban de un mantón de Manila, de incalculable valor, que había pertenecido a la familia de su madre, de anillos y pendientes de brillantes, que habían sido de su madre y de su hermana Eloísa, de tantas y tantas cosas…………. No habían ido a visitarla en muchos años. Habían fantaseado en muchas ocasiones con la posibilidad de recuperar todo cuando Enriqueta no estuviera.

Quince días después del entierro, un Notario de Ciudad Real llamó a las sobrinas para que fueran a su despacho. Se iban a leer las últimas voluntades de Enriqueta y ellas, como familiares más cercanos y al estar señaladas en el testamento, debían estar presentes. Las dos hermanas cogieron el autobús hacia Ciudad Real el día señalado. Al llegar a la Notaría, encontraron otras cuatro personas más, sus primas Paula y Chelo, a las que hacía muchos años que no veían y dos señores, un hombre mayor y uno más joven, que no conocían. El Notario les informó que habían sido llamados por ser los herederos que Enriqueta nombraba en su testamento.    

Nerviosísimas, saludaron a todos los presentes. Se sentaron en una mesa redonda, todos alrededor del Notario. Comenzó la lectura, anunciándoles que el testamento se desarrollaba en dos fases, para poder conocer lo que se indicaba en la segunda parte, y lo que se les dejaba, debían cumplir algo que había pedido Enriqueta. No salieron de su asombro cuando escucharon que el deseo de la fallecida era que sus herederos, todos juntos, acudieran durante siete días a su tumba, a llevarle flores y a orar por su eterno descanso. Cuando estuvieran allí, deberían hablarla como si estuviera presente, habrían de llevar comida y bebida suficiente para pasar el día, por lo que, además, les recomendaba llevar unas sillas para poder sentarse y aguantar el tiempo. Había encargado al vigilante del cementerio, gran amigo suyo, que corroborase que esto se cumplía. Cada uno de los días, deberían abrir un sobre que el vigilante les entregaría y leerlo en voz alta, cumpliendo lo que Enriqueta pedía. Un representante de la Notaría viajaría al pueblo para verificar lo sucedido. Una vez transcurridos los siete días, tendrían que volver a la Notaría para conocer cuál era la herencia. Se miraron con incredulidad y los seis salieron a la calle. Desconocían quiénes eran los hombres que les acompañaban y preguntaron una vez en la calle. Los hombres, un padre y un hijo, les indicaron que habían trabajado para Enriqueta en su finca, que la recordaban con sumo cariño por lo bien que se había portado siempre con ellos. Las sobrinas, francamente extrañadas por ello, conociendo lo roñosa que era, se sintieron muy mosqueadas con la presencia de ambos.

Inmediatamente, decidieron ir al pueblo para cumplir con lo requerido por Enriqueta. Los hombres se marcharon antes porque residían en el pueblo y habían venido en el coche por la mañana. Las cuatro sobrinas cogieron el autobús y tras cuarenta minutos se bajaron en la plaza del pueblo. Había cambiado muchísimo, no era como lo recordaban. Decidieron ir a la casa de Enriqueta, aunque sólo fuera para mirarla desde la calle. Les sorprendió lo bien cuidada que estaba, desde fuera se veían los cristales limpios, el césped bien cuidado, las fuentes como las recordaban, las flores y lo setos bien cortados. No parecía normal, tratándose de una mujer tan mayor como era Enriqueta. Seguramente debería tener ayuda de los hombres que habían ido al Notario con ellas. Llamaron a la puerta de la calle y tras unos minutos salió el joven, que las invitó a entrar.

Las cuatro accedieron a la casa, que no se parecía en nada a lo que recordaban. Todo estaba limpísimo, en perfecto orden, los muebles nuevos y modernos, reconocieron algunas cosas que habían pertenecido a la familia. El hombre les explicó que llevaban muchos años a su servicio, el padre antes de que el joven naciera. No les gustó la manera en la que se manejaba por la casa, parecía el dueño y conocía perfectamente todo lo que había dentro. Tras un rato charlando, las sobrinas le preguntaron por una pensión donde quedarse, esperando que el hombre les ofreciera quedarse en la casa, pero esto no sucedió, por lo que decidieron marcharse en busca de la dirección que les había indicado.  

Profundamente extrañadas, se dirigieron a la pensión y pidieron dos habitaciones dobles para ellas. Avisaron a su familia que no regresarían hasta dentro de siete días y les explicaron todo lo relacionado con la herencia que les había contado el Notario. 
A la mañana siguiente, se dirigieron al cementerio. En la puerta estaban esperándolas los hombres junto al vigilante, Emeterio, como ya les habían dicho un buen amigo de Enriqueta. Entraron y éste les acompañó a la tumba. Ninguna llevaba sillas, los hombres portaban unas banquetas plegables y dos bolsas de comida y bebida. Una vez junto a la tumba, Emeterio procedió a abrir el sobre del día 1. En voz alta leyó, Como no habéis estado en mi entierro, ni en mi velatorio, no sabréis que he pedido que me entierren con el mantón de Manila de mi hermana, creo que, en algún momento debajo de la tierra, tendré frío y me vendrá muy bien estar tapada con el mantón. Los bordados en oro y piedras preciosas que tiene me abrigarán lo suficiente para no sentir frío. Sé que todos vosotros me queréis y me respetáis, por eso os pido que en este primer día os sentéis a mi alrededor, comáis aquí y no os mováis hasta que no llegue la hora del cierre. Asombradas, se miraron mutuamente, no podían creer que hubiese sido enterrada con el mantón que tanto anhelaban las sobrinas. ¿Por qué habría hecho eso?. No entendían nada de lo que Enriqueta podía querer teniéndolas allí todo el día, durante siete. Pero, si querían recibir la herencia, tendrían que aguantar el tipo y esperar. Emeterio, tras esta corta lectura les conminó a orar por la difunta y las sobrinas en voz baja hacían como que rezaban para que vieran que cumplían con lo solicitado. En un momento determinado, se dieron cuenta de que los dos hombres estaban llorando. El día se hacía larguísimo, los hombres les ofrecieron comida y bebida que no rechazaron y las cuatro se sentaron en el suelo alrededor de la tumba para sobrellevar el tiempo. Emeterio iba y venía de la tumba a la entrada y, al regresar, les decía que hablaran a la difunta, que ella quería oírles. La más lanzada, Paula, se dirigía a ella diciéndola cuanto la quería y cuanto la echaban de menos, con palabras que a todos sonaban absolutamente falsas. Las otras, en algún momento, se disculparon por llevar tanto tiempo sin ir a verla. Como pudieron, pasaron el día hasta las seis de la tarde, hora en la que cerraban el cementerio. Salieron enseguida, despidiéndose del vigilante hasta el día siguiente.

Por la mañana, llegaron a las nueve en punto. Como el día anterior, ya estaban los dos hombres dentro. Ellas traían comida y bebida y se habían comprado una silla de jardín para poder descansar todo el día. Inmediatamente, llegó Emeterio con el oficial de la Notaría, quienes abrieron el segundo sobre y procedieron a su lectura: Todas esperáis la herencia, he trabajado mucho toda mi vida y tengo un buen patrimonio, varios pisos en el pueblo y en Ciudad Real, dinero en el banco, la casa solariega de Almodóvar, dos pisos en Madrid  y muchas, muchas joyas. Vosotras no habéis pensado nunca en mí, no me habéis visitado, no me queréis, no disimuléis ahora. Si queréis conocer mi testamento, contadme que ha pasado estos años. ¿Por qué me habéis olvidado?. Como siempre, Paula empezó a hablar diciendo que nadie la había olvidado. Las otras daban la razón, resaltando cuánto la querían, aunque por dentro estaban pensando que a ver si pasaba pronto esta historia. Como el día anterior, permanecieron en el cementerio hasta las seis de la tarde, un poco más organizadas. Empezaron a  mirar a los hombres con cierta dosis de recelo, no se fiaban de ellos, esperando que Enriqueta sólo les hubiera dejado a estos algo simbólico.

Al tercer día, como hacía un poco más de frío, fueron pertrechadas con todos los jerseys de que disponían. La mañana se inició con la lectura del tercer sobre por parte de Emeterio, que había venido cargado con unos paquetes: Ya veo que seguís aquí, sólo os quedan cuatro días, así que un poco de paciencia. Lo que hoy os voy a pedir es que os vistáis todas con los trajes que os va a entregar Emeterio, que paseéis por el pueblo con ellos y que no os los quitéis hasta que termine esto. Habréis de venir cada día vestidas y Emeterio comprobará que los lleváis puestos. Los colores los he elegido yo pensando en vuestros gustos. Espero que os satisfagan. Cuando os vistáis, contadme que habéis sentido, por favor no dejéis de hablarme. Necesito vuestras palabras. Si alguna de vosotras se lo quita algún día de los que quedan, no recibirá la herencia. Esta es mi decisión. Las cuatro se miraron asombradas, ¿qué habrá querido decir Enriqueta?, ¿Qué será lo que tenemos que ponernos?. Emeterio les indicó que podrían dirigirse a la entrada, en donde encontrarían un baño para poder cambiarse. Cada una cogió su paquete, señalado por su nombre y fueron a vestirse. Únicamente había dos cabinas de baños, por lo que Paula y Chelo entraron primero. Al abrir el paquete, la sorpresa y a la vez indignación se reflejó en sus caras. Yo esto no me lo pongo, estaría bueno, es una tomadura de pelo. Desde fuera, las otras dos sobrinas preguntaron qué era lo que había en el paquete, procediendo a la vez a abrir los suyos. Se miraron con estupor, mientras comprobaban lo que había en las cajas, un traje de flamenca en cada una, con los colores, rojo, verde, azul y amarillo, poblados de lunares blancos. No podían creerlo, ¿porqué Enriqueta habría querido que se vistieran con los trajes?. Ganas les daban de marcharse y decir que no, pero la esperanza de contar con la herencia que recibirían les hizo tomar la decisión de vestirse. Todas estuvieron de acuerdo en que tendrían que pasar por ello. Sintiéndose absolutamente ridículas, las cuatro salieron del baño, en ese momento pasaba una señora al cementerio que, mirándolas, soltó una carcajada y dijo Vaya cuatro, qué pintas!!!.

Emeterio, el oficial de la Notaría y los dos hombres las estaban esperando junto a la tumba. El oficial no sabía dónde mirar, quería contener la risa, pero hubo momentos en que no pudo. Las sobrinas parecían Los Morancos en uno de sus gags. Paula, como siempre, se dirigió a Enriqueta diciéndole que no entendía que había querido hacer con este deseo. Las demás la secundaron, mirando a los otros que, a ratos, sonreían por el espectáculo. Pasaron el resto del día y regresaron a la pensión acompañadas de Emeterio. La dueña de la pensión se rió al verlas, diciéndolas ¿Dónde van tan flamencas?. Compraron cosas para cenar y no salieron de la habitación, era la única manera de no llevar el traje puesto. Estaban completamente alucinadas y no entendían nada. Enriqueta no había dejado dicho nada para que hicieran los dos hombres que las acompañaban y eso no les sonaba nada bien. 

Casi no pudieron dormir, empezaban a sentirse mal y a pensar que Enriqueta podía estar jugando con ellas. Por la mañana, como cada día, llegaron al cementerio sobre las nueve, cada una vestida con su traje de flamenca y algunos jerseys por el frío, lo que les hacía aún más ridículas. Se sentaron alrededor de la tumba, los hombres ya estaban allí y Emeterio venía, junto al oficial de la Notaría, con el sobre correspondiente al cuarto día. Enriqueta les preguntaba ¿cómo os sentís con tan magnífico atuendo?. Espero que os hayan gustado los trajes, los compré en Sevilla hace mucho tiempo, pensando en vosotras. Pronto recibiréis mi legado. Antonio y Raúl son dos personas de mi total confianza, cualquier cosa que necesitéis os podrán echar una mano. Espero que seáis amables y consideradas con ellos, merecen todo mi cariño por tantos años junto a mí. Ya no quedan más que tres días, no os preocupéis, recibiréis enseguida lo que tanto anheláis. Sentadas en las sillas, como cada día, pasaron la jornada hablando entre ellas, dirigiéndose algunas veces a los hombres y, en ocasiones, riéndose de sí mismas por el espectáculo. 

El quinto día Emeterio leyó: No sabéis lo sola que me he sentido a veces, sin vuestras visitas, sin ni siquiera llamadas telefónicas, eráis la única familia que tenía cuando mi marido murió. Menos mal que hubo personas que se ocuparon de mí, que me demostraron que me querían sin esperar nada a cambio. Me habéis decepcionado tanto. Pero, a pesar de todo, siempre habéis estado en mi corazón, yo sí os he querido. Paula interrumpió la lectura diciendo que sí la querían, que no habían podido venir a verla por lo lejos que estaban, pero siempre estaban pensando en ella. Emeterio continuó: Paula, el cariño se demuestra, no habéis venido a verme durante más de treinta años, la última vez que estuvisteis aquí fue el día que falleció mi marido. Ni siquiera una llamada de teléfono de vez en cuando. Las sobrinas, cada vez más nerviosas, se disculparon como pudieron. Deseaban que acabara cuanto antes el día y esperaban con ansiedad el séptimo.

Llegada la sexta  jornada, las sobrinas se encontraban bastante cansadas. El frío empezaba a hacer estragos en ellas, no habían venido suficientemente preparadas para una estancia tan larga, por lo que tuvieron que comprar algo de ropa en una tienda del pueblo. Arrastraban los trajes de flamenca por las calles del cementerio, enganchándose en todas las piedras que encontraban a su paso. En el pueblo se había comentado mucho lo sucedido, eran el hazmerreir de los vecinos. Habían llamado a sus familias pero no habían querido contarles lo que pasaba, se sentían tremendamente ridículas. Sentadas, atendieron la lectura de Emeterio, Mañana es el último día, dentro de dos días conoceréis la herencia, seguro que os satisfará, a pesar de todo lo malo yo os quiero y estoy deseando que recibáis lo que os pertenece, espero que me perdonéis esta pequeña broma que os he hecho para que os vistáis con los trajes de flamenca, pero ya sabéis que me encanta Andalucía y toda mi vida me hubiera gustado llevar uno de estos trajes, por lo que he pensado que lo mejor es que los llevéis vosotras en mi nombre. Quiero que os fotografiéis cuando salgáis de aquí y pongáis la foto sobre mi tumba, así siempre estaréis conmigo.  A las seis en punto salieron del recinto y preguntaron a Emeterio donde podrían hacerse una fotografía. Les acompañó a la plaza del pueblo, se la hicieron y compraron un marco para poder ponerla sobre la tumba.

El séptimo día llegaron a la misma hora de siempre, cada vez más nerviosas porque ya se acababa el final y pronto conocerían lo que les tocaba a cada una. Podrían entonces quitarse los trajes y acudirían juntas al despacho del Notario para escuchar lo que éste tenía que contarles. Colocaron el marco con la foto encima de la lápida. Era una foto tremendamente cómica, podría ser el cartel anunciador de una película de risa. Emeterio vino enseguida con el sobre y leyó: Esto se acaba, mañana regresaréis a Ciudad Real y, probablemente, nunca más volveréis por el pueblo. Yo me acostumbré a vuestra ausencia y no creo que os eche de menos, sé que Antonio y Raúl vendrán a verme cada día, me han demostrado su fidelidad durante muchos años. Antonio es un hombre bueno y Raúl ha estado junto a mí durante todos estos años. Pronto recibiréis vuestra compensación, recordadme siempre, yo sí os he querido, aunque vosotras nunca me entendisteis, pensasteis que lo mío debía ser vuestro, pero no es así, yo no he quitado nada a nadie, os quiero y siempre estaré con vosotras, en vuestros pensamientos. Gracias por estar aquí, por hacer lo que os he pedido, disfrutad de la herencia. 

Aliviadas porque esto se acababa, pasaron el día de mejor humor, comieron, charlaron, hablaron con Enriqueta, hablaron con los otros hombres, rieron. Paula les dijo que no esperaran nada de la herencia, que únicamente seguro que Enriqueta les habría dejado algún regalo, alguna figura o un reloj de su marido, como agradecimiento por los servicios prestados. Antonio y Raúl les contestaron que no necesitaban nada, que recordarían a Enriqueta toda la vida, que había sido con ellos una mujer buena y eso era lo que contaba. Se despidieron a la entrada del cementerio y quedaron en verse, al día siguiente, en la Notaría. Las sobrinas salieron a cenar a uno de los restaurantes del pueblo, habiéndose previamente quitado los trajes. Comieron, bebieron, rieron, brindaron por la herencia y se despidieron ya en la pensión hasta el día siguiente. 

Por la mañana, cogieron el primer autobús hacia Ciudad Real. A las once, estaban en la Notaría. Como siempre, los dos  hombres ya habían llegado. Se sentaron en el mismo despacho que el primer día y el Notario comenzó la lectura de la segunda parte del testamento, Si habéis llegado hasta aquí, es que habéis cumplido con todo lo que os he pedido, me habéis demostrado que hacéis lo que os pido, no sé si por cariño hacia mí o porqué esperáis la herencia. En fin, ha llegado el final, quiero que sepáis que cuando mi marido falleció, Antonio que estaba a mi servicio como jardinero, fue la única persona que estuvo a mi lado, no se movió de la casa ni un segundo, me ayudó tanto, me demostró su admiración y su cariño en todo momento, tanto que en un par de años nos casamos y enseguida tuvimos el  hijo que no pude tener con mi primer marido, Raúl, una maravillosa persona, como su padre. Dejo todos mis bienes a ambos y a cada una de vosotras los trajes de flamenca que os han entregado. Sé que nunca me olvidaréis. 

 

Publicado la semana 45. 05/11/2018
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