Semana
43
Soledad Pardo

Viaje de novios de posguerra

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Relato
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Su corazón latía muy deprisa, a medida que el coche atravesaba la ciudad. La boda había sido muy bonita o, por lo menos, a ella se lo parecía. Por fin había sucedido. Siete años esperando a que él se lo pidiera y un día, sin haberle ni siquiera anunciado antes su amor y sólo tras unos cuantos tímidos acercamientos y roces, él le había dicho vamos a casarnos. Ella se había preparado tantas veces para ese momento que, cuando él se lo dijo, no pudo decir apenas nada. Únicamente, balbuceó que podía pedirle el vestido a su amiga Clarita, que se había casado el mes pasado. No, irás con un traje de chaqueta negro, advirtió él. Lo alquilaremos en Gilarranz, donde trabaja Luis, que nos saldrá más barato.

Ya llegaban a la estación. Por fin subiría a un tren. Siempre, desde pequeña, al saber que vendría a la capital, había pensado que lo harían en tren, desde Ciudad Real. No pudo ser y la mandaron en el coche de línea con la tía Enriqueta.

Nunca pensó que irían de viaje de novios. Eso sólo lo hacían los señoritos. Estaban muy mal las cosas. La posguerra era muy dura y el sueldo de la taberna no daba para muchos excesos. Él le había dicho iremos un domingo a Aranjuez, en el tren, a pasar el día.

El taxi de Matías paró en la estación de Atocha. Les había recogido en Las Ventas casi una hora antes, aunque ellos habían llegado a la cita con mucho tiempo, no vaya a ser que se fuera. Bajó ella primero, más nerviosa cada vez y comenzó a andar. Él la llamó a grandes voces porque aquello estaba lleno de gente y ella nunca había salido del Barrio de San Pascual y la Guindalera, donde había empezado a trabajar. Como mucho, había ido a alguna verbena y, por supuesto, a la calle Segovia, a la taberna, pero siempre con él.

Entraron juntos en la estación, agarrándola fuertemente del brazo. Dos billetes para Aranjuez, ida y vuelta. ¿A qué hora es la vuelta?. Ella temblaba de emoción, quizás también con un poco de miedo. Él era tan guapo, estaba viviendo una película. Llevaba una bolsa verde de malla, con algo de merienda y una botella con agua. Se le cayó y él la regañó con cierta dulzura. Con los billetes entraron al andén, enseñándoselos a un revisor que había en la puerta. ¿Dónde está el tren?, preguntó. Él tenía más mundo, ella le había dicho a sus amigas. Ya ha viajado en tren. Fue a Teruel, al frente, cuando la guerra y también había ido a Valladolid, a las bodas de los hermanos.

En el andén había dos trenes ¿Cuál es el tren?, insistió. El del andén nº 4, aquél. Las máquinas encendidas hacían que hubiera mucho ruido. ¿Se oye el ruido dentro?. Un poco, le contestó, pero no molesta. Faltaba todavía media hora para la salida y no sabían qué hacer, si subir al tren o esperar un poco en un banco. Como ella estaba deseando subir, lo hicieron y buscaron un asiento porque ya había gente sentada. Él la dejó la ventanilla y se pusieron al final del vagón, junto a la pared. Dejó la bolsa en el suelo, pero él se la quitó y la colocó en la bandeja encima del asiento. Aquí se dejan las maletas. Ella le miró con admiración y dirigió sus ojos hacia el andén, en donde cada vez el movimiento de personas era mayor. Parecía que hacía un poco de calor, ya el mes de junio se había echado encima y todo estaba cerrado. Él se levantó e intentó abrir la ventana. Un señor que estaba al otro lado se levantó para ayudarle y entre los dos lo consiguieron. Un olor a carbón quemado entró en el coche.

Se habían casado el 22 de mayo, día de su cumpleaños. Las chicas del laboratorio la habían acompañado ese día. No pudieron celebrarlo, pero eso no empañaba su felicidad. Sólo pudieron ir a merendar con la familia a un merendero de la calle de Alcalá, porque pagaba su cuñado, que ya estaba establecido en una tienda de la calle de la Ruda. Unos días más tarde, ella se encontró con Laurita, su amiga, y le había contado que se iban a Aranjuez. Me ha dicho mi marido que es muy bonito y que allí vivían los reyes.

Tras un fuerte pitido, el tren inició la marcha. Parecía que a iba a andar pero, de repente, se paraba. ¿Se ha estropeado? Preguntó, No creo, contesta él, a la vez que el tren reanuda su carrera. Ella se decide y le coge tímidamente la mano. Quiero un poco de agua, tengo mucha sed. Él se levanta y le alcanza la bolsa de malla. Ya salen de la estación y ella mira por la ventana las pocas casas que hay por esa zona, a ambos lados de las vías. ¿Tienes hambre?, No, todavía no, comeremos cuando lleguemos a Aranjuez.

Su hermana, esta misma mañana había dicho a Andrés, su marido, mira, se van a Aranjuez, a ver si algún día me llevas tú. No podemos, los niños son todavía pequeños. Además, ellos tienen más dinero y pueden pagarlo. A ver si me sale un trabajo y vamos a jugar a la rana y a merendar a la Bombilla.

María!!. La voz la sacó de su letargo. Tenía los ojos cerrados y estaba sentada  a la puerta de su casa, en el arroyo Abroñigal. Hacía un poco de calor y él estaba trabajando en la bodega. Faltaba mucho tiempo para que viniera y ella ya había hecho las cosas de la casa. Se había sentado a esperar a ver si venía su hermana. Ella estaba todo el día sola, porque él se iba muy pronto y la bodega se cerraba un poco antes de la medianoche, de manera que le diera tiempo a llegar al metro y coger el último, hasta las Ventas. Su madre, su hermana, su cuñado y los sobrinos vivían en el piso de al lado. María!!, otra vez su vecino de abajo llamaba a la casa de enfrente, a la de la lechería. Le molestó que le cortaran su sueño, pero ya se levantaba porque el señor Valentín venía ver si podía ponerle una inyección al cerdo, que había cogido no sé que enfermedad rara de esas. Le dijo que no se preocupara, que entre él y su cuñado se lo sujetarían. Dejaría para después seguir imaginando cómo sería Aranjuez, tendría tiempo hasta que regresara él. Al fin y al cabo, esto era lo que más le gustaba hacer cuando estaba sola, pensar, imaginar sueños….

 

Publicado la semana 43. 22/10/2018
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