Semana
44
Soledad Pardo

Una vida borrada

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Relato
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Un día más, me despierto en este lugar, hace frío, estoy conectado a muchos aparatos que parecen televisiones y que devuelven, al parecer, multitud de datos sobre mi interior. No recuerdo nada, sólo sé que me llamo Iván, por lo que me han contado he despertado de un coma inducido, en el que he estado durante unos meses. Recuerdo cómo me lavaban las enfermeras, indagando en todos los rincones de mi cuerpo, sin que yo pudiera decir nada. Recuerdo las visitas de distintas personas, a las que yo no podía ver, que permanecían a mi lado llorando, pensando que yo no podría oír lo que hablaban.

Cuando me despertaron, me asusté mucho, la habitación estaba poblada de fotos, intenté gritar pero no pude, mis cuerdas vocales estaban paralizadas, estaba terriblemente confundido.  Llevo unos días recibiendo sensaciones del exterior, oigo voces de personas que, al parecer, me conocen, pero no puedo comunicarme, no puedo hablar, apenas balbuceo unas cuantas palabras. Es mucho peor que antes, cuando estaba dormido oía todo lo que sucedía a mi alrededor, pero mi cuerpo estaba muerto, ahora tengo los ojos abiertos, puedo mover una de mis piernas y dos dedos de la mano derecha. 

El regreso a la realidad no ha supuesto hacerlo a un mundo conocido, hay una mujer morena que dice que es mi mujer, yo no la recuerdo, ni siquiera me parece cercana, ella me mira con cariño pero para mí es una extraña. Sólo hace tres días que he despertado, espero con ansiedad la llegada del médico o de la logopeda que viene a ayudarme a hacer ejercicios para intentar recuperar el habla, y no soporto a esa mujer morena que me habla con cariño y que me cuenta cosas carentes de interés.  
No recuerdo casi nada sobre mí, ni sobre mi vida.

Tengo algunas sensaciones agradables cuando pienso en un pequeño pueblo junto al mar, que debo conocer porque lo recorro cada noche con mi pensamiento. También recuerdo a un chico pequeño, rubio con ojos claros, que recorre el pueblo conmigo, no sé quién puede ser. He perdido el sentido del tiempo, no sé cuánto ha pasado. La mujer morena me habla de un accidente de moto, pero yo no la escucho. Deduzco un tono de reprobación en sus palabras. No quiero que venga, cuando entra en la habitación me vuelvo de espaldas y me hago el dormido. En cuanto recupere el habla, le diré que no vuelva. Se empeña en enseñarme fotos para que recuerde y no conozco a nadie. Es muy pesada.

Hoy el doctor me ha dicho que parece que voy progresando, mis constantes vitales revelan que mi salud va mejorando, mañana la logopeda va a probar conmigo una nueva técnica para mejorar mi dicción. También van a intentar que escriba, no sé si podré hacerlo. Levantado, me enfrento a un folio y un bolígrafo que me colocan en la mano derecha. Me dicen, escribe lo que quieras, con gran dificultad garabateo un nombre, Azucena. La mujer morena, que está presente pregunta enseguida quién es Azucena. Como no contesto, se enoja y sale de la habitación inmediatamente.

No puedo dormir con facilidad, casi todos los días tienen que darme alguna pastilla para inducir el sueño. Esta situación me produce muy mal humor y cada día soporto menos a los que se acercan a mi habitación a verme o a tratarme con alguna terapia supervisada por el médico que está a mi cargo. Creo que avanzo muy lentamente, no sé si algún día podré salir de aquí, lo que si estoy seguro es que en cuanto pueda saldré corriendo. Las distintas terapias que realizo cada día me producen un tremendo cansancio, trabajo la memoria y la retención con constantes ejercicios para intentar reubicarme en el sitio en el que antes estaba. 

Estoy intentando reconstruir mi vida, empiezo a leer tebeos y cuentos infantiles, me divierten pero no me traen ningún recuerdo anterior. Cuando leo una página del tebeo, la olvido enseguida, puedo volver a leerla a los cinco minutos sin que me de cuenta de que ya lo he hecho antes. 

Pasan los días, estoy muy cansado, es un trabajo ímprobo, la terapia me agota. El médico me indica que van a darme el alta, ya soy capaz de comunicarme, a veces me faltan las palabras, pero si me relajo, soy capaz de hablar y pedir lo que necesite. Sólo no tengo que ponerme nervioso. Me recetan multitud de pastillas, unas para la tensión, otras para el riego, para tranquilizarme, para dormir, para comer, para todo……

La mujer morena quiere que vaya con ella a su casa, pero yo no quiero, no sé porqué pero sigo sin soportarla. El médico decide mandarme a una residencia de rehabilitación, en donde seguramente me ayudarán a recuperarme del todo.

A pesar de todo, la mujer morena me acompaña en su coche. La residencia es un sitio agradable, rodeada de un hermoso jardín, en el que hay un lago. Aquí estaré bien, haré todo lo que me indican para recuperar mi vida. Los trabajadores son cercanos, amables, parecen buenos profesionales. 

Cada noche sigo pensando en el pueblo junto al mar, un pueblo blanco y azul, con pequeñas casitas colocadas escalonadamente. Voy progresando poco a poco, a veces cuando me visita la mujer morena me hago el dormido para evitar que me moleste. Ya no viene a diario como al principio, seguramente se habrá cansado, suele venir los fines de semana. 

Una mañana tuve una sensación de que había algo que me ordenaba salir de allí. Consulté a los médicos si podía salir y, dados mis progresos, me autorizaron. Fui caminando por los alrededores de la residencia  durante aproximadamente media hora. Un edificio de colores delante de mí indicaba Estación de autobuses. No sé porqué pero una fuerza interior me hizo entrar, dirigirme a una de las ventanillas y pedir un billete para Salobreña, de repente me había acordado del pueblo con el que soñaba cada noche. El siguiente salía en unos quince minutos y llegaría allí en poco más de una hora.

El viaje fue bueno, tenía el corazón aceleradísimo, no sabía la razón. Previamente, me tomé una de las pastillas indicadas para esta situación y eso me tranquilizó algo. La llegada al pueblo volvió a acelerar mi corazón, era tal y como cada noche lo soñaba. Me bajé en la estación y sin saber por qué me dirigí al cementerio. Estaba sobre una loma desde que podía verse el mar, era pequeño y muy bonito, completamente blanco. Paseé por una de las calles pobladas de tumbas, la tercera en el lado derecho tenía una foto de una hermosísima muchacha, con un nombre debajo en letras doradas Azucena Salcedo, 15/05/1980-21/01/2018.  

 

Publicado la semana 44. 29/10/2018
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